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viernes, 3 de agosto de 2018

Gorrioncito - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Un matrimonio viejo que no tenía hijos rezaba a Dios todos los días para merecer la misericordia divina; pero Dios, sordo, al parecer, a las súplicas, no le concedía la gracia de tener un niño.
Un día se fue el marido al bosque para recoger setas y encontró a un viejecito que le dijo:
-Yo sé cuál es la pena que escondes en tu corazón y cuán grande es tu deseo de tener hijos. Óyeme bien: ve al pueblo, pide en cada casa un huevo; luego coge una gallina, hazla sentar sobre ellos para que los empolle y ya verás lo que sucede.
El anciano volvió al pueblo, que tenía cuarenta y una casas; en cada una de ellas entró y pidió un huevo, y luego, volviendo a la suya, cogió una gallina y la hizo empollar los cuarenta y un huevos.
Pasaron dos semanas; los ancianos fueron al gallinero, y cuál sería su asombro al ver que de los huevos nacieron cuarenta niños fuertes y robustos y uno pequeño y débil.
El padre le puso a cada uno un nombre; pero al llegar al último, ya no se le ocurría qué nombre ponerle. Entonces, atendiendo a que era el pequeño, dijo:
-Como no tengo nombre para ti, te llamaré Gorrioncito.
Los niños crecieron con tal rapidez, que algunos días después de nacer pudieron ya trabajar y ayudar a sus padres. Eran unos muchachos guapísimos y trabajadores; cuarenta de ellos labraban el campo y Gorrioncito hacía los trabajos de casa.
Llegó la temporada de siega, y los hermanos se fueron a guadañar y hacer haces de heno. Pasaron una semana en las praderas y luego volvieron a casa, cenaron y se acostaron. El anciano los contempló y dijo gruñendo:
-¡Oh juventud indolente! Comen mucho, duermen aún más y estoy seguro de que no han trabajado nada.
-Padre, antes de juzgar, ve a ver -dijo Gorrioncito.
El anciano se vistió, fue a las praderas y vio con satisfacción que estaban ya listos cuarenta grandes haces de heno.
-¡Qué valientes son mis chicos! ¡Cuánto heno han guadañado en una semana y qué haces tan grandes han hecho! -exclamó.
Tan grande fue su deseo de admirar sus bienes, que al día siguiente fue otra vez a las praderas; llegó allí y vio que faltaba un haz. Volvió a casa preocupado y dijo a sus hijos:
-¡Oh hijos míos! ¡Ha desaparecido un haz de heno!
-No importa, padre. Nosotros cogeremos al ladrón -le contestó Gorrioncito-. Dame cien rublos; yo sé lo que tengo que hacer.
Cogió los cien rublos y se dirigió a la herrería.
-¿Puedes -dijo al herrero- forjarme una cadena con la que pueda atar a un hombre desde los pies hasta la cabeza?
-¿Por qué no? -contestó el herrero.
-Pues hazme una, pero que sea bastante resistente. Si resulta fuerte te pagaré cien rublos; pero si se rompe no cobrarás ni un copec.
El herrero forjó una cadena de hierro. Gorrioncito se ató con ella el cuerpo, luego se dobló por la cintura y la cadena se rompió. El herrero le forjó otra mucho más fuerte, que resistió todas las pruebas, y Gorrioncito la cogió, pagó por ella cien rublos y se dirigió a las praderas para montar la guardia a los haces de heno. Se sentó al lado de uno de ellos y se puso a esperar.
Justo a media noche se levantó el viento, se alborotó el mar, y de sus profundidades surgió una yegua hermosísima que se acercó al primer haz y empezó a devorar el heno. Gorrioncito corrió hacia ella, la sujetó con la cadena de hierro y montó a caballo en su lomo.
La yegua, enfurecida, echó a correr por valles y montes; pero, a pesar de esta carrera desenfrenada, el jinete permaneció como clavado en su sitio. Al fin, cansada de correr, la yegua se paró y dijo:
-¡Oh, joven valeroso! Ya que has podido dominarme, sé tú el amo de mis potros.
Se acercó a la orilla del mar y relinchó estrepitosamente. El mar se alborotó y salieron a la orilla cuarenta y un caballos tan magníficos, que aunque se buscasen por todo el mundo no se encontrarían otros semejantes.
Por la mañana, el padre de Gorrioncito, oyendo un gran pataleo y estrepitoso relinchar en el patio, salió asustado para ver lo que pasaba. Era su hijo que llegaba a casa acompañado de todo un rebaño de caballos.
