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martes, 24 de julio de 2018

El gato, el gallo y la zorra - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

En otros tiempos hubo un anciano que tenía un gato y un gallo muy amigos uno de otro. Un día el viejo se fue al bosque a trabajar; el gato le llevó el almuerzo y el gallo se quedó para guardar la casa. Pasado un rato se acercó a la casa una zorra, y situándose debajo de la ventana, se puso a cantar:

-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro! Si sales a la ventana te daré un guisante.

El Gallo abrió la ventana, y en un abrir y cerrar de ojos la Zorra lo cogió para llevárselo a su choza. El Gallo se puso a gritar:

-¡Socorro! Me ha cogido la Zorra y me lleva por bosques oscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

Cuando el Gato oyó los gritos echó a correr en busca del Gallo; encontró a la Zorra, le arrancó el Gallo y se lo trajo a casa.

-Ten cuidado, querido Gallito -le dijo el Gato-, de no asomarte más a la ventana; no hagas caso de la Zorra, que lo que quiere es comerte sin dejar de ti ni siquiera los huesos.

Al otro día se fue también el anciano al bosque; el Gato le llevó la comida y el Gallo se quedó a cuidar de la casa, no sin haberle recomendado el buen viejo que no abriese la puerta a nadie ni se asomase a la ventana. Pero la Zorra, que tenía muchas ganas de comerse al Gallo, se puso debajo de la ventana y empezó a cantar como el día anterior:

-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro! Mira por la ventana y te daré un guisante y otras semillas.

El Gallo se puso a pasearse por la cabaña sin responder a la Zorra; entonces ésta repitió la misma canción y le echó un guisante por la ventana. El Gallo se lo comió y dijo a la Zorra:

-No, Zorra, no me engañas; lo que tú quieres es comerme sin dejar ni siquiera los huesos.

-¿Pero por qué te figuras que yo te quiero comer? Lo que quiero es que vengas a mi casa para hacerme una visita, presentarte a mis hijas y regalarte como te mereces.

Y otra vez se puso a cantar con una voz muy suave:

-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro y cabecita de seda! Mira por la ventana; así como te di un guisante te daré también semillas.

El Gallo asomó la cabeza por la ventana y la Zorra lo cogió con sus patas y se lo llevó a su choza.

El Gallo, asustado, se puso a dar grandes gritos:

-¡Socorro! La Zorra me ha cogido y me lleva por bosques oscuros, valles profundos y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

El Gato oyó los gritos del Gallo, lo buscó por todas partes y al fin lo encontró; se lo quitó a la Zorra, lo trajo a casa y le dijo:

-¿No te había dicho, querido Gallito, que no mirases por la ventana? El mejor día te comerá la Zorra y no dejará de ti ni siquiera los huesos. Ten cuidado mañana porque iremos muy lejos de casa y no te podré oír ni ayudar.

Al día siguiente el viejo se marchó otra vez al campo, y el Gato, como de costumbre, le llevó la comida. Cuando la Zorra vio que se había marchado el anciano, vino debajo de la ventana de la cabaña y se puso a cantar la misma canción de siempre; la repitió tres veces, pero el Gallo no le respondía.

-¿Qué te pasa? -dijo la Zorra-. ¿Por qué hoy, Gallito, no me respondes?

-No, Zorra; esta vez no me engañas; no miraré por la ventana.

La Zorra le echó por la ventana un guisante y varias semillas y se puso a cantar muy dulcemente:

-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro y la cabecita de seda, sal a la ventana! Yo tengo un palacio grande, grande; en cada rincón hay muchos sacos de grano y podrás comer tanto como quieras. ¡Si tú vieras cuántas golosinas tengo allí! No creas al Gato, que si yo hubiese querido comerte ya lo habría hecho; yo te quiero mucho, y mi deseo es que viajes y veas tierras nuevas para que aprendas a vivir bien en el mundo. ¿Me tienes miedo? Pues mira, asómate a la ventana, que yo me retiraré un poquito.

Y se escondió debajo de la ventana. El Gallo saltó sobre el marco y sacó su cabeza afuera; la Zorra, de un golpe, lo cogió y se lo llevó a su casa. El Gallo se puso a dar gritos desesperadamente llamando al Gato en su socorro; pero tanto el viejo como el Gato estaban muy lejos y no lo oyeron.

Apenas el Gato volvió a casa se puso a buscar a su amigo, y no encontrándolo, pensó que le habría ocurrido la misma desgracia de siempre. Cogió una lira y un palo y se fue en busca de la choza de la Zorra. Una vez llegado, se sentó y empezó a cantar acompañándose con la lira:

-Toquen, cuerdecitas de oro. ¿Está en casa la señora Zorra? ¡Qué hermosas son sus hijas, la mayor Maniquí, la otra Ayuda Maniquí, la tercera Dame el Huso, la cuarta Carda la Lana, la quinta Cierra la Chimenea, la sexta Enciende el Fuego y la séptima Hazme Pasteles!

La Zorra, oyendo cantar, dijo a su hija Maniquí:

-Sal a ver quién canta tan bonita canción.

Apenas Maniquí se presentó al Gato, éste le dio un golpe en la cabeza con el bastón y la guardó en un saco que llevaba. Repitió la misma canción, y la Zorra envió a su segunda hija, y después envió a la tercera, y así hasta la última. Conforme salían de la choza, el Gato las mataba y las guardaba en su saco. Por fin salió la misma Zorra, y apenas el Gato la vio le dio con el palo un golpe tan fuerte en la frente, que la Zorra cayó rodando por el suelo para no levantarse más.

El Gallo se puso muy contento, saltó por una ventana, dio las gracias al Gato por haberlo salvado y volvieron los dos a casa del viejo, donde los tres vivieron muy felices durante muchos años.

