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domingo, 29 de julio de 2018

Un voto - Leopoldo (Clarín) Alas

El drama se hundía. Ya era indudable. Los amigos que rodeaban a Pablo Leal, el autor, entre bastidores, ya no trataban de animarle, de hacerle tomar los ruidos que venían de la sala por lo que no eran. Ya no se le decía: «Es que algunos quieren aplaudir, y otros imponen silencio». El engaño era inútil. Callaban los fieles compañeros que le estaban ayudando a subir aquel que a ellos les parecía calvario. El noble Suárez, el ilustre poeta, vencedor en cien lides de aquel género… y derrotado en otras ciento, estaba pálido, tembloroso. Quería a Leal de todo corazón; era su protector en las tablas; él le había aconsejado llevar a la escena uno de aquellos cuadros históricos que Pablo escribía con pluma de maestro, de artista, y con sólida erudición. Creía, por ceguera del cariño, en el talento universal de su amigo, de su Benjamín, como él le llamaba, porque veía en Pablo un hermano menor.
«¡Cuánto padecerá! -pensaba Suárez-. Es más nervioso que yo, mucho más; es primerizo, y ¡yo, que ya estoy hecho a las armas padezco tanto cada vez que pierdo una de estas batallas!». Era verdad que él padecía mucho. Conocía al público mejor que nadie; sabía que era un ídolo de barrio… y le temía con un fetichismo artístico inexplicable. No era Suárez de los que creen que cuarenta o cuatro mil necios sumados pueden dar de sí una suma de buen criterio; despreciaba en sus adentros, como nadie, la opinión vulgar; pero creía que al teatro se va a gustar al público, sea como sea. Y transigía con él, y procuraba engañarle con oropel que añadía al oro fino de su ingenio; y como unas veces le aplaudían el oro y le silbaban el oropel, y otras veces al revés, y otras se lo silbaban todo por igual, o todo se lo aplaudían, insistía, desorientado, en su afán de vencer; pero daba mil tropiezos en aquella guerra indigna de su mérito, y a los estrenos iba a ciegas siempre, esperando el tallo como si fuese la bola de una ruleta que no se sabe dónde va a parar.
Y padecía infinito las noches de estreno. No comió aquel día; se le iba el santo al cielo; sentía náuseas, inquietud de calentura, y deseaba con ardor, aun más que el triunfo, que volara el tiempo, que pasara la crisis.
«¡Cuánto padecería aquel pobre Leal, que, más pensador que literato, sincero, artista de austera religiosidad estética, ignoraba las miserias y pequeñeces de los escenarios, las luchas de empresa, las cábalas de camarillas y cenáculos!».
Suárez miraba a su amigo con disimulo, y le veía sonreír, mientras se paseaba, entre aquellos lienzos arrumbados, en corto espacio, como en una jaula.
«Es claro que disimula, pensaba Suárez; pero lo hace muy bien. Si yo no supiera que es imposible no padecer en este trance, creería que él estaba muy tranquilo. En sus ojos yo no veo inquietud, amargura; no hay ningún esfuerzo en ese gesto plácido. Lo que es excitado, no lo está».
Y luego preguntó a su amigo:
-¿No sientes nada… aquí, por encima del estómago?
Leal se rió y dijo:
-No; no siento nada. ¿Es eso lo que se siente?
-Yo sí; eso. Toda la noche.
-Pues yo sólo siento… que esto se lo lleva la trampa. ¿No oyen ustedes? La dama grita, pero más gritan fuera…
En efecto, crecía el tumulto. Los amigos de Leal, los leales, los que le rodeaban, protestaban entre bastidores; contestaban, sin que desde fuera los oyesen, es claro, a los gritos del público.
-Conozco esa voz: es la de López, a quien Leal no votó en la Academia de la Historia.
-Y ese otro que dice que bajen el telón es Minuta, el director de El Gubernamental, el imitador de Campoamor…
Suárez callaba y observaba a Pablo, que volvía a pasear, al parecer tranquilo.
En fin, se hundió el drama. Cayó el telón entre murmullos. La dama, que se había destrozado la garganta, corrió a abrazar a Pablo, llorosa, gritando:
-¡Imbéciles! ¡No han querido oír! ¡No han querido enterarse!
Hubo que subir al saloncillo.
Ecce homo.
Allí había de todo. Amigos verdaderos, indignados de verdad; amigos falsos, más indignados al parecer. Pero a estos Pablo les leía en los ojos el placer inmenso que sentían.
Se discutió el drama, la competencia del público, hasta las condiciones acústicas del teatro. El talento del autor nadie lo ponía en tela de juicio. ¡Estaba él allí! Algunos, haciendo alarde de franqueza y mirando con delicia el efecto de sus palabras, decían que la cosa era una joya literaria pero acaso no era teatral. Otros gritaban: «Es teatral y es muy humana… y muy nueva… ¡El público es un imbécil!».
-Eso no -decía un autor que ni en ausencia se atrevía a ser irreverente con el público.
Un crítico, gran catador de salsas dramáticas y filarmónicas, crítico del Real, vamos, de óperas, y constante lector de Shakespeare, hizo la anatomía del drama y del estreno. El drama era demasiado científico y pecaba de idealista. Suárez reparó que Leal, que todo lo había oído sin dejar el gesto de placidez, miró un momento con ira al químico que quería pincharle con disparates romos. El químico aborrecía a Leal, que le había tenido que dar varias lecciones en las disputas de café.
La sesión del saloncillo venía a ser una capilla… a posteriori, después del suplicio.
Pero pasó también. Pasó todo. Leal, Suárez y los demás íntimos salieron del teatro ya muy tarde; y como hacía buena noche de luna, de templado ambiente, recorrieron calles y calles sin acordarse de que había camas en el mundo. Suárez era quien más hacía por mantener la conversación; quería retrasar todo lo posible el momento de dejar a Leal a solas con sus impresiones. Ya cerca del amanecer entraron en un café y cada cual tomó lo que quiso. Leal prefirió una copa de Jerez. ¡Cosa más rara! El vinillo le puso alegre, pero de veras; era imposible que se pudiera fingir aquel contento. Suárez acabó por sentir más curiosidad que lástima. ¿Por qué demonio, siendo tan nervioso su amigo, y no siendo un santo, no padecía más con la derrota de aquella noche y con los alfilerazos del saloncillo? Lo que hacía Leal era procurar que no se hablase de su drama, ni del público, ni de la crítica. Con mucha naturalidad llevó la conversación a cosas más elevadas; se habló de la psicología de las multitudes, del altruismo, de la vida de familia, y de si era compatible con las grandes empresas de abnegación, de reforma social. Pablo opinaba que sí; que por el amor del hogar debían irse organizando todos los amores superiores, para ser efectivos, para perder el carácter de abstracción que generalmente revisten y les quita fuerza… Leal se exaltaba hablando de aquello; de la necesidad de fundarlo todo en el cariño real de la familia… Mucho hablaron, mucho. Pero al fin vino el sueño, y Suárez se despidió del autor derrotado, seguro de que lo primero que haría Pablo al verse en la cama… sería dormirse.
* * *
Pasó mucho tiempo, y Suárez no se atrevía a preguntar a Leal de dónde había sacado fuerzas para pasar con tal serenidad por las amarguras de aquella terrible noche.
Pero un día, hablando de teología y de religión, Pablo se lo explicó todo espontáneamente, dándole la clave del misterio, por vía de ejemplo de ciertas demostraciones.
Se trataba de varios artículos recientes de filósofos extranjeros, -acerca de legitimidad racional de la plegaria. Salieron a relucir las novísimas teorías referentes a la creencia; se comentó la filosofía de Renouvier; se habló de otros defensores de la tesis de la contingencia, del autor de Las tres dialécticas, Gourd; y llegando Leal a decir algo suyo, de experiencia personal, se explicó de esta manera:
-Yo perdono a los espíritus geométricos su intransigencia esquinada, su inflexibilidad, su cristalización fatal, congénita, y no me irrito cuando me dicen que me contradigo, y me llaman místico, soñador,dilettante, etc., etc. No pueden ellos comprender esta plasticidad del misterio; la seguridad con que se apoya, si no los pies, las alas del espíritu, en la bruma de lo presentido, de la intuición inspirada. No comprenderán, imposible, por ejemplo, a Carlyle cuando nos habla de la adoración legítima del mito mientras es sincera; no comprenderán, imposible, a Marillior cuando distingue el mito racional de la última razón metafísica de la religión. Y, sin embargo, es una pretensión ridícula querer elevarnos por encima de los límites de nuestra pobre individualidad, y hacernos superiores a las influencias de raza, clima, civilización, nacionalidad, tiempo, etc., etc., sin más fundamento que la idea de que el conocimiento realmente científico necesita, para ser, prescindir de todas las influencias históricas. ¿Quién se atreve a personificar en sí el sujeto puro de la ciencia pura? Pero otra cosa es la legitimidad de la creencia racional, no incompatible con lo que la conciencia nos da como lo más conforme a verdad, según el adelanto especulativo que alcanzamos. Así como en derecho positivo nadie tiene por absurdas las formas residuales del primitivo o antiquísimo derecho simbólico, así estos nobles residuos, racionales, de creencias antiguas pueden entrar en nuestra vida moral, no en calidad de ciencia, pero sí de creencia y culto y devoción personal, que nadie ha de imponer a nadie. Yo, v. gr., soy de los que rezan, de los que adoran; y no por seguir al pie de la letra la teología ortodoxa, ni por inclinarme a las teorías de que hablábamos, relativas a la contingencia, a las voliciones divinas nuevas, al indeterminismo primordial. Yo no pido a Dios que por mí cambie el orden del mundo; rezo deseando que haya armonía entre mi bien, el que persigo, y ese orden divino; rezo, en fin, deseando que mi bien sea positivo, real, no una apariencia, un engaño de mi corazón. Y con tal sentido, me animo a mejorar moralmente, a hacerme menos malo, no sólo por la absoluta ley del deber, sino pensando en la flaqueza de mi interesada pequeñez de alma; también por esa especie de pacto místico, inofensivo por lo menos, en que ofrecemos a Dios el sacrificio de una pasión, de un falso bien mundano, a cambio de que exista esa anhelada armonía entre el orden divino de las cosas y un deseo nuestro que tenemos por lícito. Cualquier jurista podrá ver que no es esto imponer una condición para el sacrificio, pues en buen derecho, la condición es acontecimiento futuro e incierto, que puede ser o no ser… y esta armonía que deseo entre mi anhelo y el orden de las cosas no es contingente.
-Vamos -dijo Suárez-, eso es la filosofía, más o menos ecléctica, del voto.
-Sí; yo hago votos. Y no me avergüenzo. Algunas veces me han servido para salir menos mal de situaciones difíciles. Oye un ejemplo… del que no he hablado nunca a nadie… ¿Te acuerdas del naufragio de aquel drama histórico mío, que tú me hiciste llevar al teatro?
-¡Pues no he de acordarme!…
-¿Y no te acuerdas de que yo estuve aquella noche bastante sereno, con gran asombro tuyo?
-Sí, hombre; y por cierto que no pude explicarme nunca…
-Pues vas a explicártelo ahora. Por aquellos días, yo tenía a mi único hijo, de seis años, enfermo de algún cuidado, fuera de Madrid, en una aldea del Norte, adonde le había llevado su madre por consejo del médico. Yo me fui con ellos. Mi drama se ensayó, como recordarás, durante mi ausencia. Me llamaban desde Madrid, pero yo no quería separarme de mi hijo. El médico del pueblo, hombre discretísimo, me aseguró que la enfermedad de mi hijo no ofrecía peligro, y que de fijo sería larga; que en aquellos ocho días que yo necesitaba para ir y volver, nada de particular podría pasar. Mi mujer apoyaba al médico; lo mismo los demás parientes y los amigos; vosotros desde Madrid me apurabais encareciendo la necesidad de mi presencia… Dejé a mi hijo; pero es claro que de él tenía noticia telegráfica dos veces al día. En cuanto estuve lejos de los míos, el dolor de la ausencia fue mi principal sentimiento; lo del drama quedaba relegado a segundo término… Hasta me remordía la conciencia, a ratos. Mil veces estuve tentado de volver al lado del enfermo, echando a rodar todas las vanidades de artista… Las noticias del pueblo eran satisfactorias, el niño mejoraba.. Pero el telegrama que recibí la noche anterior a la del estreno me alarmó; la madre, veladamente, me indicaba un retroceso, el ansia de que yo volviera pronto. Todos los que leían el telegrama me aseguraban que no había en él motivo para tristes presentimientos… Pero yo los tenía tales, que eran una angustia indecible. Mientras vosotros, en casa, en el teatro, me hablabais, entre bromas cariñosas, de las emociones del autor, de la capilla… yo pensaba en lo otro, en la otra crisis; y cuando no me veía nadie apoyaba la cabeza en una pared para descansar; porque me abrumaba el peso de mi agonía, el plomo de tantas ideas siniestras que me llenaban el cerebro… Dolor y remordimiento… ¿Por qué no huí? ¿Por qué no os dejé con vuestro estreno dichoso y no eché a correr al lado de los míos…? No lo sé. Porque me daba vergüenza; por falta de fuerzas para toda resolución; porque, en buena lógica, yo también juzgaba irracionales mis temores… Acaso, y esto aún me avergüenza, porque, sin darme yo cuenta de ello, me retenía la vanidad del autor, aquella miseria… Lo que hice para calmar mis remordimientos, por acto también de amor puro a mi hijo, y, valga la verdad, con fe y esperanza realmente religiosas, fue ofrecer a Dios un voto, un voto en el sentido que te he explicado antes. «Señor, venía a ser mi pensamiento, yo ofrezco en cambio de un telegrama que me anuncie una gran mejoría de mi hijo enfermo, de una noticia que me quite esta horrible incertidumbre, este tormento de presentir vagamente una desgracia superior a mi resistencia, yo ofrezco los viles despojos de un naufragio de mi pobre vanidad; juro con todas las veras de mi alma, que a cambio de la salud de mi hijo, deseo vivamente la derrota de mi amor propio, la muerte de este otro hijo del ingenio, hijo metafórico, que no tiene mi sangre, que no es alma de mi alma. Muera el drama… y que baje por lo menos a 37 y unas décimas la temperatura de mi Enriquín… Que Dios quiera que esto deba ser así, que esté en el orden que sea… y prometo recibir la silba con toda la serenidad que pueda, pensando en cosas más altas, de piedad, de caridad, de filosofía…».
“A las ocho y cuarto de la noche terrible… recibí un telegrama en que se me daba la enhorabuena en nombre del médico, porque el niño experimentaba una mejoría que tenía trazas de ser definitiva, anuncio de franca y pronta curación… Mi alegría fue inmensa; mi enternecimiento inefable; mi fe, de granito. Noté que a los demás el telegrama les hacía poco efecto, porque no habían creído en el peligro… y porque no eran los demás padres de Enriquín. En aquel éxtasis de reposo moral, de emoción religiosa, me cogió como un torbellino la realidad brutal del estreno… No sé cómo llegué al teatro; me vi rodeado de gente… La dama me preguntó si estaba bien caracterizado el personaje con aquella ropa, aquellas arrugas… ¡qué sé yo! Aquel infierno de las vanidades me arrancó por algunos momentos el recuerdo de mi felicidad, de la gran noticia que me habían mandado desde mi hogar querido… No volví a pensar en la dicha de tener a mi hijo fuera de cuidado… hasta que me dieron el primer susto las señales de desagrado que empezaron a venir de la sala, que yo no veía… Yo no esperaba un descalabro; esperaba un buen éxito; sobre todo creía en mi drama. Llegaba, por lo visto, el momento de cumplir el voto; había que alegrarse, desear la derrota… Era el precio de la salud de mi hijo. Saqué fuerzas de flaqueza…, elevé cuanto pude el corazón y las ideas…, y aunque tropezando y cayendo en el camino de aquel Calvario… de menor cuantía, al fin creo que conseguí no hacerme indigno del premio de mi promesa. Si no con perfección, al cabo cumplí mi voto.
“Te aseguro, mi querido poeta, que representándome las sonrisas de mi hijo redivivo; la dicha que me aguardaba en sus primeras caricias; la felicidad de llorar de placer juntos y de dar gracias a Dios la madre, el padre y el hijo…; las injurias de aquella noche horrible no me llegaban a lo más hondo de las entrañas… No era yo del todo el que recibía aquellos agravios. Yo, más que el autor de mi pobre drama, era el padre de mi pobre hijo. Este no podían matármelo los morenos. Dios quería librarlo de las garras de la fiebre; un enemigo mucho más serio que el público de los lunes clásicos.
FIN