-¡Hola, hermanos! -exclamó-. Aquí traigo un caballo para cada uno; vámonos a buscar novia.
-¡Vámonos! -contestaron todos.
Los padres les dieron su bendición y todos los hermanos se pusieron en camino.
Durante mucho tiempo anduvieron por el mundo, pues no era cosa fácil encontrar tantas novias. Además, no querían separarse y casarse con jóvenes que perteneciesen a distintas familias, para no tener suerte distinta cada uno, y no era fácil encontrar una madre que pudiese alabarse de tener cuarenta y una hijas.
Al fin llegaron a un país muy lejano y vieron un espléndido palacio, todo de piedra blanca, que se elevaba en una altísima montaña. Lo cercaba un alto muro y a la entrada estaban clavados unos postes de hierro. Los contaron y eran cuarenta y uno.
Ataron a estos postes sus briosos caballos y entraron en el patio. Salió a su encuentro la bruja Baba-Yaga, que les gritó:
-¿Quién los ha invitado a entrar? ¿Cómo han osado atar sus caballos a los postes sin pedirme permiso?
-¡Vaya, vieja! ¿Por qué gritas tanto? Antes de todo danos de comer y beber y caliéntanos el baño; luego podrás hacernos tus preguntas.
Baba-Yaga les dio de comer y beber, les calentó el baño, y después empezó a preguntarles:
-Díganme, valerosos jóvenes, ¿están buscando algo o sólo caminan por el gusto de pasear?
-Estamos buscando una cosa, abuelita.
-¿Y qué quieren?
-Buscamos novias para todos.
-¡Pero si yo tengo cuarenta y una hijas! -exclamó Baba-Yaga.
Corrió a la torre y pronto apareció acompañada de cuarenta y una jóvenes.
Los hermanos, encantados, solicitaron permiso para casarse con ellas, y en seguida lo obtuvieron y celebraron la boda con un alegre festín.
Al anochecer, Gorrioncito fue a ver qué tal estaba su caballo, y éste, al acercársele su amo, le dijo con voz humana:
-¡Cuidado, amo! Cuando se acuesten con sus jóvenes esposas no se olviden de cambiar con ellas los vestidos; pónganse los de ellas y vístanlas a ellas con los de ustedes; si no, perecerán todos.
Gorrioncito lo contó todo a sus hermanos, y todos al llegar la noche vistieron a sus jóvenes esposas con sus trajes, poniéndose ellos los de éstas, y así se acostaron. Pronto todos se durmieron profundamente; sólo Gorrioncito permaneció vigilando sin cerrar los ojos.
A media noche gritó Baba-Yaga con una voz espantosa:
-¡Hola, mis fieles servidores! ¡Vengan aquí y corten la cabeza a los visitantes importunos!
En un instante acudieron los fieles servidores y cortaron la cabeza a las hijas de Baba-Yaga.
Gorrioncito despertó a sus hermanos y les explicó lo ocurrido; cogieron las cabezas cortadas de sus esposas, las colocaron en los postes de hierro que adornaban la entrada, ensillaron sus caballos y huyeron de allí a todo galope.
Por la mañana la bruja se levantó, miró por la ventana y, ¡oh desgracia!, las cabezas de sus hijas estaban colocadas en los postes de hierro. Se enfureció, ordenó que le diesen su escudo abrasador y se lanzó en persecución de los jóvenes echando fuego y quemando con su escudo todo alrededor de sí.
Los hermanos, asustados, no sabían dónde esconderse. Delante de ellos se extendía el mar, y a sus espaldas la bruja quemaba todo con su escudo ardiente. La salvación era imposible. Pero Gorrioncito era sagaz y astuto: durante su estancia en el palacio de Baba-Yaga le había robado a ésta un pañuelo. Lo sacudió ante sí, y de repente apareció un puente que se tendía de una orilla a otra. Los jóvenes atravesaron a galope el mar por el puente, y pronto se vieron en la orilla opuesta. Gorrioncito sacudió el pañuelo hacia atrás y el puente desapareció.
Baba-Yaga tuvo que volverse a casa, y los hermanos llegaron sanos y salvos junto a sus padres, que los acogieron llenos de alegría.