lunes, 23 de julio de 2018

La conversión de Chiripa - Leopoldo (Clarín) Alas

Llovía a cántaros y un viento furioso, que Chiripa no sabía que se llamaba el Austro, barría el mundo, implacable; despojaba de transeúntes las calles como una carga de caballería, y torciendo los chorros que caían de las nubes, los convertía en látigos que azotaban oblicuos. Ni en los porches ni en los portales valía guarecerse, porque el viento y el agua los invadían; cada mochuelo se iba a su olivo; se cerraban puertas con estrépito; poco a poco se apagaban los ruidos de la ciudad industriosa, y los elementos desencadenados campaban por sus respetos, como ejército que hubiera tomado la plaza por asalto. Chiripa, a quien había sorprendido la tormenta en el Gran Parque, tendido en un banco de madera, se había refugiado primero bajo la copa de un castaño de Indias, y en efecto, se había mojado ya las dos veces de que habla el refrán; después había subido a la plataforma del quiosco de la música, pero bien pronto le arrojó de allí a latigazo limpio el agua pérfida, que se agachaba para azotarle de lado, con las frías punzadas de sus culebras cristalinas. Parecía besarle con lascivia la carne pálida que asomaba aquí y allí entre los remiendos del traje, que se caía a pedazos. El sombrero, duro y viejo, de forma de queso, de un color que hacía dudar si los sombreros podrían tener bilis, porque de negro había venido a dar un amarillento, como si padeciese ictericia, semejaba la fuente de la Alcachofa, rodeado de surtidores; y en cuanto a los pies, calzados con alpargatas que parecían de terracota, al levantarse del suelo tenían apariencias de raíces de árbol, semovientes. Sí, parecía Chiripa un mísero arbolillo o arbusto, de cuyas cañas mustias y secas pendían míseros harapos puestos a… mojarse o para convertir la planta muerta en espantapájaros que andaba y corría, huyendo de la intemperie.
Tenía Chiripa cuarenta años, y tan poco había adelantado en su carrera de mozo de cordel, que la tenía casi abandonada, sin ningún género de derechos pasivos. Por eso andaba tan mal de fondos, y por eso aquella misma y trágica mañana le habían echado del infame zaquizamí en que dormía; porque se habían cansado de sus escándalos de transnochador intemperante que no paga la posada en años y más años.
-Bueno, peor para ellos -se había dicho Chiripa sin saber lo que decía, y tendiéndose en el banco del paseo público, donde creyó hacer los huesos duros, hasta que vino a desengañarle la furia del cielo.
Así como los economistas dicen que la ley del trabajo es la satisfacción de las necesidades con el mínimo esfuerzo, Chiripa, vagamente pensaba que lo del mínimo esfuerzo era lo principal, y que a él habían de amoldarse también las necesidades, siendo mínimas. Era muy distraído y bastante borracho; dormía mucho, y como tenía el estómago estropeado le dejaba vivir de ilusiones, de flatos y malos sabores, comida ruin y fría y mucho líquido tinto, y blanco si era aguardiente. Vestía de lo que dejaban otros miserables por inservible, y con el orgullo de esa parsimonia en los gastos, se creía con derecho a no echar mano a un baúl sino de Pascuas a Ramos y cuando una peseta era absolutamente necesaria.
Un día, viendo pasar una manifestación de obreros, a cuyo frente marchaba un estandarte que decía: «¡Ocho horas de trabajo», Chiripa estremeciéndose, pensó: «¡Rediós, ocho horas de trabajo; y para eso tiran bombas! Con ocho horas tengo yo para toda la temporada de verano, que es la de más apuro, por los bañistas.»
En llevando dos reales en el bolsillo, Chiripa no podía con una maleta, ni apenas tenerse derecho.
Pero tenía un valor pasivo, para el hambre y para el frío, que llegaba a heroico.
Generalmente andaba taciturno, tristón, y creía, con cierta vanidad, en su mala estrella, que él no llamaba así, tan poéticamente, sino la aporreada… en fin, una barbaridad.
Su apodo, «Chiripa» (el apellido no lo recordaba); el nombre debía ser Bernardo, aunque no lo juraría), lo tenía desde la remota infancia, sin que él supiera por qué, como no saben los perros por qué los llaman Nelson, Ney o Muley; si él supiera lo que era sarcasmo por tal tendría su mote porque sería el hombre menos chiripero  del mundo. Ello era que hacía unos treinta años (todos de hambre y de frío) eran tres notabilidades callejeras, especie de mosqueteros del hampa, Pipí, Chiripa y Pijueta. La historia trágica de Pipí ya sabía Chiripa que había salido en papeles, pero la suya no saldría, porque él había sobrevivido a su gloria. Sus gracias de pillete infantil ya nadie las recordaba; su fama, que era casi disculpa para sus picardías, había muerto, se había desvanecido, como si los vecinos del pueblo, envejeciendo, se hubieran vuelto malhumorados y no estuvieran para bromas. Ya él mismo se guardaba de disculpar sus malas obras y su holgazanería como gatadas de pillo célebre, como cosas de chiripa.
«¡Bah!, el mundo era malo; y, si te vi, no me acuerdo.» Veía pasar, ya llenos de canas, a los señoritos que antaño reían sus travesuras y le pagaban sus vicios precoces; pero no se acercaba a pedirles ni un perro chico, porque no querrían ni reconocerle.
Que estaba solo en la tierra, bien lo sabía él. A veces se le antojaba que un periódico, o un libro viejo y sobado que oía deletrear a un obrero, hubiera sido para él un buen amigo; pero no sabía leer. No sabía nada. Se arrimaba a la esquina de la plaza, donde otros perdían el tiempo fingiendo esperar trabajo, y oía, silencioso, conversaciones más o menos incoherentes acerca de política o de la cuestión social. Nunca daba su opinión, pero la tenía. La principal era considerar un gran desatino el pedir ocho horas de trabajo. Prefería oír disparates, que le leyeran los papeles. Entonces atendía más. Aquello solía estar mejor hilvanado. Pero ni siquiera los de las letras de molde daban en el quid. Todos se quejaban de que se ganaba poco; todos decían que el jornal no bastaba para las necesidades… Había exageración; ¡si fueran como él, que vivía casi de nada! Oh, si él trabajara aquellas ocho horas que los demás pedían como mínimum (él no pensaba mínimum, por supuesto), se tendría por millonario con lo que entonces ganaría. «Todo se volvía pedir instrumentos de trabajo, tierra, máquinas, capital… para trabajar. ¡Rediós con la manía!» Otra cosa les faltaba a los pobres que nadie echaba de menos: consideración, respeto, a lo que Chiripa, con una palabra que había inventado él para sus meditaciones de filósofo de cordel, llamaba alternancia. ¿Qué era la alternancia? Pues nada; lo que había predicado Cristo, según había oído algunas veces; aquel Cristo a quien él solo conocía, no para servirle, sino para llenarle de injurias, sin mala intención, por supuesto, sin pensar en ÉL; por hablar como hablaban los demás, y blasfemar como todos. La alternancia  era el trato fino, la entrada libre en todas partes, el vivir mano a mano con los señores y entender la letra, y entrar en el teatro, aunque no se tuviera dinero, lo cual no tenía nada que ver con la gana de ilustrarse y divertirse. La alternancia  era no excluir de todos los sitios amenos y calientes y agradables al hombre cubierto de andrajos, solo por los andrajos. Ya que por lo visto iba para largo lo de que todos fuéramos iguales tocante al cunquibus, o sean los cuartos, la moneda, y pudiera cada quisque vestir con decencia y con ropa estrenada en su cuerpo; ya que no había bastante dinero para que a todos les tocase algo… ¿por qué no se establecía la igualdad y la fraternidad en todo lo demás, en lo que podía hacerse sin gastos, como era el llamarse ricos y pobres de tú, y convidarse a una copa, y enseñar cada cual lo que supiera a los pobres, y saludarlos con el sombrero, y dejarles sentarse junto al fuego, y pisar alfombras, y ser diputados y obispos, y en fin, darse la gran vida sin ofender, y hasta lavándose la cara a veces, si los otros tenían ciertos escrúpulos? Eso era la alternancia; eso había creído él que era el cristianismo y la democracia, y eso debía ser el socialismo… como ello mismo lo decía: socialismo… cosa de sociedad, de trato, de juntarse… alternancia.
* * *