sábado, 28 de julio de 2018

El gigante Verlioka - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

En tiempos remotos vivía en una cabaña un anciano con su mujer y sus dos nietas huérfanas. Eran tan preciosas y dóciles que sus abuelos estaban constantemente alabándolas.

Un día el anciano sembró en su huerto guisantes. Los guisantes crecieron y se cubrieron de flores; el anciano contemplaba su huerto con gran satisfacción, pensando para sus adentros:

«Durante todo el invierno próximo podré comer pasteles con guisantes.»

Pero, para desgracia del anciano, los gorriones invadieron el huerto y empezaron a picotear los guisantes. Viendo en peligro su cosecha, mandó a su nieta menor que espantase los gorriones, y ésta, provista de una rama seca, se sentó en el huerto al lado de los guisantes y empezó a amenazar a los pájaros malhechores, gritándoles:

-¡Fuera, fuera, gorriones! ¡No se coman los guisantes de mi abuelito!

De pronto se oyó un espantoso ruido por el lado del bosque y apareció el gigante Verlioka. Era de un aspecto terrible: tenía un solo ojo, la nariz como un garfio, la barba como un haz de paja, el bigote de una vara de largo y la cabeza cubierta con púas de puerco espín; andaba apoyándose en un enorme cayado y sonreía con una sonrisa espantosa.

Cuando se encontraba con algún ser humano lo estrechaba entre sus robustos brazos hasta que le hacía crujir los huesos y lo mataba. No tenía piedad ni de viejos ni de jóvenes, y lo mismo acometía a los cobardes que a los valientes. Apenas Verlioka divisó a la nieta del anciano, la mató con su cayado.

El abuelo esperó un rato a la niña. Al ver que no volvía envió a su nieta mayor a buscarla, pero Verlioka la mató también.

El anciano, cansado de esperarlas, perdió la paciencia y dijo a su mujer:

-¿Por qué tardan tanto en volver las niñas? Se habrán entretenido charlando con los mozos; mientras tanto los gorriones devorarán mis guisantes. Ve y llámalas a casa.

La anciana bajó de su lecho, sobre la estufa, cogió un bastón, salió al patio y se encaminó al huerto, donde se encontró a sus nietas sin vida; al percibir a Verlioka comprendió que aquella desgracia era obra del gigante. Llena de dolor y de ira, se abalanzó a él y se agarró a sus barbas, con lo que Verlioka la mató con mucha más facilidad.

En tanto, el anciano, lleno de impaciencia, se levantó de la mesa, rezó sus oraciones y se fue despacito al huerto para ver lo que les había sucedido a su mujer y a sus nietas. Una vez allí vio a sus queridas niñas tendidas en el suelo como si durmiesen tranquilamente; pero una de ellas tenía toda la frente ensangrentada y en el cuello de la otra se veía la señal de cinco dedos; en cuanto a la anciana, estaba tan destrozada que era imposible reconocerla.

El desgraciado viejo lloró con desconsuelo, gimiendo y lamentándose durante un largo rato; pero poco a poco se tranquilizó, volvió a su cabaña, cogió un cayado de hierro y, lleno de ira y de ideas de venganza, se dirigió en busca de Verlioka para matarlo.

Después de andar bastante tiempo llegó a un estanque donde estaba nadando una Oca sin cola, la cual al ver al anciano empezó a gritarle:

-¡Así! ¡Así! Estaba segura de que vendrías; por eso te esperaba. ¿Cómo te va, abuelo?

-Buenos días, Oca. ¿Por qué me esperabas?

-Porque sabía que no perdonarías ni aun al mismo Verlioka la muerte de tu mujer y de tus nietas.

-¿Y tú conoces a ese monstruo?

-¡Ya lo creo! ¿Cómo no he de conocerle? Me acuerdo muy bien del día en que se puso a pegar en este mismo sitio a un desgraciado. Yo entonces tenía la costumbre de decir ¡ay!, ¡ay!, y mientras Verlioka se divertía en la orilla, yo le gritaba sentada en el agua: «¡Ay!, ¡ay!» Entonces él, después de matar a aquel pobre hombre, corrió a mí, gritándome: «¡Yo te enseñaré a defender a los demás!» Y me cogió por la cola. Pero yo nunca he sido cobarde y, haciendo un esfuerzo, me escapé, dejando mi cola entre sus manos espantosas. Claro está que la cola no es una cosa imprescindible; pero, de todos modos, siento haberla perdido y nunca se lo perdonaré a Verlioka. Desde entonces no soy tan tonta, y ya no grito «¡Ay!, ¡ay!», sino que siempre apruebo: «¡Así!, ¡así!, ¡así!»; de lo que resulta que vivo más tranquila y la gente me respeta más. Todos dicen: «Esta Oca no tendrá cola, pero es muy lista.»

-Está bien -dijo el anciano-; entonces, ¿podrás enseñarme dónde vive Verlioka?

-¡Así! ¡Así! -contestó la Oca, saliendo del agua. Balanceándose sobre sus torpes patas se encaminó por la orilla, delante del anciano.

Así anduvieron hasta que se encontraron en el camino una Cuerdecita, que les dijo:

-Buenos días, abuelito.

-Buenos días, Cuerdecita.