FIN

Fomá Berénnikov - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Érase una anciana que vivía con su hijo Fomá Berénnikov. Un día el hijo se fue a labrar al campo; su caballo era un rocín flaco y débil, y el pobre Fomá, desesperando de hacerle trabajar, se sentó en una piedra.
Las moscas zumbaban volando sobre un montón de basura, y Fomá, cogiendo una rama seca, les pegó y se puso a contar cuántas había matado. Contó hasta quinientas, y aun había muchas más, que no pudo contar porque se cansó. Luego acercose a su rocín y vio hasta una docena de tábanos que lo picaban; los mató también, y volviendo a su casa pidió a su madre la bendición, diciéndole:
-He matado tal cantidad de enemigos, que ni siquiera se pueden contar, y entre ellos había doce guerreros valientes; déjame, madre mía, ir a realizar hazañas dignas de un hombre valeroso, pues no conviene a un hombre como yo seguir labrando la tierra: quédese eso para un campesino y no para un héroe.
La madre le dio la bendición y lo dejó ir a realizar sus valerosas proezas.
Fomá Berénnikov se colgó sobre los hombros una alforja, se sujetó a la faja una vieja hoz y se dirigió por un camino desconocido hasta llegar a un sitio donde estaba clavado un poste en el suelo.
Buscó en sus bolsillos, sacó un pedazo de yeso y escribió en el poste:
«Pasó por aquí el valiente Fomá Berénnikov, que de un golpe mató una multitud de enemigos, y entre ellos doce guerreros valerosos.»
Una vez escrito esto, siguió su camino. Poco rato después pasó por el mismo sitio Ilia Murometz; se acercó al poste, leyó la inscripción y dijo:
-¡Cómo se echa de ver en este letrero la naturaleza y el carácter de un hombre valeroso! ¡No gasta ni oro ni plata; sólo usa yeso!
Y escribió en el poste con un pedazo de plata:
«Tras Fomá Berénnikov pasó por aquí el valiente Ilia Murometz.»
Siguió por el camino, y alcanzando a Fomá Berénnikov, le preguntó respetuosamente:
-¡Invicto héroe Fomá Berénnikov! ¿Dónde me mandas estar, delante o detrás de ti?
-Ven detrás -contestó Fomá.
Iba por el mismo camino el joven Alejo Popovich, y ya desde lejos vio resplandecer como escrito con brasas el cartel del poste. Acercose a éste, leyó las inscripciones de Fomá Berénnikov y de Ilia Murometz, sacó de su bolsillo un pedazo de oro y escribió:
«Tras Ilia Murometz pasó por aquí el joven Alejo Popovich.»
Siguió por el camino, alcanzó a Ilia Murometz y le preguntó:
-Dime, Ilia Murometz, ¿dónde tengo que ir, delante o detrás de ti?
-No me preguntes a mí, sino a mi hermano mayor, Fomá Berénnikov -le contestó Ilia.
El joven Alejo Popovich se acercó a Fomá Berénnikov y le preguntó:
-¡Invicto héroe Fomá Berénnikov! ¿Dónde mandas que vaya Alejo Popovich?
-Ven detrás -dijo Fomá.
Así siguieron los tres por el mismo camino, atravesando un país desconocido, y al fin llegaron a unos espléndidos jardines. Ilia Murometz y Alejo Popovich plantaron sus tiendas blancas y Fomá Berénnikov se tendió sobre su sayo.
Los jardines pertenecían al zar Blanco, el cual estaba en guerra con un rey extranjero, que envió contra él sus seis guerreros más valerosos.
El zar Blanco envió a Fomá Berénnikov un mensaje que decía:
«Estoy en guerra con un rey extranjero. ¿Quieres prestarme tu ayuda?»
Fomá, aunque no comprendía lo escrito, porque no sabía leer, miró el mensaje, meneó la cabeza y dijo:
-Está bien.
Entretanto el rey extranjero con su ejército se acercó a la ciudad. Ilia Murometz y Alejo Popovich se dirigieron a Fomá Berénnikov y lo consultaron, diciéndole:
-Los enemigos están oprimiendo al zar; es menester salir en su defensa. Dinos si vas tú mismo o quieres que vayamos nosotros.
-Ve tú, Ilia Murometz -contestó Fomá.
Marchó entonces Ilia Murometz y mató a todos los enemigos.
El rey extranjero envió contra el zar Blanco otro ejército innumerable y con él otros seis héroes renombrados. Otra vez fueron Ilia Murometz y Alejo Popovich a consultar a Fomá Berénnikov:
-Dinos, Fomá Berénnikov, ¿irás tú mismo o quieres que vayamos nosotros?