Salió del quiosco de la música al escape, hecho una sopa, echando chispas contra el fundador de la alternancia y contra su padre, y se metió en la población en busca de mejor albergue. Pero todo estaba cerrado. A lo menos, cerrado para él. Pasó junto a un café: no osó entrar. Aquello era público, pero a Chiripa le echarían los mozos en cuanto advirtiesen que iba tan sucio, tan harapiento, que daba lástima, y que no iba a hacer el menor gasto. A un mozo de cordel en activo le dejarían entrar, pero a él, que estaba reducido a la categoría de pordiosero… honorario, porque no pedía limosna, aunque el uniforme era de eso, a él le echarían poco menos que a palos. Lo sabía por experiencia… Pasó junto al Gobierno de provincia, donde estaba la prevención. Aquí me admitirían si estuviera borracho, pero en mi sano juicio y sin alguna fechoría, de ningún modo. No sabía Chiripa qué era todo lo demás que había en aquel caserón tan grande; para él, todo era prevención; cosas para prender, o echar multas, o tallar a los chicos y llevarlos a la guerra. Pasó junto a la Universidad, en cuyo claustro se paseaban, mientras duraba la tormenta, algunos magistrados que no tenían qué hacer en la Audiencia. No se le ocurrió entrar allí. Él no sabía leer siquiera, y allí dentro todos eran sabios. También le echarían los porteros. Pasó junto a la Audiencia… pero no era hora de oír a los testigos falsos, única misión decorosa que Chiripa podría llevar allí, pues la de acusado, no lo era. Como testigo falso, sin darse cuenta de su delito, había jurado allí varias veces decir la verdad… de lo que le habían mandado decir. Vagamente se daba cuenta de que aquello estaba mal hecho, pero ¡era por unos motivos tan complicados! Además, cuando señoritos como el abogado, y el escribano, y el procurador, y el ricacho le venían a pedir su testimonio, no sería la cosa tan mala; pues en todo el pueblo pasaban por caballeros los que le mandaban declarar lo que, después de todo, sería cierto cuando ellos lo decían.
Pasó junto a la Biblioteca. También era pública, pero no para los pobres de solemnidad, como él lo parecía. El instinto le decía que de aquel salón tan caliente, gracias a dos chimeneas que se veían desde la calle, le echarían también. Temerían que fuese a robar libros.
Pasó por el Banco, por el cuartel, por el teatro, por el hospital… todo era lo mismo, para él cerrado. En todas partes había hombres con gorra de galones para eso, para no dejar entrar a los Chiripas.
En las tiendas podía entrar… a condición de salir inmediatamente; en cuanto se averiguaba que no tenía que comprar cosa alguna, y eso que de todas le faltaban. En las tabernas, algo por el estilo. ¡Ni en las tabernas había para él alternancia!
Y, a todo esto, el cielo desplomándose en chubascos, y él temblando de frío… calado hasta los huesos… Solo Chiripa corría por las calles, como perseguido por el agua y el viento.
Llegó junto a una iglesia. Estaba abierta. Entró, anduvo hasta el altar mayor sin que nadie le dijera nada. Un sacristán o cosa así cruzó a su lado la nave y le miró sin extrañar su presencia, sin recelo, como a uno de tantos fieles. Allí cerca, junto al púlpito de la Epístola, vio Chiripa otro pordiosero, de rodillas, abismado en la oración; era un viejo de barba blanca que suspiraba y tosía mucho. El templo resonaba con los chasquidos de la tos; cosa triste, molesta, que debía de importunar a los demás devotos esparcidos por naves y capillas; pero nadie protestaba, nadie paraba mientes en aquello.
Comparada con la calle, la iglesia estaba templada. Chiripa empezó a sentirse menos mal. Entró en una capilla y se sentó en un banco. Olía bien «Era incienso, o cera, o todo junto y más: olía a recuerdos de chico.» El chisporroteo de las velas tenía algo de hogar; los santos, quietos, tranquilos, que le miraban con dulzura, le eran simpáticos. Un obispo, con un sombrero de pastor en la mano, parecía saludarle, diciendo: «¡Bien venido, Chiripa!» Él, en justo pago, intentó santiguarse, pero no supo.
No sabía nada. Cuando la oscuridad de la capilla se fue aclarando a sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, distinguió al grupo de mujeres que en un rincón arrodilladas formaban corro junto a un confesionario. De vez en cuando un bulto negro se separaba del grupo y se acercaba al armatoste, del cual se apartaba otro bulto semejante.
«Ahí dentro habría un carca», pensó Chiripa, sin ánimo de ofender al clero, creyendo sinceramente que carca valía tanto como «sacerdote».
Le iba gustando aquello. «Pero ¡qué paciencia necesitaba aquel señor para aguantar tanto tiempo dentro del armario! ¿Cuánto cobraría por aquello? Por de pronto, nada. Las beatas se iban sin pagar.»
«Y nada. A él no lo echaban de allí.» Cuando la capilla fue quedando más despejada, pues las beatas que despachaban, a poco salían, Chiripa notó que las que aún quedaban se fijaban en su presencia. «¿Si estaré faltando?» pensó y por si acaso, se puso de rodillas. El ruido que hizo sobre la tarima llamó la atención del confesor, que asomó la cabeza por la portezuela que tenía delante y miró con atención a Chiripa.
«¿Iría a echarle?» Nada de eso. En cuanto el cura despachó a la penitente que tenía al otro lado del ventanillo con celosías, se asomó otra vez a la portezuela y con la mano hizo seña a Chiripa.
«¿Es a mi?», pensó el exmozo de cordel.
A él era. Se puso colorado, cosa extraordinaria.
«¡Tiene gracia!, se dijo, pero con gran satisfacción, esponjándose. Le llamaban a él creyendo que iba a confesarse, y le hacían pasar delante de las señoritas aquellas que estaban formando cola. ¡Cuánto honor para un Chiripa! En la vida le habían tratado así.
El cura insistió en su gesto, creyendo que Chiripa no lo notaba.
«¿Por qué no? —se dijo el perdis—. Por probar de todo. Aquí no es como en el Ayuntamiento, donde yo quería que me diesen voto, pa ver lo que era eso del sufragio, y resultó que, aunque era para todos, para mí no era, no sé por qué tiquismiquis del padrón o su madre.
Y se levantó, y se fue a arrodillar en el sitio que dejaba libre la penitente.
-Por ahí, no; por aquí -dijo el sacerdote haciendo arrodillarse a Chiripa delante de sus rodillas.
El miserable sintió una cosa extraña en el pecho y calor en las mejillas, entre vergüenza y desconocida ternura.
-Hijo mío, rece usted el acto de contrición.
-No lo sé -contestó Chiripa humilde, comprendiendo que allí había que decir la verdad… verdadera, no como en la Audiencia. Además, aquello del hijo mío le había llegado al alma, y había que tomar la cosa en serio.
El cura le fue ayudando a recitar el Señor mío Jesucristo.
-¿Cuanto tiempo hace que se ha confesado?
-Pues… toa la vida.
-¡Cómo!
-Que nunca.
Era un monte virgen de impiedad inconsciente. No tenía más que el bautismo; a la confirmación no había llegado. Nadie se había cuidado de su salvación, y él solo había atendido, y mal, a no morirse de hambre.
El cura, varón prudente y piadoso, le fue guiando y enseñando lo que podía en tan breve término. Chiripa no resultaba un gran pecador más que desde el punto de vista de los pecados de omisión; fuera de eso, lo peor que tenía eran unas cuantas borracheras empalmadas, y la pícara blasfemia, tan brutal como falta de intención impía. Pero si jamás había confesado sus culpas, penitencia no le había faltado. Había ayunado bastante, y el frío y el agua y la dureza del santo suelo habían mortificado sus carnes no poco. En esa parte era recluta disponible para la vida del yermo; tenía cuerpo de anacoreta.
Poco a poco el corazón de Chiripa fue tomando parte en aquella conversación que el clérigo tan en serio y con toda buena fe procuraba. El corazón se convertía mucho mejor que la cabeza, que era muy dura y no entendía.
El clérigo le hacía repetir protestas de fe, de adhesión a la Iglesia, y Chiripa lo hacía todo de buen grado. Pero quiso el cura algo más: que él espontáneamente expresara a su modo lo que sentía, su amor y fidelidad a la religión en cuyo seno se le albergaba. Entonces Chiripa, después de pensarlo, exclamó como inspirado:
-¡Viva Carlos Sétimo!
-¡No, hombre; no es eso!… No tanto -dijo el confesor sonriendo.
-Como a los carcas los llaman clerófobos….
-¡Tampoco, hombre!…
-Bueno, a los curas…
En fin, aplazando las cuestiones de pura forma y lenguaje, se convino en que Chiripa seguiría las lecciones del nuevo amigo en aquel templo que había estado abierto para él cuando se le cerraban todas las puertas; allí donde se había librado de los latigazos del aire y del agua.
-¿Conque te has hecho monago, Chiripa? -le decían otros hambrientos, burlándose de la seriedad con que, días y días, seguía tomando su conversión el pobre diablo.
Y Chiripa contestaba:
-Sí, no me avergüenzo; me he pasao a la Iglesia, porque allí, a lo menos, hay… alternancia.
FIN