-¿Cómo estás? ¿Adónde vas?

-Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, quien ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Tan hermosas y buenas como eran!

-Conocía a tus nietas y a tu mujer y quiero ayudarte. ¡Llévame contigo!

El anciano pensó: «¡Quién sabe! Quizá me sirva para atar a Verlioka.» Y contestó:

-Pues bien, ven con nosotros si conoces el camino.

La Cuerdecita se arrastró tras ellos como si fuese una culebra. Anduvieron los tres un buen rato y vieron un Pisón tendido en la carretera, el cual les dijo:

-Buenos días, abuelito.

-Buenos días, Pisón.

-¿Cómo estás? ¿Adónde vas?

-Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, que ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Si supieses qué hermosas y buenas eran!

-Llévame contigo y te ayudaré.

-Bueno, anda si conoces el camino -le dijo el anciano, pensando: «Realmente, el Pisón podrá ayudarnos mucho.»

El Pisón se levantó, se apoyó con el asa en el suelo y se puso a caminar a saltos. Así anduvieron hasta que encontraron una Bellota, que les dijo:

-Buenos días, abuelito.

-Buenos días, Bellota.

-¿Adónde vas?

-Voy a matar a Verlioka; no sé si lo conocerás.

-Ya lo creo que lo conozco. Es necesario castigarlo; llévame contigo y te ayudaré.

-Pero tú, ¿de qué me vas a servir?

-No me desprecies, abuelito. Acuérdate del proverbio que dice: No escupas en el pozo, porque tendrás que beber su agua.

El anciano pensó: «No hay inconveniente en que venga con nosotros; cuanta más gente haya, mejor será.»

Y luego, en alta voz, dijo:

-Vente detrás.

Pero la Bellota se puso a saltar delante de todos.

Al fin llegaron a un espeso bosque y vieron una cabaña en cuyo interior no había nadie. La lumbre del horno estaba apagada y sobre el hogar había un puchero lleno de gachas de mijo.

La Bellota se metió de un salto en el puchero, la Cuerdecita se tendió en el umbral de la puerta, el Pisón se subió encima de ésta, la Oca se sentó detrás de la estufa y el anciano se escondió en un rincón al lado de la puerta.

Pronto llegó Verlioka, echó un haz de leña al suelo y se puso a encender la lumbre del horno. Entonces la Bellota, desde dentro del puchero, empezó a cantar:

-¡Pi, pi, pi, han venido a matar a Verlioka!

-¡Calla, papilla de mijo, o te echaré en el cubo! -exclamó Verlioka.

Pero la Bellota no lo obedeció y siguió cantando su canción. Verlioka se enfadó, cogió el puchero y de un golpe vertió las gachas en el cubo. Al choque, la Bellota saltó y fue a dar en el único ojo de Verlioka, dejándolo ciego. El gigante quiso escapar y echó a correr; pero apenas llegó al umbral, la Cuerdecita se le enredó a los pies y lo tiró al suelo.

El Pisón saltó de la puerta, y el anciano se precipitó sobre Verlioka desde el rincón donde estaba escondido y ambos se pusieron a pegarle. Mientras tanto, la Oca, sentada detrás de la estufa, aprobaba diciendo: «¡Así!, ¡así!, ¡así!»

Esta vez no le sirvió a Verlioka su fuerza, pues el anciano, con la ayuda de sus buenos amigos, logró matarlo y librar a la gente de un monstruo espantoso.


FIN

viernes, 27 de julio de 2018

Tirso de Molina - Leopoldo (Clarín) Alas

El siglo tan desmedrado,
¿Para qué nos resucita?
¿Momias no tiene infinitas?
¿Qué harán las nuestras en él?
-QUEVEDO (Álbum, al conde de San Luis.)