-Ve tú, joven Alejo Popovich -dijo Fomá.
El joven Alejo fue y mató a todos los del innumerable ejército y a los seis valerosos guerreros.
Entonces el rey extranjero pensó para sus adentros:
«Tengo aún un héroe, el más valiente del mundo; lo guardaba para un caso extremo, pero tendré que utilizarlo ahora.»
Esta vez el rey extranjero se puso en persona al frente de su ejército, llevando consigo a su más valeroso guerrero, a quien dijo de antemano:
-No es con la fuerza con lo que nos vence el guerrero ruso, sino con la astucia; por eso, lo que veas hacer a éste hazlo tú también.
Otra vez se presentaron Ilia Murometz y el joven Alejo Popovich ante Fomá Berénnikov y le preguntaron:
-¿Irás tú mismo o nos envías a nosotros?
-Esta vez iré yo mismo. Traigan mi caballo.
Los caballos de los dos valerosos guerreros estaban en el campo paciendo hierba; en cambio, el rocín de Fomá, como corresponde al caballo de un héroe, comía avena; fortalecido por el buen alimento, cuando se le acercó Ilia Murometz se puso a tirar coces y a morderlo. Ilia se enfadó, lo cogió por la cola y lo tiró por encima de la cerca. Al ver esto el joven Alejo Popovich le dijo:
-¡Cuidado! No sea que nos vea Fomá Berénnikov, pues nos haría ver las estrellas.
-No importa esto; no creas que el mérito lo tiene el caballo, sino el mismo guerrero -le repuso Ilia Murometz, y le llevó el rocín a Fomá Berénnikov.
Éste, montando a caballo, dijo entre sí:
-Será mucho mejor que me tape los ojos; así no me dará tanto miedo ir al encuentro de una muerte tan horrorosa como la que me espera.
Se tapó los ojos atándose un pañuelo alrededor de la cabeza y se inclinó hacia delante sobre la silla, para hacerse menos visible.
El héroe del rey extranjero, al ver a su enemigo con los ojos vendados pensó: «¡Gran Dios, qué guerrero! Se ha tapado los ojos porque está seguro de su poder; pero yo tampoco soy cobarde y haré lo mismo.»
Apenas se hubo tapado los ojos e inclinado sobre su silla, Fomá, aburrido de esperar tanto tiempo, miró por debajo del pañuelo, y aprovechándose de la buena ocasión que tenía, desenvainó la espada que el guerrero llevaba colgada a su izquierda y con ella misma le cortó la cabeza.
Después cogió el caballo del enemigo vencido e intentó montarlo; pero viendo que no podía, lo ató a un roble grandísimo, se subió a éste y desde lo alto saltó sobre la silla.
Apenas el caballo sintió al jinete, dio un tirón, arrancó de cuajo el árbol con sus raíces y se precipitó a través del campo corriendo a todo correr y arrastrando el árbol tras de sí.
Fomá Berénnikov gritaba con todas sus fuerzas:
-¡Socorro! ¡Socorro!
Pero nadie lo oía.
Los enemigos se estremecieron de espanto y volvieron la espalda; pero el caballo, desbocado, los perseguía, pisándolos y atropellándolos con el árbol hasta que no quedó vivo ni uno solo.
El rey extranjero envió entonces a Fomá Berénnikov el mensaje siguiente:
«Heroico Fomá Berénnikov, jamás te haré la guerra.»
Este mensaje agradó mucho al valiente guerrero.
Los valerosos Ilia Murometz y Alejo Popovich quedaron asombrados al ver las proezas de su jefe. Fomá se dirigió al palacio del zar Blanco, y una vez llegado allí, éste le preguntó:
-¿Con qué quieres que te recompense? Elige entre todo el oro que quieras, la mitad de mi reino o mi hija la hermosa zarevna.
-Dame la zarevna y convida a la boda a mis hermanos menores Ilia Murometz y el joven Alejo Popovich -le contestó Fomá.
Poco después se casó con la hermosa zarevna, vivió con ella en la mayor felicidad y hasta su muerte conservó la fama de ser el guerrero más valeroso del mundo.
FIN

El zarevich Iván y el lobo gris - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Una vez, en tiempos remotos, vivía en su retiro el zar Vislav con sus tres hijos los zareviches Demetrio, Basilio e Iván. Poseía un espléndido jardín en el que había un manzano que daba frutos de oro. El zar lo quería tanto como a las niñas de sus ojos y lo cuidaba con gran esmero.