domingo, 22 de julio de 2018

El gallito de cresta de oro - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Un viejo matrimonio era tan pobre que con gran frecuencia no tenía ni un mendrugo de pan que llevarse a la boca.

Un día se fueron al bosque a recoger bellotas y traerlas a casa para tener con qué satisfacer su hambre.

Mientras comían, a la anciana se le cayó una bellota a la cueva de la cabaña; la bellota germinó y poco tiempo después asomaba una ramita por entre las tablas del suelo. La mujer lo notó y dijo a su marido:

-Oye, es menester que quites una tabla del piso para que la encina pueda seguir creciendo y, cuando sea grande, tengamos bellotas en casa sin necesidad de ir a buscarlas al bosque.

El anciano hizo un agujero en las tablas del suelo y el árbol siguió creciendo rápidamente hasta que llegó al techo. Entonces el viejo quitó el tejado y la encina siguió creciendo, creciendo, hasta que llegó al mismísimo cielo.

Habiéndose acabado las bellotas que habían traído del bosque, el anciano cogió un saco y empezó a subir por la encina; tanto subió, que al fin se encontró en el cielo. Llevaba ya un rato paseándose por allí cuando percibió un gallito de cresta de oro, al lado del cual se hallaban unas pequeñas muelas de molino.

Sin pararse a pensar más, el anciano cogió el gallo y las muelas y bajó por la encina a su cabaña. Una vez allí, dijo a su mujer:

-¡Oye, mi vieja! ¿Qué podríamos comer?

-Espera -le contestó ésta-; voy a ver cómo trabajan estas muelas.

Las cogió y se puso a hacer como que molía, y en el acto empezaron a salir flanes y pasteles en tal abundancia que no tenía tiempo de recogerlos. Los ancianos se pusieron muy contentos, y cenaron suculentamente.

Un día pasaba por allí un noble y entró en la cabaña.

-Buenos viejos, ¿no podrían darme algo de comer?

-¿Qué quieres que te demos? ¿Quieres flanes y pasteles? -le dijo la anciana.

Y tomando las muelas se puso a moler, y en seguida salieron en montón flanes y pastelillos.

El noble los comió y propuso a la mujer:

-Véndeme, abuelita, las muelas.

-No -le contestó ésta-; eso no puede ser.

Entonces el noble, envidioso del bien ajeno, le robó las muelas y se marchó.

Apenas los ancianos notaron el robo se entristecieron mucho y empezaron a lamentarse.

-Esperen -les dijo el Gallito de Cresta de Oro-; volaré tras él y lo alcanzaré.

Echó a volar, llegó al palacio del noble, se sentó encima de la puerta y cantó desde allí:

-¡Quiquiriquí! ¡Señor! ¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos robaste!

En cuanto oyó el noble el canto del gallo ordenó a sus servidores:

-¡Muchachos! ¡Cojan ese gallo y tírenlo al pozo!

Los criados cogieron al gallito y lo echaron al pozo; dentro de éste se le oyó decir:

-¡Pico, pico, bebe agua!

Y poco a poco se bebió toda el agua del pozo. En seguida voló otra vez al palacio del noble, se posó en el balcón y empezó a cantar:

-¡Quiquiriquí! ¡Señor! ¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos robaste!

El noble, enfadado, ordenó al cocinero que metiese el gallo en el horno. Cogieron al gallito y lo echaron al horno encendido; pero una vez allí, empezó a decir:

-¡Pico, pico, vierte agua!

Y con el agua que vertió apagó toda la lumbre del horno.

Otra vez echó a volar, entró en el palacio del noble y cantó por tercera vez:

-¡Quiquiriquí! ¡Señor! ¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos robaste!

En aquel momento se encontraba el noble celebrando una fiesta con sus amigos, y éstos, al oír lo que cantaba el gallo, se precipitaron asustados fuera de la casa. El noble corrió tras ellos para tranquilizarlos y hacerlos volver, y el Gallito de Cresta de Oro, aprovechando este momento en que quedó solo, cogió las muelas y se fue volando con ellas a la cabaña del anciano matrimonio, que se puso contentísimo y vivió en adelante muy feliz, sin que, gracias a las muelas, le faltase nunca qué comer.