Nevaba sobre las blancas, heladas cumbres. Nieve en la nieve, silencio en el silencio. Moría el sol invisible, como padre que muere ausente. La belleza, el consuelo de aquellas soledades de los vericuetos pirenaicos, se desvanecía, y quedaba el horror sublime de la noche sin luz, callada, yerta, terrible imitación de la nada primitiva.
En la ceniza de los espesos nubarrones que se agrupaban en rededor de los picachos, cual si fueran a buscar nido, albergue, se hizo de repente más densa la sombra; y si ojos de ser racional hubieran asistido a la tristeza de aquel fin de crepúsculo en lo alto del puerto, hubieran vislumbrado en la cerrazón formas humanas, que parcelan caprichos de la niebla al desgarrarse en las aristas de las peñas, recortadas algunas como alas de murciélago, como el ferreruelo negro de Mefistófeles.
En vez de ir deformándose, desvaneciéndose aquellos contornos de figura humana, se fueron condensando, haciendo reales por el dibujo; y si primero parecían prerrafaélicos, llegaron a ser después dignos de Velásquez. Cuando la obscuridad, que aumentaba como ávida fermentación, volvió a borrar las líneas, ya fue inútil para el misterio, porque la realidad se impuso con una voz, vencedora de las tinieblas: misión eterna del Verbo.
-Hemos caído de pie, pero no con fortuna. Creo que hemos equivocado el planeta. Esto no es la Tierra.
-Yo os demostraré, Quevedo, con Aristóteles en la mano, que en la Tierra, y en tierra de España estamos.
-¿Ahí tenéis al Peripato y no lo decíais? Y en la mano; dádmelo a mí para calentarme los pies metiéndolos en su cabeza, olla de silogismos.
-No os burléis del filósofo maestro de maestros.
-¡Ah, señor Cano, como estos vericuetos; ah, señor Nieves, y qué atrasadilla me parece su teología, ahora que he viajado tanto por otros mundos altos!
-No habléis de eso, y, busquemos donde cenar.
-¡Ah, Tirso; ah, fraile! Como vuestro clerigón, ¿no llamaréis a Dios bueno hasta que cenéis? Cenad ex nihilo, porque otra cosa no hay por aquí, a lo que no veo.
-Señores, sin ser yo tan ilustre lógico cual esta gloria de Trento, ni menos teólogo, como no sea en verso, creo que antes de la cena, que no es idea simple, que no es categoría, debemos pensar en el sitio, en el lugar, que si es categoría. Porque yo, por ahora, dudo que estemos en parte alguna. Y donde no hay espacio, no hay cena.
-Pero hay frío, señor Calderón.
-Bien dice Lope. Procuremos orientarnos. Es decir, oriente ahora no se puede buscar, pero según lo que yo pude colegir cuando caímos, ya cerca de este globo, a la luz del Sol y antes de penetrar en las nubes de nieve, dentro de España estamos, y sobre altísimas montañas, y del mar no muy lejos; de modo que éstos deben de ser los Pirineos, y acaso los de mi tierra, porque yo, señores míos, siento un no sé qué de bienestar de que no me hablan vuestras mercedes.
-Natural me parece, insigne Jovellanos, que seáis vos, de tiempos de mejor brújula que los nuestros, quien nos deje barruntar en dónde estamos. Pero yo daría mi Buscón por una buscona que me hiciese topar ahora, no con la madre Venus, sino con su digno esposo Vulcano, para que me fabricase una cama donde dormir, menos fría que este suelo.
-Señores, yo vuelvo a mi Aristóteles, y digo…
-Teólogo, tenéis razón; seamos peripatéticos, discurramos con los pies, y a ver si a fuerza de discurrir probamos algo… algo caliente.
Una voz nueva resonó entonces en aquellas soledades como suave música, y era la de fray Luis de León, también expedicionario, que decía:
-Amigos queridos, esta noche más ha de ser de penitencia, de ayuno, que de hartazgo; porque, si he de hablar con franqueza, nuestra vuelta al mundo terrenal más me parece castigo que otra cosa. Pecamos, pecamos; pequé yo a lo menos, -y si en buena teología esto no se puede llamar pecado, llámelo D. Melchor como quiera o convenga; -pequé digo, deseando lo que en soledades de mi dicha, de allá arriba, nunca creí que se podría desear. ¡Ay, sí! El engaño, como siempre. El desengaño, igual. En esta tierra obscura, sepultada en noche y en olvido, ¿qué me había quedado a mí? Si vivía en la alma región luciente, ¿a qué querer, como quise, saber algo de la mísera Tierra? Fue vanidad, sin duda. Moviome el apetito de saber si aquella larva que yo por acá había dejado, y que el mundo llamó mi gloria, se había desvanecido, cual mis despojos, o algo había quedado de ella, aunque no fuera más que un soplo que fuese callado por la montaña…
-¡Ay, señor fray Luis de León! -interrumpió Lope- a todos creo yo que nos escuece el mismo remordimiento. Yo, que al morir dije, según cuentan, pues yo no me acuerdo, que daría todas mis comedias, que eran humo, por un poco de gracia al entregar el alma a Dios, ahora me veo aquí desterrado del cielo, si así puedo decirlo, por la pícara vanidad de oler si algo todavía se dice por el mundo del montón infinito de mis coplas.
Todos fueron confesando pecado semejante. A todos aquellos ilustres varones les había picado la mosca venenosa de la vanagloria cuando gozaban la gloria no vana, y habían deseado saber algo de su renombre en la Tierra. ¿Se acordarían de ellos aquí abajo? Y el castigo había sido dejarlos caer, juntos, en montón, de las divinas alturas, sobre aquella nieve, en aquellos picachos, rodeados de la noche, padeciendo hambre y frío.
* * *
Como pudieron, de mala manera, empezaron a caminar sobre la nieve, procurando descender, por si encontraban más abajo rastro de senda que los guiara a vivienda humana, o por lo menos a lugar menos desapacible donde aguardar el día y aguantar el hambre. Porque es de advertir que aquellos desterrados del cielo, en cuanto pisaron tierra volvieron a sentir todas las necesidades propias de los que andamos vivos por estos valles de lágrimas.
Jovellanos, por varios signos topográficos, y más por revelaciones del corazón, insistía en su idea de que estaban sobre alguna montaña de Asturias. Los otros llegaron a creerle, y como práctico le tomaron, y detrás de él marchaban dejándole guiar la milagrosa caravana por las palpables tinieblas adelante.
-Para mí, señores, estamos en alguno de los puertos que separan a León de mi tierra.
-Pues entonces, a fe de Quevedo, que ya sé quién nos va a dar posada. El oso de Favila.
-Ese no; pero otros no deben de andar lejos.
Notó Lope que el terreno que había llegado a pisar apenas tenía ligera capa de nieve y era llano.
-¡No tan llano, por Cristo! -gritó Quevedo, que dio un tropezón y tuvo que tocar la blanca alfombra con las manos. Sintió al tacto cosa dura y que ofrecía una superficie convexa y pulida.
-Señores, -exclamó- aquí hay trampa; con los pies tropecé en una barra, y entre los dedos tengo otra.
Agachose Jovellanos, y tras él los demás, y notaron que bajo la nieve se alargaban dos varas duras como el hierro, paralelas…
-Esto ha de ser un camino, -dijo D. Gaspar-; tal vez los modernos atraviesan estas montañas de modo que a nosotros nos parecería milagroso si lo viéramos… Yo tengo escrito un viaje que llamo de Madrid a Gijón, y en él expreso el deseo de que algún día…
-¡Jesús nos valga!… -interrumpió Calderón; entramos en un antro, en una cárcel… aquí toco una pared fría que chorrea… y aquí otra pared…
-Entramos, por lo visto, en la cueva de un oso. Ya tenemos posada. Dios nos libre del huésped…
Interrumpió a Quevedo y pasmó a todos un quejido terrible, intenso, que sonó lejos; un silbido ensordecedor y poderoso, de monstruo desconocido… Y de repente vieron a gran distancia un punto rojo de luz, que se acercaba; y oyeron estrépito de cadenas y mil infernales choques de hierro contra hierro, bramidos horrísonos. Un monstruo inmenso, negro, que se les echaba encima para devorarlos, les hizo, con el terror, caer en tierra. Todos se pegaron, cuan largos eran, a la fría pared que sudaba una asquerosa humedad. Los más cerraron los ojos; pero algunos, como fray Luis de León y Jovellanos, tuvieron ánimo para contemplar el peligro, y vieron pasar, como un relámpago, inmenso dragón negro, vomitando ascuas, rodeado de humo…
-No hemos caído en la Tierra, sino en el infierno, -dijo Quevedo cuando todos estuvieron en pie, algo menos asustados, si no tranquilos.
-Salgamos de esta cueva maldita, si podemos, -propuso Tirso.
-Volvamos sobre nuestros pasos…
-Sí, una honrosa retirada.
Salieron como pudieron de la cueva, antro o lo que fuese; y no teniendo en las tinieblas modo de orientarse mejor, procuraron seguir la dirección que señalaban aquellas barras de hierro que de vez en cuando sentían bajo los pies.
-Esto es un camino, señores; no me cabe duda, -dijo el autor del Informe sobre la ley Agraria.
-Un camino infernal.
-No, D. Francisco, un camino… de hierro, pues hierro es esto que pisamos.
-Bien, pero es cosa del diablo. ¿Cómo creéis que estemos en la Tierra? ¿Cría la Tierra monstruos como ése de fuego que por poco nos aplasta?
-¿Quién sabe -dijo fray Luis- si los pecados de los hombres han convertido el mundo en mansión de terribles fieras traídas del Averno?
-¡Y aquí venimos a buscar gloria mundana! ¡Y pensábamos que en la Tierra quedaría memoria de nosotros, y la Tierra es vivienda de sierpes y vestiglos! ¡Oh! ¿quién nos sacará de aquí?
-Sigamos, sigamos, -dijo Tirso.
-Señores, atención -exclamó Lope, que iba delante con Jovellanos. -O el miedo me hace ver las estrellas, o una brilla enfrente de nosotros.
-¿Estrella terrestre? Llámese candil.
-Sí, dijo Tirso; -allí una luz verde… y más abajo, ¿no ven ustedes otra rojiza?…
-Sí, y ésta parece que se mueve…
-¡Ya lo creo! Hacia nosotros viene… ¿Qué hacemos?
-Señores, a fe de Quevedo, que me canso de ser cobarde; yo de aquí no me muevo; venga lo que viniere, más puede en mí el ansia de saber qué mundo es éste y qué monstruos nos asustan, que el amor al pellejo…
Nadie quiso ser menos valiente; y todos, a pie quieto, esperaron el terrible peligro desconocido que se acercaba.
La luz, cerca del suelo, avanzaba, avanzaba… De repente, un silbido estridente hizo temblar el aire; cien ecos de los montes repitieron como un coro de quejidos prolongados el melancólico estrépito… Aunque la obscuridad era tanta, pudieron nuestros héroes distinguir entre la nieve una masa negra que con marcha lenta y uniforme a ellos se acercaba.
Nadie se echó a tierra, nadie tembló, nadie cerró los ojos. Como inmenso gusano de luz, el monstruo tenía bajo la panza bastante claridad para que por ella se pudiera distinguir la extraña figura. Era un terrible unicornio, que por el cuerpo negro arrojaba chispas y una columna de humo. Montado sobre el lomo de hierro llevaba un diablo, cuya cara negra pudieron vislumbrar a la luz de un farolillo con que el tal demonio parecía estar mirándole las pulgas a su cabalgadura infernal…
Pasó la visión espantosa rozando casi con los asombrados inmortales, que, para no ser atropellados, tuvieron que retroceder un paso…
Quevedo, decidido a ser quien era, y Jovellanos con ansia infinita de saber algo nuevo e inaudito, miraron con atención firme, cara a cara, el endriago que se les echaba encima, y los dos a un tiempo, en alta voz, sin darse cuenta de lo que hacían, exclamaron:
-«¡Tirso de Molina!»
-Presente -dijo el fraile.
-No es eso -exclamó el autor del Buscón. -Es que en el lomo de ese monstruo de hierro que acaba de pasar, a la luz del farolillo de aquel diablo, he leído en letras de oro… eso: Tirso de Molina.
-¿Mi nombre?
-Sí -dijo D. Gaspar-. Tirso de Molina; en letras doradas, grandes. Yo lo leí también.
-¿Y qué debemos pensar? -preguntó Cano.
-Nada bueno -dijo Lope.
-Nada malo -dijo Quevedo.
En aquel momento, el monstruo, que se llamaba como el Maestro Téllez, retrocedía deteniéndose pacífico, humilde, sin ruido, cerca de los pasmados huéspedes celestiales. «Tirso de Molina», leyeron todos en el costado del supuesto vestiglo. Un hombre cubierto con un capote pardo, alumbrándose con una linterna, pasó cerca, y se detuvo a inspeccionar el raro artefacto, que por tal lo empezó a tener Jovellanos, adivinando algo de lo que era.
-Señores, -dijo el desconocido en buen castellano, al notar que varios caballeros, entre ellos clérigos, y frailes algunos por lo visto, rodeaban la máquina; -señores, al tren, que aquí se para muy poco.
-¿Al tren? ¿Y qué es eso? -preguntó Quevedo.
-Pero ¿dónde estamos? -dijo D. Gaspar.
-¿Pues no lo han oído? En Pajares.
Mediaron explicaciones. El mozo de estación creyó que se las había con locos, y los dejó en la obscuridad; pero Jovellanos fue atando cabos, y sobre poco más o menos, aquellos ilustres varones supieron de qué se trataba.
Estaban en la Tierra; los hombres atravesaban las montañas en máquinas rapidísimas, movidas por el fuego, ¡y esas máquinas se llamaban… como ellos! Aquella, Tirso de Molina; otras, de fijo, se llamarían Jovellanos, Quevedo, Cervantes… como los demás hijos ilustres de España.
-Señores -dijo D. Gaspar, -ya lo veis; el mundo no está perdido, ni vosotros olvidados. Ilustre poeta mercenario, ¿qué dice vuestra merced de esto? ¿Sábele tan mal que a este portento de la ciencia y de la industria le hayan puesto los hombres de este siglo el seudónimo glorioso de Tirso de Molina?
Sonrió Tirso, y con toda sinceridad se declaró satisfecho al encontrarse con tal tocayo.
-Verdad es que no lo siento. Pero a mal mundo hemos venido si queríamos para siempre curarnos de vanidades.
-¡Oh, quién sabe, quién sabe! Acaso no lo sean -advirtió don Gaspar. -La gloria que da el mundo no es gloria; pero agradecer el recuerdo, el cariño de los míseros mortales, acaso no sea indigno de los bienaventurados.
FIN