Llegó un día en que se notó la falta de varias manzanas de oro, y el zar se desconsoló tanto, que llegó a enflaquecer de tristeza. Los zareviches, sus hijos, al verlo así se llegaron a él y le dijeron:
-Permítenos, padre y señor, que, alternando, montemos una guardia cerca de tu manzano predilecto.
-Mucho se lo agradezco, queridos hijos -les contestó-, y al que logre coger al ladrón y me lo traiga vivo le daré como recompensa la mitad de mi reino y a mi muerte será mi único heredero.
La primera noche le tocó hacer la guardia al zarevich Demetrio, quien apenas se sentó al pie del manzano se quedó profundamente dormido. Por la mañana, cuando despertó, vio que en el árbol faltaban aún más manzanas.
La segunda noche le tocó el turno al zarevich Basilio y le ocurrió lo mismo, pues lo invadió un sueño tan profundo como a su hermano.
Al fin le llegó la vez al zarevich Iván. No bien acababa de sentarse al pie del manzano cuando sintió un gran deseo de dormir; se le cerraban los ojos y daba grandes cabezadas. Entonces, haciendo un esfuerzo, se puso en pie, se apoyó en el arco y quedó así en guardia esperando.
A medianoche se iluminó de súbito el jardín y apareció, no se sabe por dónde, el Pájaro de Fuego, que se puso a picotear las manzanas de oro. Iván zarevich tendió su arco y lanzó una flecha contra él; pero sólo logró hacerle perder una pluma y el pájaro pudo escapar.
Al amanecer, cuando el zar se despertó, Iván Zarevich le contó quién hacía desaparecer las manzanas de oro y le entregó al mismo tiempo la pluma.
El zar dio las gracias a su hijo menor y elogió su valentía; pero los hermanos mayores sintieron envidia y dijeron a su padre:
-No creemos, padre, que sea una gran proeza arrancar a un pájaro una de sus plumas. Nosotros iremos en busca del Pájaro de Fuego y te lo traeremos.
Reflexionó el zar unos instantes y al fin consintió en ello. Los zareviches Demetrio y Basilio hicieron sus preparativos para el viaje, y una vez terminados se pusieron en camino. Iván Zarevich pidió también permiso a su padre para que lo dejase marchar, y aunque el zar quiso disuadirlo, tuvo que ceder al fin a sus ruegos y lo dejó partir.
Iván Zarevich, después de atravesar extensas llanuras y altas montañas, se encontró en un sitio del que partían tres caminos y donde había un poste con la siguiente inscripción:
«Aquel que tome el camino de enfrente no llevará a cabo su empresa, porque perderá el tiempo en diversiones; el que tome el de la derecha conservará la vida, si bien perderá su caballo, y el que siga el de la izquierda, morirá.»
Iván Zarevich reflexionó un rato y tomó al fin el camino de la derecha.
Y siguió adelante un día tras otro, hasta que de pronto se presentó ante él en el camino un lobo gris que se abalanzó al caballo y lo despedazó. Iván continuó su camino a pie y siguió andando, andando, hasta que sintió gran cansancio y se detuvo para tomar aliento y reposar un poco; pero lo invadió una gran pena y rompió en amargo llanto. Entonces se le apareció de nuevo el Lobo Gris, que le dijo:
-Siento, Iván Zarevich, haberte privado de tu caballo; por lo tanto, móntate sobre mí y dime dónde quieres que te lleve.
Iván Zarevich se montó sobre él, y apenas nombró al Pájaro de Fuego, el Lobo Gris echó a correr tan rápido como el viento. Al llegar ante un fuerte muro de piedra, se paró y le dijo a Iván:
-Escala este muro, que rodea un jardín en que está el Pájaro de Fuego encerrado en su jaula de oro. Coge el pájaro, pero guárdate bien de tocar la jaula.
Iván Zarevich franqueó el muro y se encontró en medio del jardín. Sacó al pájaro de la jaula y se disponía a salir, cuando pensó que no le sería fácil el llevarlo sin jaula. Decidió, pues, cogerla, y apenas la hubo tocado cuando sonaron mil campanillas que pendían de infinidad de cuerdecitas tendidas en la jaula. Se despertaron los guardianes y cogieron a Iván Zarevich, llevándolo ante el zar Dolmat, el cual le dijo enfadado:
-¿Quién eres? ¿De qué país provienes? ¿Cómo te llamas?