FIN

sábado, 21 de julio de 2018

En la droguería - Leopoldo (Clarín) Alas

El pobre Bernardo, carpintero de aldea, a fuerza de trabajo, esmero, noble ambición, había ido afinando, afinando la labor; y D. Benito el droguero, ricacho de la capital, a quien Bernardo conocía por haber trabajado para él en una casa de campo, le ofreció nada menos que emplearle, con algo más de jornal, poco, en la ciudad, bajo la dirección de un maestro, en las delicadezas de la estantería y artesonado de la droguería nueva que D. Benito iba a abrir en la Plaza Mayor, con asombro de todo el pueblo y ganancia segura para él, que estaba convencido de que iría siempre viento en popa.
Bernardo, en la aldea, aun con tanto afán, ganaba apenas lo indispensable para que no se muriesen de hambre los cinco hijos que le había dejado su Petra, y aquella queridísima y muy anciana madre suya, siempre enferma, que necesitaba tantas cosas y que le consumía la mitad del jornal misérrimo.
Su madre era una carga, pero él la adoraba; sin ella la negrura de su viudez le parecería mucho más lóbrega, tristísima.
Bernardo, con el cebo del aumento de jornal, no vaciló en dejar el campo y tomar casa en un barrio de obreros de la ciudad, malsano, miserable.
-Por lo demás, -decía-, de los aires puros de la aldea me río yo; mis hijos están siempre enfermuchos, pálidos; viven entre estiércol, comen de mala manera y el aire no engorda a nadie. Mi madre, metida siempre en su cueva, lo mismo se ahogará en un rincón de una casucha de la ciudad que en su rincón de la choza en que vivimos.
Tenía razón. Y se fue a la ciudad. Pero en la aldea no conocía una terrible necesidad que en el pueblo echaron de ver él y su madre, por imitación, por el mal ejemplo: el médico y sus recetas. Los demás obreros del barrio tenían, por módico estipendio, asistencia facultativa y ciertas medicinas, gracias a una Sociedad de socorros mutuos. En el campo, cada año, o antes si había peligro de muerte, veían al médico del Concejo que recetaba chocolate.
Ramona, la madre, con aquel refinamiento de la asistencia médica, empezó a acariciar una esperanza loca, de puro lujo: la de sanar, o mejorar algo a lo menos, gracias a dar el pulso a palpar y enseñarle la lengua al doctor, y gracias, sobre todo, a los jarabes de la botica. Bernardo llegó a participar de la ilusión y de la pasión de su madre. Soñó con curarla a fuerza de médicos y cosas de la botica. El doctor, chapado a la antigua, era muy amigo de firmar recetas; no era de estos que curan con higiene y buenos consejos. Creía en la farmacopea, y era además aristócrata en materia médica; es decir, que las medicinas caras, para ricos, le parecían superiores, infalibles. Metía en casa de los pobres el infierno de la ambición; el anhelo de aplacar el dolor con los remedios que a los ricos les costaban un dineral.
El tal Galeno, después de recetar, limitándose los cortos alcances que la Sociedad le permitía, respiraba recio, con cierta lástima desdeñosa, y daba a entender bien claramente que aquello podía ser la carabina de Ambrosio: que la verdadera salud estaba en tal y cual tratamiento, que costaba un dineral; pues entraban en él viajes, cambios de aire, baños, duchas, aparatos para respirar, para sentarse, para todo, brebajes reconstituyentes muy caros y de eso muy prolongado… en fin, el paraíso inasequible del enfermo sin posibles…
Bernardo tenía el alma obscurecida, atenaceada por una sorda cólera contra los ricos que se curaban a fuerza de dinero; entre los suspiros, las quejas y sugestiones de su madre, y aquella constante tentación de las palabras del médico que le enseñaba el cielo de la salud de su madre… allá, en el abismo inabordable, le habían cambiado el humor y las ideas; ya no era un trabajador resignado, sino un esclavo del jornal, que oía pálido y rencoroso las predicaciones del socialismo que en derredor suyo vagaban como rumor de avispas en conjura. No envidiaba los palacios, los coches, las galas; envidiaba los baños, los aparatos, las medicinas caras. Ahí estaba la injusticia: en que unos, por ricos, se curaran, y los pobres, por pobres, no.
Para echar más leña al fuego, vino la amistad con el droguero D. Benito. Terminada la obra de los lujosos anaqueles, abierta solemnemente al público la nueva tienda, conforme a los últimos adelantos, de manera que, según frase que corrió mucho, nada tenía que envidiar al mejor establecimiento de París, en su clase. Bernardo tomó la costumbre de pasar algún rato, después del trabajo en la droguería, conversando con los dependientes de D. Benito y con el mismo D. Benito. Bernardo se creía un poco partícipe de la gloria de aquel gran palacio de la salud puesto que había trabajado en toda la obra de ebanistería. Además, le atraían los cacharros, aquella luciente porcelana con letreros de oro, que encerraba, como en urnas sagradas, el misterio de la salud, a precios fabulosos, imposibles para un jornalero.
Ante los escaparates, Bernardo se extasiaba. Admiraba, primero, una especie de Apolo, de barro barnizado, que sonreía frente a la plaza, tras los cristales, rodeado de vendas, como una momia egipcia, con un brazo en cabestrillo y una pierna rota, sujeta por artísticos rodrigones ortopédicos. Admiraba las grandes esponjas, que curaban con chorros de agua; los aparatos de goma, para cien usos, para mil comodidades de los enfermos; los frascos transparentes, llenos de píldoras que costaban caras, como perlas; las botellas elegantes, aristocráticas, bien lacradas y envueltas en vistosos papeles, como damas abrigadas con ricos chales; botellas de vinos de los dioses, todos dulzura y fuerza, la salud, la vida en cuatro gotas.
Todo lo admiraba, porque en todo creía; porque el médico de su madre le había hecho supersticioso de la religión de los específicos, de las curas infalibles, pero lentas, carísimas. Y D. Benito, y su gente, por la cuenta que les tenía, y por amor al arte, y por ver al pobre carpintero pasmado ante tanto prodigio, remachaban el clavo describiéndole las curas maravillosas de estas y las otras drogas, del vino tal, de los granos cuál y del extracto X. Pero… lo de siempre: todo era muy caro, todo exigía perseverancia, uso continuo durante mucho tiempo…; es decir, todo exigía que Bernardo, para curar a su madre con aquellos portentos, gastase en un mes lo que ganaba en un año…
Y el infeliz se contentaba con mirar, palpar a veces, tomar en peso paquetes, frascos, botellas, etc., etcétera… y suspirar y resignarse. Su pobre madre no curaría; porque él podía comprarle, con gran sacrificio, la medicina cara una vez, dos veces… pero luego, ¿qué? El mal vendría más fiero y el dinero se habría acabado y hasta el crédito… y… imposible, imposible.
La prueba de que todo aquello era para ricos, muy caro, estaba en lo rico que se había hecho don Benito; tenía ya millones… Era un trato: él daba la salud y a él le pesaban en oro… los que podían.
* * *
Una tarde vio Bernardo entrar en la droguería a un anciano que parecía un difunto; un difunto de muy mal humor, con un ceño que era mueca de condenado; encorvado, como si estuviese herido por una maldición del cielo, con la respiración anhelante, irregular, los pómulos salientes, los ojos brillantes y angustiosos de modo siniestro. Vestía traje de muy buen corte, de riquísimo paño, pero muy descuidadamente. Entró sin saludar, se sentó en un sillón que solía ocupar D. Benito, y al momento le rodearon, con grandes muestras de respeto, todos los dependientes.
A poco se presentó el amo, gorra en mano, y haciendo reverencias.
-¡Oh, D. Romualdo! Cuánta honra… después de siglos…
-Perdona, Benito; pero si vengo por aquí de tarde en tarde es… porque… ya sabes que todo esto me revienta. Si tuvieras tienda de juguetes no faltaría una tarde… de las pocas que el condenado mal me deja salir de casa. Pero estas porquerías (y señalaba a los cacharros de los anaqueles) me repugnan… ¡Qué farsa! ¡Los médicos! ¡Mal rayo! Cada receta un pecado mortal…
D. Benito y los suyos sonrieron; no osaron contradecir al D. Romualdo, que parecía un muerto muy bien vestido.
Por la conversación que siguió, fue Bernardo enterándose de cosas que le vino muy bien saber.
D. Romualdo era el primer ricachón del pueblo, protector illo tempore de D. Benito; enfermo crónico, desesperado, sin resignación, furioso, con un achaque por cada millón, inútil para curar sus males. Muchos años hacía, también aquel millonario había creído, como el jornalero Bernardo, en el misterioso prestigio de la medicina infalible, en el don de salud de la receta cara; con vanidad, con orgullo, casi contento con tener que poner a prueba el poder mágico del dinero, creyendo que hasta alcanzaba a dar vida, energía, buenas carnes y buen humor, el Fúcar aquel había derrochado miles y miles en toda clase de locuras y lujos terapéuticos; conocía mejor, y por cara experiencia, las termas célebres de uno y otro país que el famoso Montaigne, tan perito en aguas saludables; no había aparato costoso, útil para sus males, que él no hubiera ensayado; en elixires, extractos y vinos nutritivos había empleado caudales… y al cabo, viejo, desengañado, hasta con remordimientos por haber creído y predicado tanto aquella religión de la salud a la fuerza y a costa de oro, confesaba con rabia de condenado la impotencia de la riqueza, la inutilidad de las invenciones humanas para impedir las enfermedades necesarias y la muerte.
De tarde en tarde, y como por el placer de ir a insultar a las engañosas drogas, en su casa, cara a cara, se presentaba D. Romualdo en la lujosa tienda de D. Benito, donde tanto gasto había hecho, donde ya no gastaba ni un real. Su tema era repetir a su antiguo protegido:
-¿Por qué no te deshaces de toda esta farsa, de toda esta porquería, y pones almacén de juguetes? No es menos serio y es más sincero; así no se engaña a nadie: venderías los cañones, los sables de mentirijillas por lo que son; no dirías: esto es de verdad, sino, es broma.
Notó Bernardo que allí nadie se atrevía a contradecir aquel dogma de la inutilidad de drogas y recetas, caras o baratas; todos decían amén a los desprecios del ricacho; nadie le proponía tal o cual específico para ninguno de los infinitos dolores de que se quejaba. En cambio, se tomaban muy en serio las últimas esperanzas de curación que D. Romualdo ponía: 1.º en un apóstol que acababa de llegar al pueblo y curaba con agua de la fuente y falsos latines… y 2.º en un viaje a Lourdes.
* * *
Cuando se marchó D. Romualdo de la droguería, lanzando furiosas miradas de ira y de desprecio a estantes y escaparates, Bernardo, que no había dicho palabra, se levantó, dio las buenas tardes y salió a la calle. Respiró con fuerza.