jueves, 26 de julio de 2018

El gato y la zorra - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Érase un campesino que tenía un gato tan travieso, que su dueño, perdiendo al fin la paciencia, lo cogió un día, lo metió en un saco y lo llevó al bosque, dejándolo allí abandonado.

El Gato, viéndose solo, salió del saco y se puso a errar por el bosque hasta que llegó a la cabaña de un guarda. Se subió a la guardilla y se estableció allí. Cuando tenía ganas de comer cazaba pájaros y ratones, y después de haber satisfecho el hambre volvía a su guardilla y se dormía tranquilamente. Estaba contentísimo de su suerte.

Un día se fue a pasear por el bosque y tropezó con una Zorra. Ésta, al ver al Gato, se asombró mucho, pensando: «Tantos años como llevo viviendo en este bosque y nunca he visto un animal como éste.»

Le hizo una reverencia, preguntándole:

-Dime, joven valeroso, ¿quién eres? ¿Cómo has venido aquí? ¿Cómo te llamas?

El Gato, erizando el pelo, contestó:

-Me han mandado de los bosques de Siberia para ejercer el cargo de burgomaestre de este bosque; me llamo Kotofei Ivanovich.

-¡Oh Kotofei Ivanovich! -dijo la Zorra-. No había oído ni siquiera hablar de tu persona, pero ven a hacerme una visita.

El Gato se fue con la Zorra, y llegados a la cueva de ésta, ella lo convidó con toda clase de caza, y entretanto le preguntaba detalles de su vida.

-Dime, Kotofei Ivanovich, ¿estás casado o eres soltero?

-Soy soltero -dijo el Gato.

-Yo también soy soltera. ¿Quieres casarte conmigo?

El Gato consintió y en seguida celebraron la boda con un gran festín.

Al día siguiente se marchó la zorra de caza para procurarse más provisiones, poderlas almacenar y poder pasar el invierno, sin preocupaciones, con su joven esposo. El Gato se quedó en casa.

La Zorra, mientras cazaba, se encontró con el Lobo, que empezó a hacerle la corte.

-¿Dónde has estado metida, amiguita? Te he buscado por todas partes y en todas las cuevas sin poder encontrarte.

-Déjame, Lobo. Antes era soltera, pero ahora soy casada; de modo que ten cuidado conmigo.

-¿Con quién te has casado, Lisaveta Ivanovna?

-¿Cómo? No has oído que nos han mandado de los bosques de Siberia un burgomaestre llamado Kotofei Ivanovich? Pues ése es mi marido.

-No he oído nada, Lisaveta Ivanovna, y tendría mucho gusto en conocerlo.

-¡Oh, mi esposo tiene un genio muy malo! Si alguien lo incomoda, en seguida se le echa encima y se lo come. Si vas a verle no te olvides de preparar un cordero y llevárselo en señal de respeto; pondrás el cordero en el suelo y tú te esconderás en un sitio cualquiera para que no te vea, porque si no, no respondo de nada.

El Lobo corrió en busca de un cordero.

Entretanto, la Zorra siguió cazando y se encontró con el Oso, el cual empezó, a su vez, a hacerle la corte.

-¿Qué piensas tú de mí, zambo? Antes era soltera, pero ahora soy casada y no puedo escuchar tus galanterías.

-¿Qué me dices, Lisaveta Ivanovna? ¿Con quién te has casado?

-Pues con el mismísimo burgomaestre de este bosque, enviado aquí desde los bosques de Siberia, y que se llama Kotofei Ivanovich.