Le contó Iván toda su historia, y el zar le dijo:
-¿Te parece digna del hijo de un zar la acción que acabas de realizar? Si hubieses venido a mí directamente y me hubieses pedido el Pájaro de Fuego, yo te lo habría dado de buen grado; pero ahora tendrás que ir a mil leguas de aquí y traerme el Caballo de las Crines de Oro, que pertenece al zar Afrón. Si consigues esto, te entregaré el Pájaro de Fuego, y si no, no te lo daré.
Volvió Iván Zarevich junto al Lobo Gris que, al verle, le dijo:
-¡Ay, Iván! ¿Por qué no hiciste caso de lo que te dije? ¿Qué haremos ahora?
-He prometido al zar Dolmat que le traeré el Caballo de las Crines de Oro -le contestó Iván-, y tengo que cumplirlo, porque si no, no me dará el Pájaro de Fuego.
-Bien; pues móntate otra vez sobre mí y vamos allá.
Y más rápido que el viento se lanzó el Lobo Gris, llevando sobre sus lomos a Iván. Por la noche se hallaba ante la caballeriza del zar Afrón y otra vez habló el Lobo a nuestro héroe en esta forma:
-Entra en esta cuadra; los mozos duermen profundamente; saca de ella al Caballo de las Crines de Oro; pero no vayas a coger la rienda, que también es de oro, porque si lo haces tendrás un gran disgusto.
Iván Zarevich entró con gran sigilo, desató el caballo y miró la rienda, que era tan preciosa y le gustó tanto, que, sin poderse contener, alargó un poco la mano con intención tan sólo de tocarla. No bien la hubo tocado cuando empezaron a sonar todos los cascabeles y campanillas que estaban atados a las cuerdas tendidas sobre ella. Los mozos guardianes se despertaron, cogieron a Iván y lo llevaron ante el zar Afrón, que al verlo gritó:
-¡Dime de qué país vienes y cuál es tu origen!
Iván Zarevich contó de nuevo su historia, a la que el zar hubo de replicar:
-¿Y te parece bien robar caballos siendo hijo de un zar? Si te hubieses presentado a mí, te habría regalado el Caballo de las Crines de Oro; pero ahora tendrás que ir lejos, muy lejos, a mil leguas de aquí, a buscar a la infanta Elena la Bella. Si consigues traérmela, te daré el caballo y también la rienda, y si no, no te lo daré.
Prometió poner en práctica la voluntad del zar y salió. Al verlo el Lobo Gris le dijo:
-¡Ay, Iván Zarevich! ¿Por qué me has desobedecido?
-He prometido al zar Afrón -contestó Iván- que le traeré a Elena la Bella. Es preciso que cumpla mi promesa, porque si no, no conseguiré tener el caballo.
-Bien; no te desanimes, que también te ayudaré en esta nueva empresa. Móntate otra vez sobre mí y te llevaré allá.
Se montó de nuevo Iván sobre el Lobo, que salió disparado como una flecha. No sabemos lo que duraría este viaje, pero sí que al fin se paró el Lobo ante una verja dorada que cercaba al jardín de Elena la Bella. Al detenerse habló de este modo a Iván:
-Esta vez voy a ser yo quien haga todo. Espéranos a la infanta y a mí en el prado al pie del roble verde.
Iván lo obedeció y el Lobo saltó por encima de la verja, escondiéndose entre unos zarzales.
Al atardecer salió Elena la Bella al jardín para dar un paseo acompañada de sus damas y doncellas, y cuando llegaron junto a los zarzales donde estaba escondido el Lobo Gris, éste les salió al encuentro, cogió a la infanta, saltó la verja y desapareció. Las damas y las doncellas pidieron socorro y mandaron a los guardianes que persiguieran al Lobo Gris. Éste llevó a la infanta junto a Iván Zarevich y le dijo:
-Móntate, Iván; coge en brazos a Elena la Bella y vámonos en busca del zar Afrón.
Iván, al ver a Elena, se prendó de tal modo de sus encantos que se le desgarraba el corazón al pensar que tenía que dejársela al zar Afrón, y sin poderse contener rompió en amargo llanto.
-¿Por qué lloras? -le preguntó entonces el Lobo Gris.
-¿Cómo no he de llorar si me he enamorado con toda mi alma de Elena y ahora es preciso que se la entregue al zar Afrón?