Se fue a dar un paseo hacia las afueras, al campo. Ya obscurecía. Las estrellas le dijeron algo de igualdad en lo inmenso, de igualdad en la pequeñez de la miseria humana. Su madre no sanaba… porque hay que morir…, no por pobre… D. Romualdo no sanaba tampoco… El dinero… las medicinas caras… ilusiones. Todos iguales, pensaba, todos nada. Y, entre triste y satisfecho, sentía un consuelo.

viernes, 20 de julio de 2018

El corredor veloz - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

En un reino muy lejano, lindando con una ciudad había un pantano muy extenso; para entrar y salir de la ciudad había que seguir una carretera tan larga que, yendo de prisa, se empleaba tres años en bordear el pantano, y yendo despacio se tardaba más de cinco.

A un lado de la carretera vivía un anciano muy devoto que tenía tres hijos. El primero se llamaba Iván; el segundo, Basiliv, y el tercero, Simeón. El buen anciano pensó hacer un camino en línea recta a través del pantano, construyendo algunos puentes necesarios, con objeto de que la gente pudiese hacer todo el trayecto tardando solamente tres semanas o tres días, según se fuese a pie o a caballo. De este modo harían todos gran economía de tiempo.

Se puso al trabajo con sus tres hijos, y al cabo de bastante tiempo terminó la obra; el pantano quedó atravesado por una ancha carretera en línea recta con magníficos puentes.

De vuelta a casa, el padre dijo a su hijo mayor:

-Oye, Iván, ve, siéntate debajo del primer puente y escucha lo que dicen de mí los transeúntes.

El hijo obedeció y se escondió debajo de uno de los arcos del primer puente, por el que en aquel momento pasaban dos ancianos que decían:

-Al hombre que ha construido este puente y arreglado esta carretera, Dios le concederá lo que pida.

Cuando Iván oyó esto salió de su escondite, y saludando a los ancianos, les dijo:

-Este puente lo he construido yo, ayudado por mi padre y mis hermanos.

-¿Y qué pides tú a Dios? -preguntaron los ancianos.

-Pido tener mucho dinero durante toda mi vida.

-Está bien. En medio de aquella pradera hay un roble muy viejo: excava debajo de sus raíces y encontrarás una gran cueva llena de oro, plata y piedras preciosas. Toma tu pala, excava y que Dios te dé tanto dinero que no te falte nunca hasta que te mueras.

Iván se fue a la pradera, excavó debajo del roble y encontró una caverna llena de una inmensidad de riquezas en oro, plata y piedras preciosas, que se llevó a su casa.

Al llegar allí, su padre le preguntó:

-¿Y qué, hijo mío, qué es lo que has oído hablar de mí a la gente?

Iván le contó todo lo que había oído hablar a los dos ancianos y cómo éstos lo habían colmado de riquezas para toda su vida.

Al día siguiente el padre envió a su segundo hijo. Basiliv se sentó debajo del puente y se puso a escuchar lo que la gente decía. Pasaban por el puente dos viejos, y cuando estuvieron cerca de donde Basiliv se hallaba escondido, éste los oyó hablar así:

-Al que construyó este puente, todo lo que pida a Dios le será concedido.

Salió en seguida Basiliv de su escondite, y saludando a los dos ancianos, les dijo:

-Abuelitos, este puente lo he construido yo con ayuda de mi padre y de mis hermanos.

-¿Y qué es lo que tú desearías? -le preguntaron.

-Que Dios me diese, para toda mi vida, mucho grano.

-Pues vete a casa, siega trigo, siémbralo y verás cómo Dios te dará trigo para toda tu vida.

Basiliv llegó a casa, contó al padre lo que le habían dicho, segó trigo y luego sembró la semilla. En seguida creció tantísimo trigo que no sabía dónde guardarlo.

Al tercer día el viejo envió a su tercer hijo. Simeón se escondió debajo del puente, y al cabo de un rato oyó pasar a los dos ancianos, que decían:

-Al que hizo este puente y esta carretera, de seguro que Dios le dará todo lo que le pida.

Al oír Simeón estas palabras salió de su escondite y se presentó a los dos hombres, diciéndoles:

-Yo he construido este puente y esta carretera con la ayuda de mi padre y de mis hermanos.

-¿Y qué es lo que pides a Dios?

-Que el zar me acepte como soldado de su escolta.

-Pero muchacho, ¿no sabes que esa profesión de soldado es difícil y pesada? ¡Cuántas lágrimas vas a verter! Pídele a Dios cualquier otra cosa más agradable para ti.

Pero el joven insistió en su propósito, diciéndoles:

-Ustedes son viejos y, sin embargo, lloran; ¿qué tiene de particular que llore yo, que soy más joven? El que no llore en este mundo llorará en el otro.

-Ya que te empeñas, sea; nosotros te bendeciremos.

Y diciendo esto pusieron las manos sobre su cabeza, y al instante el joven se convirtió en un ciervo que corría con gran velocidad. Corrió a su casa, y su padre y hermanos, apenas lo vieron, quisieron cazarlo; pero él escapó y volvió junto a los ancianos, quienes lo transformaron en una liebre. Volvió por segunda vez a su casa, y cuando allí se dieron cuenta de que había entrado una liebre, se echaron sobre ella para cogerla; pero se escapó y se volvió a acercar a los dos viejos, los cuales, por tercera vez, lo transformaron en un pajarito dorado que volaba con gran rapidez. Voló a casa de su familia, y entrando por la ventana, se puso a piar y saltar en el alféizar. Los hermanos procuraron cogerlo; pero él, con gran ligereza, escapó al campo. Esta vez, cuando el pajarito dorado se arrimó a los dos viejos, se transformó en el joven de antes y éstos le dijeron:

-Ahora, Simeón, vete a alistarte en el ejército del zar. Si tuvieses que ir a algún sitio con gran rapidez, podrás transformarte en ciervo, en liebre o en pájaro, tal como nosotros te hemos enseñado.

Simeón volvió a casa y pidió al padre que le dejase ir a servir al zar como soldado.