-¿Y no sería posible verle, Lisaveta Ivanovna?

-¡Oh amigo! Mi esposo tiene un genio muy malo, y cuando se enfada con alguien se le echa encima y lo devora. Ve, prepara un buey y tráeselo como demostración de tu respeto; pero no olvides, al presentarle el regalo, esconderte bien para que no te vea; si no, amigo, no te garantizo nada.

El Oso se fue en busca del buey.

Entre tanto, el Lobo mató un cordero, le quitó la piel y se quedó reflexionando hasta que vio venir al Oso llevando un buey; contento de no estar solo, lo saludó, diciendo:

-Buenos días, hermano Mijail Ivanovich.

-Buenos días, hermano Levon -contestó el Oso-. ¿Aún no has visto a la Zorra con su esposo?

-No, aunque llevo esperando un buen rato.

-Pues ve a llamarlos.

-¡Oh, no, Mijail Ivanovich, yo no iré! Ve tú, que eres más valiente.

-No, amigo Levon, tampoco iré yo.

De pronto vieron una liebre que corría a toda prisa.

-Ven aquí tú, diablejo -rugió el Oso.

La Liebre, asustada, se acercó a los dos amigos, y el Oso le preguntó:

-Oye tú, pillete, ¿sabes dónde vive la Zorra?

-Sí, Mijail Ivanovich, lo sé muy bien -contestó la Liebre con voz temblorosa.

-Bueno, pues corre a su cueva y avísale que Mijail Ivanovich con su hermano Levon están listos esperando a los recién casados para felicitarlos y presentarles, como regalos de boda, un buey y un cordero.

La Liebre echó a correr a casa de la Zorra, y el Oso y el Lobo se pusieron a buscar el sitio para esconderse. El Oso dijo:

-Yo me subiré a un pino.

-¿Y qué haré yo? ¿Dónde podré esconderme? -preguntó el Lobo, desesperado-. No podría subirme a un árbol a pesar de todos mis esfuerzos. Oye, Mijail Ivanovich, sé buen amigo: ayúdame, por favor, a esconderme en algún sitio.

El Oso lo escondió entre los zarzales y amontonó encima de él hojas secas. Luego se subió a un pino y desde allí se puso a vigilar la llegada de la Zorra con su esposo, el terrible Kotofei Ivanovich.

Entre tanto la Liebre llegó a la cueva de la Zorra, dio unos golpecitos a la entrada, y le dijo:

-Mijail Ivanovich con su hermano Levon me han enviado para que te diga que están listos y te esperan a ti con tu esposo para felicitarlos y presentarles, como regalo de boda, un buey y un cordero.

-Bien, Liebre, diles que en seguida iremos.

Un rato después salieron el Gato y la Zorra. El Oso, viéndolos venir, dijo al Lobo:

-Oh amigo Levon, allí vienen la Zorra y su esposo. ¡Qué pequeñín es él!

El Gato se acercó al sitio donde estaban los regalos, y precipitándose sobre el buey empezó a arrancarle la carne con los dientes y las uñas. Se le erizó el pelo, y mientras devoraba la carne, como si estuviese enfadado, refunfuñaba «¡Malo! ¡Malo!»

El Oso pensó asustado: «¡Qué animal tan pequeño y tan voraz! ¡Y qué exigente! A nosotros nos parece tan sabrosa la carne de buey y a él no lo gusta; a lo mejor querrá probar la nuestra.»

El Lobo, escondido en los zarzales, quiso ver al famoso burgomaestre; pero como las hojas le estorbaban para ver, empezó a separarlas.

El Gato, oyendo el ruido de las hojas, creyó que sería algún ratón, se lanzó sobre el montón que formaban y clavó sus garras en el hocico del Lobo. Éste dio un salto y escapó corriendo. El Gato, asustado también, trepó al mismo árbol donde estaba escondido el Oso.

«¡Me ha visto a mí!», pensó el Oso, y como no podía bajar por el tronco, se dejó caer desde lo alto al suelo, y a pesar del daño que se hizo, se puso en pie y echó a correr.

La Zorra los persiguió con sus gritos.

-¡Esperen un poco y se los comerá mi valiente esposo!

Desde entonces todos los animales tuvieron un gran miedo al Gato, y la Zorra, con su maridito, provistos de carne para todo el invierno, vivieron contentos y felices de su suerte.