-Pues escúchame -contestole el Lobo-. Yo me transformaré en infanta y tú me llevarás ante el zar. Cuando recibas el Caballo de las Crines de Oro, márchate inmediatamente con ella, y cuando pienses en mí, volveré a reunirme contigo.
Cuando llegaron al reino del zar Afrón, el Lobo se revolcó en el suelo y quedó transformado en la infanta Elena la Bella; y mientras que el zarevich Iván se presentaba ante el zar con la fingida infanta, la verdadera se quedó en el bosque esperándolo.
Se alegró grandemente el zar Afrón al verlos llegar, e inmediatamente le dio el caballo prometido, despidiéndolo con mucha cortesía.
Iván Zarevich montó sobre el caballo, llevando consigo a la infanta, y se dirigió hacia el reino del zar Dolmat para que le entregase el Pájaro de Fuego.
Mientras tanto el Lobo Gris seguía viviendo en el palacio del zar Afrón. Pasó un día y luego otro y un tercero, hasta que al cuarto le pidió al zar permiso para dar un paseo por el campo. Consintió el zar y salió la supuesta Elena acompañada de damas y doncellas; pero de pronto desapareció sin que las que la acompañaban pudieran decir al zar otra cosa sino que se había transformado en un lobo gris.
Iván Zarevich seguía su camino con su amada, cuando sintió como una punzada en el corazón, y al mismo tiempo se dijo:
-¿Dónde estará ahora mi amigo el Lobo Gris?
Y en el mismo instante se le presentó éste delante diciendo:
-Aquí me tienes. Siéntate, Iván, si quieres, en mi lomo.
Pusiéronse los tres en marcha y, por fin, llegaron al reino de Dolmat; cerca ya del palacio, el zarevich dijo al Lobo:
-Amigo mío, óyeme y hazme, si puedes, el último favor; yo quisiera que el zar Dolmat me entregase el Pájaro de Fuego sin tener necesidad de desprenderme del Caballo de las Crines de Oro, pues me gustaría mucho poderlo conservar a mi lado.
Se transformó el Lobo en caballo y dijo al zarevich:
-Llévame ante el zar Dolmat y recibirás el Pájaro de Fuego.
Mucho se alegró el zar al ver a Iván, a quien dispensó una gran acogida, saliendo a recibirlo al gran patio de su palacio. Le dio las gracias por haberle traído el Caballo de las Crines de Oro, lo obsequió con un gran banquete que duró todo el día, y sólo cuando empezaba a anochecer lo dejó marchar, entregándole el pájaro con jaula y todo.
Acababa de salir el sol cuando Dolmat, que estaba impaciente por estrenar su caballo nuevo, mandó que lo ensillaran, y montándose en él salió a dar un paseo; pero en cuanto estuvieron en pleno campo empezó el caballo a dar coces y a encabritarse hasta que lo tiró al suelo. Entonces el zar vio, con gran asombro, cómo el Caballo de las Crines de Oro se transformaba en un lobo gris que desaparecía con la rapidez de una flecha.
Llegó el Lobo hasta donde estaba el zarevich y le dijo:
-Móntate sobre mí mientras que la hermosa Elena se sirve del Caballo de las Crines de Oro.
Entonces lo llevó hasta donde al principio del viaje le había matado el caballo, y le habló de este modo:
-Ahora, adiós, Iván Zarevich; te serví fielmente, pero ya debo dejarte.
Y diciendo esto desapareció.
Iván Zarevich y Elena la Bella se dirigieron al reino de su padre; pero cuando estaban cerca de él quisieron descansar al pie de un árbol. Ató Iván el caballo, puso junto a sí la jaula con el Pájaro de Fuego, se tumbó en el musgo y se durmió; Elena la Bella se durmió también a su lado.
En tanto, los hermanos de Iván volvían a su casa con las manos vacías. Habían escogido en la encrucijada el camino que se veía enfrente; bebieron, se divirtieron grandemente y ni siquiera habían oído hablar del Pájaro de Fuego. Una vez que hubieron malgastado todo el dinero, decidieron volver al reino de su padre, y cuando regresaban vieron al pie de un árbol a su hermano Iván que dormía junto a una joven de belleza indescriptible. A su lado estaba atado el Caballo de las Crines de Oro, y también descubrieron al Pájaro de Fuego encerrado en su jaula.