-¿Por qué quieres ir a servir al zar, cuando todavía eres joven y aún no tienes experiencia de la vida?

-No, padre; déjame ir, porque es la voluntad de Dios.

El padre le dio permiso y Simeón preparó todas sus cosas, se despidió de su familia y tomó la carretera que iba a la capital. Caminó muchos días, y al fin llegó; entró en el palacio y se presentó al mismo zar. Se inclinó delante de él y le dijo:

-Mi zar y señor, no te ofendas por mi osadía: quiero servir en tu ejército.

-¡Pero muchacho! ¡Tú eres demasiado joven todavía!

-Puede que sea demasiado joven e inexperto; pero creo que podré servirte igual que los demás, y así lo prometo a Dios.

El zar consintió y lo nombró soldado de su escolta personal.

Pasado algún tiempo, un rey enemigo emprendió una guerra sangrienta contra el zar. Éste empezó a preparar su ejército y quiso dirigirlo en persona. Simeón pidió al zar que lo dejase ir también a él para acompañarlo; el zar consintió, y todo el ejército se puso en camino en busca del enemigo.

Caminaron muchos días y atravesaron muchas tierras, hasta que al fin llegaron a enfrentarse con el enemigo. La batalla había de tener lugar dentro de tres días.

El zar pidió que le preparasen sus armas de combate; pero, con la prisa con que se marcharon de la capital, habían dejado olvidados en palacio la espada y el escudo. ¡El zar sin sus armas no quería entrar en batalla para batir al enemigo!…

Hizo leer un bando disponiendo que si había alguien que se considerase capaz de ir y volver a palacio en tres días y traerle la espada y el escudo, que se presentase. Al que consiguiese traerle sus armas, el zar ofrecía darle en recompensa por esposa a su hija María, la cual llevaría como dote la mitad del Imperio, y además sería declarado heredero del trono.

Se presentaron varios voluntarios; uno de ellos decía que él podría ir y volver en tres años, otro que en dos años, y un tercero que en uno. Entonces Simeón se presentó al zar y le dijo:

-Majestad, yo puedo ir a palacio y traerte tu espada y tu escudo en tres días.

El zar se puso contentísimo, lo abrazó dos veces y escribió en seguida una carta a su hija, en la que disponía que entregase a su soldado Simeón la espada y el escudo que había dejado olvidados en palacio.

Simeón cogió el mensaje del zar y se marchó. Cuando estuvo a una legua del campamento se transformó en ciervo y se puso a correr con la rapidez de una flecha. Corrió, corrió y cuando se cansó se transformó en liebre; continuó así con la misma rapidez, y cuando las patas empezaron a cansarse se transformó en un pajarito dorado y voló con más rapidez que antes. Un día y medio después llegaba a palacio, donde la zarevna María se había quedado. Se transformó entonces en hombre, entró en palacio y entregó a la zarevna el mensaje del zar. Ésta lo tomó, y después de leerlo preguntó al joven:

-¿De qué modo has podido pasar por tantas tierras en tan poco tiempo?

-Pues así -respondió Simeón.

Y transformándose en un ciervo dio, con gran velocidad, unas carreras por el parque. Después se acercó a la zarevna y descansó la cabeza sobre las rodillas de la joven; ésta cortó con sus tijeritas un mechón de pelo de la cabeza del ciervo. Después se transformó en una liebre y se puso a dar saltos y brincos, cobijándose luego en las rodillas de la zarevna, quien también cortó otro mechón de pelo de la cabeza de la liebre. Por último, se transformó en un pajarito con la cabeza dorada, voló de un lado a otro y se posó sobre la mano de la zarevna María. La joven le arrancó algunas plumitas doradas de la cabeza; cogió los mechones de pelo que había cortado al ciervo y a la liebre y las plumas del pajarito y lo puso todo en su pañuelo, que ató y escondió en su bolsillo. El pajarito esta vez se transformó en el joven de antes.

La zarevna hizo que le diesen de comer y beber y le dio provisiones para el camino. Después de entregarle el escudo y la espada del zar su padre, al despedirse le dio un abrazo, y el joven corredor se marchó al campamento de su zar.

Otra vez se transformó en ciervo; cuando se cansó de correr, en liebre; cuando se cansó de nuevo, en pajarito, y al tercer día vio, ya no lejos, la tienda imperial. Al llegar a la distancia de media legua se transformó en su verdadero ser y se echó en la sombra de un zarzal a la orilla del mar, para descansar un poco del viaje. Puso la espada y el escudo a su lado; pero era tanto el cansancio que tenía, que se durmió al momento.

Uno de los generales del zar, que por casualidad paseaba por allí, descubrió al corredor dormido; aprovechándose de su sueño lo tiró al agua, y cogiendo la espada y el escudo fue a la tienda de campaña del zar y le entregó las armas, diciéndole:

-Señor: he aquí tu espada y tu escudo; yo mismo te los he traído.

El zar, entusiasmado, dio las gracias al general sin acordarse de Simeón. A las pocas horas se entabló la batalla con el enemigo, el resultado de la cual fue una gran victoria para el zar y su ejército.

Al pobre Simeón, cuando cayó al mar, lo cogió el zar del Mar y lo arrastró a las profundidades de su reino. Vivió con este zar durante un año y se puso muy triste.

-¿Qué tienes, Simeón, te aburres aquí? -le preguntó un día el zar del Mar.

-Sí, majestad.

-¿Quieres ir a la tierra rusa?

-Sí quiero, si su majestad lo permite.

El zar lo subió y lo sacó a la orilla durante una noche muy oscura.

Simeón se puso a rezar, diciendo:

-¡Dios mío, haz salir el Sol!

Cuando el cielo empezaba a teñirse de púrpura por levante con la luz de la aurora, el zar del Mar se presentó a Simeón, lo agarró y se lo llevó otra vez a su reino.

Vivió allí otro año, y de la tristeza que tenía estaba siempre llorando. Otra vez le preguntó entonces el zar:

-¿Por qué lloras, muchacho? ¿Te aburres?

-Mucho, majestad.

-¿Quieres volver a la tierra rusa?

-Sí, majestad.

Lo cogió y lo dejó a la orilla del mar. Simeón, con lágrimas en los ojos, rogó al Señor, diciendo:

-¡Dios mío, haz que salga el Sol!

Apenas empezó a teñirse el horizonte, el zar del Mar se presentó como la otra vez, lo cogió y lo arrastró a las profundidades de su reino.

Pasó el pobre Simeón el tercer año, y estaba tan afligido que no hacía más que llorar todo el día. Un día que estaba más triste que de costumbre, el zar del Mar se le acercó y le dijo:

-Pero ¿por qué lloras? ¿Te aburres? ¿Quieres volver a la tierra rusa?

-Sí, majestad.

Lo sacó por tercera vez fuera del agua y lo dejó a la orilla del mar. Apenas se encontró Simeón fuera del agua, se puso de rodillas, y con grandísimo fervor rogó así:

-¡Dios mío, ten piedad de mí! Haz que salga el Sol.

No había tenido tiempo de decirlo, cuando el Sol se mostró en todo su esplendor, iluminando el mundo con sus rayos. Esta vez el zar del Mar tuvo miedo a la luz del día y no se atrevió a salir a coger a Simeón, el cual se vio libre.

Se puso en camino hacia su reino, transformándose primero en ciervo, después en liebre, y finalmente en un pajarito, y en poco tiempo llegó al palacio del zar.