miércoles, 25 de julio de 2018

La yernocracia - Leopoldo (Clarín) Alas

Hablaba yo de política días pasados con mi buen amigo Aurelio Marco, gran filósofo fin de siècle y padre de familia no tan filosófico, pues su blandura doméstica no se aviene con los preceptos de la modernísima pedagogía, que le pide a cualquiera, en cuanto tiene un hijo, más condiciones de capitán general y de hombre de Estado, que a Napoleón o a Julio César.
Y me decía Aurelio Marco:
-Es verdad; estamos hace algún tiempo en plena yernocracia: como a ti, eso me irritaba tiempo atrás, y ahora… me enternece. Qué quieres; me gusta la sinceridad en los afectos, en la conducta; me entusiasma el entusiasmo verdadero, sentido realmente; y en cambio, me repugnan el pathos falso, la piedad y la virtud fingidas. Creo que el hombre camina muy poco a poco del brutal egoísmo primitivo, sensual, instintivo, al espiritual, reflexivo altruismo. Fuera de las rarísimas excepciones de unas cuantas docenas de santos, se me antoja que hasta ahora en la humanidad nadie ha querido de veras… a la sociedad, a esa abstracción fría que se llama los demás, el prójimo, al cual se le dan mil nombres para dorarle la píldora del menosprecio que nos inspira.
El patriotismo, a mi juicio, tiene de sincero lo que tiene de egoísta; ya por lo que en él va envuelto de nuestra propia conveniencia, ya de nuestra vanidad. Cerca del patriotismo anda la gloria, quinta esencia del egoísmo, colmo de la autolatría; porque el egoísmo vulgar se contenta con adorarse a sí propio él solo, y el egoísmo que busca la gloria, el egoísmo heroico… busca la adoración de los demás: que el mundo entero le ayude a ser egoísta. Por eso la gloria es deleznable… claro, como que es contra naturaleza, una paradoja, el sacrificio del egoísmo ajeno en aras del propio egoísmo.
Pero no me juzgues, por esto, pesimista, sino cauto; creo en el progreso; lo que niego es que hayamos llegado, así, en masa, como obra social, al altruismo sincero. El día que cada cual quisiera a sus conciudadanos de verdad, como se quiere a sí mismo, ya no hacía falta la política, tal como la entendemos ahora. No, no hemos llegado a eso; y por elipsis o hipocresía, como quieras llamarlo, convenimos todos en que cuando hablamos de sacrificios por amor al país… mentimos, tal vez sin saberlo, es decir, no mentimos acaso, pero no decimos la verdad.
-Pero… entonces -interrumpí- ¿dónde está el progreso?
-A ello voy. La evolución del amor humano no ha llegado todavía más que a dar el primer paso sobre el abismo moral insondable del amor a otros. ¡Oh, y es tanto eso! ¡Supone tanta idealidad! ¡Pregúntale a un moribundo que ve cómo le dejan irse los que se quedan, si tiene gran valor espiritual el esfuerzo de amar de veras a lo que no es yo mismo!
-¡Qué lenguaje, Aurelio!
-No es pesimista, es la sinceridad pura. Pues bien; el primer paso en el amor de los demás lo ha dado parte de la humanidad, no de un salto, sino por el camino… del cordón umbilical… las madres han llegado a amar a sus hijos, lo que se llama amar. Los padres dignos de ser madres, los padres-madres, hemos llegado también, por la misteriosa unión de la sangre, a amar de veras a los hijos. El amor familiar es el único progreso serio, grande, real, que ha hecho hasta ahora la sociología positiva. Para los demás círculos sociales la coacción, la pena, el convencionalismo, los sistemas, los equilibrios, las fórmulas, las hipocresías necesarias, la razón de Estado, lo del salus populi y otros arbitrios sucedáneos del amor verdadero; en la familia, en sus primeros grados, ya existe el amor cierto, la argamasa que puede emir las piedras- para los cimientos del edificio social futuro. Repara cómo nadie es utopista ni revolucionario en su casa; es decir, nadie que haya llegado al amor real de la familia; porque fuera de este amor quedan los solterones empedernidos y los muchísimos mal casados y los no pocos padres descastados. No; en la familia buena nadie habla de corregir los defectos domésticos con ríos de sangre, ni de reformar sacrificando miembros podridos, ni se conoce en el hogar de hoy la pena de muerte, y puedes decir que no hay familia real donde, habiendo hijos, sea posible el divorcio.
¡Oh, lo que debe el mundo al cristianismo en este punto, no se ha comprendido bien todavía!
-Pero… ¿y la yernocracia?
-Ahora vamos. La yernocracia ha venido después del nepotismo, debiendo haber venido antes; lo cual prueba que el nepotismo era un falso progreso, por venir fuera de su sitio; un egoísmo disfrazado de altruismo familiar. Así y todo, en ciertos casos el nepotismo ha sido simpático, por lo que se parecía al verdadero amor familiar; simpático del todo cuando, en efecto, se trataba de hijos a quien por decoro había que llamar sobrinos. El nepotismo eclesiástico, el de los Papas, acaso principalmente, fue por esto una sinceridad disfrazada, se llevaba a la política el amor familiar, filial, por el rodeo fingido del lazo colateral. En el rigor etimológico, el nepotismo significaría la influencia política del amor a los hijos de los hijos, porque en buen latín nepos, es el nieto; pero en el latín de baja latinidad, nepos pasó a ser el sobrino; en la realidad, muchas veces el nepotismo fue la protección del hijo a quien la sociedad negaba esta gran categoría, y había que compensarle con otros honores.
Nuestra hipocresía social no consiente la filiocracia franca, y después del nepotismo, que era o un disfraz de la filiocracia o un disfraz del egoísmo, aparece la yernocracia… que es el gobierno de la hija, matriz sublime del amor paternal.
¡La hija, mi Rosina!
Calló Aurelio Marco, conmovido por sus recuerdos, por las imágenes que le traía la asociación de ideas.
Cuando volvió a hablar, noté que en cierto modo había perdido el hilo, o por lo menos, volvía a tomarlo de atrás, porque dijo:
-El nepotismo es generalmente, cuando se trata de verdaderos sobrinos, la familia refugio, la familia imposición; algo como el dinero para el avaro viejo; una mano a que nos agarramos en el trance de caducar y morir. El sobrino imita la familia real que no tuvimos o que perdimos; el sobrino finge amor en los días de decadencia; el sobrino puede imponerse a la debilidad senil. Esto no es el verdadero amor familiar; lo que se hace en política por el sobrino suele ser egoísmo, o miedo, o precaución, o pago de servicios: egoísmo.
Sin embargo, es claro que hay casos interesantes, que enternecen, en el nepotismo. El ejemplo de Bossuet lo prueba. El hombre integérrimo, independiente, que echaba al rey-sol en cara sus manchas morales, no pudo en los días tristes de su vejez extrema abstenerse de solicitar el favor cortesano. Sufría, dice un historiador, el horrible mal de piedra, y sus indignos sobrinos, sabiendo que no era rico y que, segun él decía, «sus parientes no se aprovecharían de los bienes de la Iglesia», no cesaban de torturarle, obligándole continuamente a trasladarse de Meaux a la corte para implorar favores de todas clases; y el grande hombre tenía que hacer antesalas y sufrir desaires y burlas de los cortesanos; hasta que en uno de estos tristes viajes de pretendiente murió en París en 1704. Ese es un caso de nepotismo que da pena y que hace amar al buen sacerdote. Bossuet fue paro, sus sobrinos eran sobrinos.
-Pero… ¿y la yernocracia?
-A eso voy. ¿Conoces a Rosina? Es una reina de Saba de tres años y medio, el sol a domicilio; parece un gran juguete de lujo… con alma. Sacude la cabellera de oro, con aire imperial, como Júpiter maneja el rayo; de su vocecita de mil tonos y registros hace una gama de edictos, decretos y rescriptos, y si me mira airada, siento sobre mí la excomunión de un ángel. Es carne de mi carne, ungida con el óleo sagrado y misterioso de la inocencia amorosa; no tiene, por ahora, rudimentos de buena crianza, y su madre y yo, grandes pecadores, pasamos la vida tomando vuelo para educar a Rosina; pero aún no nos hemos decidido ni a perforarle las orejitas para engancharle pendientes, ni a perforarle la voluntad para engancharle los grillos de la educación a los dos años se erguía en su silla de brazos, a la hora de comer, y no cejaba jamás en su empero de ponerse en pie sobre el mantel, pasearse entre los platos y aun, en solemnes ocasiones, metió un zapato en la sopa, como si fuera un charco. Deplorable educación… pero adorable criatura. ¡Oh, si no tuviera que crecer, no la educaba; y pasaría la vida metiendo los pies en el caldo! Más que a su madre, más que a mí, quiere a ratos la reina de Saba a Maolito, su novio, un vecino de siete años, macho más hermoso que yo y sin barbas que piquen al besarle.
Maolito es nuestro eterno convidado; Rosina le sienta junto a sí, y entre cucharada y cucharada le admira, le adora… y le palpa, untándole la cara de grasa y otras lindezas. No cabe duda; mi hija está enamorada a su manera, a lo ángel, de Maolito.
Una tarde, a los postres, Rosina gritó con su tono más imperativo y más apasionado y elocuente, con la voz a que yo no puedo resistir, a que siempre me rindo…
-Papá… yo quere que papá sea rey (rey lo dice muy claro) y que haga ministo y general a Maolito, que quere a mí…
-No, tonta -interrumpió Maolito, que tiene la precocidad de todos los españoles-; tu papá no puede ser rey; di tú que quieres que sea ministro y que me haga a mí subsecretario.
Calló otra vez Aurelio Marco y suspiró, y añadió después, como hablando consigo mismo:
-¡Oh, que remordimientos sentí oyendo aquel antojo de mi tirano, de mi Rosina! ¡Yo no podía ser rey ni ministro! Mis ensueños, mis escrúpulos, mis aficiones, mis estudios, mi filosofía, me habían apartado de la ambición y sus caminos; era inepto para político, no podía ya aspirar a nada… ¡Oh, lo que yo hubiera dado entonces por ser hábil, por ser ambicioso, por no tener escrúpulos, por tener influencia, distrito, cartera, y sacrificarme por el país, plantear economías, reorganizarlo todo, salvar a España y hacer a Maolito subsecretario!
FIN