Los zareviches desenvainaron sus espadas, mataron a su hermano e hicieron pedazos su cuerpo.
Se despertó Elena, y al ver muerto y destrozado a Iván rompió en amargo llanto.
-¿Quién eres, hermosa joven? -preguntó el zarevich Demetrio.
Y ella le contestó:
-Soy la infanta Elena la Bella; a mi reino fue a buscarme el zarevich Iván, a quien acaban de matar.
-Escucha, Elena -le dijeron los zareviches-: haremos contigo lo mismo que con Iván si te niegas a decir que fuimos nosotros los que te sacamos de tu reino, lo mismo que al caballo y al pájaro.
Temió Elena la muerte y prometió decir todo lo que le ordenasen. Entonces los zareviches Demetrio y Basilio la llevaron, junto con el caballo y el pájaro, a casa de su padre y se alabaron ante éste de su arrojo y valentía. Los zareviches estaban satisfechísimos, pero la hermosa Elena lloraba incesantemente, el Caballo de las Crines de Oro caminaba con la cabeza tan baja que casi tocaba al suelo con ella, y el Pájaro de Fuego estaba triste y deslucido; tanto, que el resplandor que despedía su plumaje era muy débil.
El cuerpo destrozado de Iván quedó por algún tiempo al pie del árbol, y ya empezaban a acercarse las fieras y las aves de rapiña para devorarlo, cuando acertó a pasar por allí el Lobo Gris, que se estremeció mucho al reconocer el cuerpo de su amigo.
-¡Pobre Iván Zarevich! ¡Apenas te dejé, te sobrevino una desgracia! Es menester que te auxilie una vez más.
Ahuyentó a los pájaros y fieras que rodeaban ya el cuerpo de su amigo y se escondió detrás de un zarzal. A poco vio venir volando a un cuervo que, acompañado de sus pequeñuelos, venía a picotear en el cadáver; cuando pasaron delante de él, saltó desde el zarzal y se abalanzó sobre los pequeños; pero el Cuervo padre le gritó:
-¡Oh, Lobo Gris! ¡No te comas a mis hijos!
-Los despedazaré si no me traes en seguida el agua de la muerte y el agua de la vida.
Elevó el vuelo el cuervo padre y se perdió de vista. Al tercer día volvió trayendo dos frascos; entonces el Lobo Gris hizo pedazos a uno de los cuervecitos y lo roció con el agua de la muerte, y al momento los pedacitos volvieron a unirse; cogió el frasco del agua de la vida, lo roció igualmente con ella y el cuervecito sacudió sus plumas y echó a volar. Entonces el Lobo Gris repitió con el zarevich la misma operación de rociarlo con las dos aguas, que lo hicieron resucitar y levantarse, diciendo:
-¿Cuánto tiempo he dormido?
El Lobo Gris le contestó:
-Habrías dormido eternamente si yo no te hubiese resucitado, porque tus hermanos, después de matarte, hicieron pedazos tu cuerpo. Hoy tu hermano Demetrio debe casarse con Elena la Bella y el zar cede todo su reino a tu hermano Basilio a cambio del Caballo de las Crines de Oro y del Pájaro de Fuego; pero móntate sobre tu Lobo Gris, que en un abrir y cerrar de ojos te llevará a presencia de tu padre.
Cuando el Lobo apareció con el zarevich en el vasto patio del palacio todo pareció tomar más vida: Elena la Bella sonrió, secando sus lágrimas; se oyó relinchar en la cuadra al Caballo de las Crines de Oro, y el Pájaro de Fuego esparció tal resplandor, que llenó de luz todo el palacio.
Al entrar Iván en éste vio todos los preparativos para el banquete de boda y que estaban ya reunidos los invitados a la ceremonia para acompañar a los novios Demetrio y Elena. Ésta, al ver a su antiguo prometido, se le echó al cuello abrazándolo estrechamente; pasado este primer ímpetu de alegría, contó al zar cómo fue Iván quien la sacó de su reino, así como quien consiguió traer al Caballo de las Crines de Oro y al Pájaro de Fuego; que después, mientras Iván dormía, sus hermanos lo habían matado y que a ella la habían hecho callar con amenazas. El zar Vislav, lleno de cólera, ordenó que expulsasen de su reino a sus dos hijos mayores.
El zarevich Iván se casó con Elena la Bella y vivieron una vida de paz y amor.
¡Al Lobo Gris no se le volvió a ver más, ni nadie se acordó de él nunca!