En los tres años que habían pasado, el zar llegó con su ejército a la capital de su reino e hizo los preparativos para la boda de su hija con el general embustero que dijo ser quien había llevado al campamento la espada y el escudo imperiales.

Simeón entró en la sala donde estaban sentados a la mesa María Zarevna, el general y los convidados, y apenas María lo vio entrar, lo reconoció y dijo a su padre:

-Padre y señor, permíteme decirte algo muy importante.

-Habla, hija mía, ¿qué es lo que quieres?

-El general que está sentado a mi lado en la mesa no es mi prometido. Mi verdadero prometido es el joven que acaba de entrar en la sala.

Y dirigiéndose al recién llegado le dijo:

-Simeón, haznos ver cómo fuiste tú el que consiguió llevar tan velozmente la espada y el escudo.

Simeón se transformó en ciervo, corrió por el salón y se paró cerca de María Zarevna; ésta sacó de su pañuelo el mechón de pelo que había cortado al ciervo, y mostrándolo al zar le enseñó el sitio de donde lo había cortado y le dijo:

-Mira, padre, ésta es una prueba.

El ciervo se transformó en liebre, saltó por todas partes y se fue a echar en el regazo de la zarevna. María mostró entonces el mechón de pelo que había cortado a la liebre.

Se transformó la liebre en un pajarito con la cabeza de oro, y después de volar con gran rapidez por todo el salón vino a posarse en un hombro de la zarevna. Ésta desató el tercer nudo de su pañuelo y mostró al zar las plumitas doradas que había arrancado de la cabeza del pajarito.

Al ver esto el zar comprendió toda la verdad, y después de escuchar las explicaciones de Simeón, condenó a muerte al general. A María la casó con Simeón y éste fue nombrado heredero del trono.

jueves, 19 de julio de 2018

El tren - Leopoldo (Clarín) Alas

El duque del Pergamino, marqués de Numancia, conde de Peñasarriba, consejero de ferrocarriles de vía ancha y de vía estrecha, ex ministro de Estado y de Ultramar… está que bufa y coge el cielo… raso del coche de primera con las manos; y a su juicio tiene razón que le sobra. Figúrense ustedes que él viene desde Madrid solo, tumbado cuan largo es en un reservado, con que ha tenido que contentarse, porque no hubo a su disposición, por torpeza de los empleados, ni coche-cama, ni cosa parecida. Y ahora, a lo mejor del sueño, a media noche, en mitad de Castilla, le abren la puerta de su departamento y le piden mil perdones… porque tiene que admitir la compañía de dos viajeros nada menos: una señora enlutada, cubierta con un velo espeso, y un teniente de artillería.
¡De ninguna manera! No hay cortesía que valga; el noble español es muy inglés cuando viaja y no se anda con miramientos medioevales: defiende el home de su reservado poco menos que con el sport que ha aprendido en Eton, en Inglaterra, el noble duque castellano, estudiante inglés.
¡Un consejero, un senador, un duque, un ex-ministro, consentir que entren dos desconocidos en su coche, después de haber consentido en prescindir de una berlina-cama, a que tiene derecho! ¡Imposible! ¡Allí no entra una mosca!
La dama de luto, avergonzada, confusa, procura desaparecer, buscar refugio en cualquier furgón donde pueda haber perros más finos… pero el teniente de artillería le cierra el paso ocupando la salida, y con mucha tranquilidad y finura defiende su derecho, el de ambos.
-Caballero, no niego el derecho de usted a reclamar contra los descuidos de la Compañía… pero yo, y por lo visto esta señora también, tengo billete de primera; todos los demás coches de esta clase vienen llenos; en esta estación no hay modo de aumentar el servicio… aquí hay asientos de sobra, y aquí nos metemos.
El jefe de la estación apoya con timidez la pretensión del teniente; el duque se crece, el jefe cede… y el artillero llama a un cabo de la Guardia civil, que, enterado del caso, aplica la ley marcial al reglamento de ferrocarriles, y decreta que la viuda (él la hace viuda) y su teniente se queden en el reservado del duque, sin perjuicio de que éste se llame a engaño ante quien corresponda.
Pergamino protesta; pero acaba por calmarse y hasta por ofrecer un magnífico puro al militar, del cual acaba de saber, accidentalmente, que va en el expreso a incorporarse a su regimiento, que se embarca para Cuba.
-¿Con que va usted a Ultramar a defender la integridad de la patria?
-Sí señor, en el último sorteo me ha tocado el chinazo.
-¿Cómo chinazo?
-Dejo a mi madre y a mi mujer enfermas y dejo dos niños de menos de cinco años.
-Bien, sí; es lamentable… ¡Pero la patria, el país, la bandera!
-Ya lo creo, señor duque. Eso es lo primero. Por eso voy. Pero siento separarme de lo segundo. Y usted, señor duque, ¿a dónde bueno?
-Phs… por de pronto a Biarritz, después al Norte de Francia… pero todo eso está muy visto; pasaré el Canal y repartiré el mes de Agosto y de Septiembre entre la isla de Wight, Cowes, Ventnor, Ryde y Osborn…
La dama del luto y del velo, ocupa silenciosa un rincón del reservado. El duque no repara en ella. Después de repasar un periódico, reanuda la conversación con el artillero, que es de pocas palabras.
-Aquello está muy malo. Cuando yo, allá en mi novatada de ministro, admití la cartera de Ultramar, por vía de aprendizaje, me convencí de que tenemos que aplicar el cauterio a la administración ultramarina, si ha de salvarse aquello.
-Y usted ¿no pudo aplicarlo?
-No tuve tiempo. Pasé a Estado, por mis méritos y servicios. Y además… ¡hay tantos compromisos! Oh, pero la insensata rebelión no prevalecerá; nuestros héroes defienden aquello como leones; mire usted que es magnífica la muerte del general Zutano… víctima de su arrojo en la acción de Tal… Zutano y otro valiente, un capitán… el capitán… no sé cuántos, perecieron allí con el mismo valor y el mismo patriotismo que los más renombrados mártires de la guerra. Zutano y el otro, el capitán aquél, merecen estatuas; letras de oro en una lápida del Congreso… Pero de todas maneras, aquello está muy malo… No tenemos una administración… Conque ¿usted se queda aquí para tomar el tren que le lleve a Santander? Pues ea; buena suerte, muchos laureles y pocos balazos… Y si quiere usted algo por acá… ya sabe usted, mi teniente, durante el verano, isla de Wight, Cowes, Ryde, Ventnor y Osborn…
El duque y la dama del luto y el velo quedan solos en el reservado. El ex-ministro procura, con discreción relativa, entablar conversación.
La dama contesta con monosílabos, y a veces con señas.
El de Pergamino, despechado, se aburre. En una estación, la enlutada mira con impaciencia por la ventanilla.
-¡Aquí, aquí! -grita de pronto-; Fernando, Adela, aquí…
Una pareja, también de luto, entra en el reservado: la enlutada del coche los abraza, sobre el pecho de la otra mujer llora, sofocando los sollozos.
El tren sigue su viaje. Despedida, abrazos otra vez, llanto…
Quedaron de nuevo solos la dama y el duque.
Pergamino, muerto de impaciencia, se aventura en el terreno de las posibles indiscreciones. Quiere saber a toda costa el origen de aquellas penas, la causa de aquel luto… Y obtiene fría, seca, irónica, entre lágrimas, esta breve respuesta:
-Soy la viuda del otro… del capitán Fernández.
FIN