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miércoles, 1 de agosto de 2018

El pez de oro - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

En una isla muy lejana, llamada isla Buián, había una cabaña pequeña y vieja que servía de albergue a un anciano y su mujer. Vivían en la mayor pobreza; todos sus bienes se reducían a la cabaña y a una red que el mismo marido había hecho, y con la que todos los días iba a pescar, como único medio de procurarse el sustento de ambos.
Un día echó su red en el mar, empezó a tirar de ella y le pareció que pesaba extraordinariamente. Esperando una buena pesca se puso muy contento; pero cuando logró recoger la red vio que estaba vacía; tan sólo a fuerza de registrar bien encontró un pequeño pez. Al tratar de cogerlo quedó asombrado al ver que era un pez de oro; su asombro creció de punto al oír que el Pez, con voz humana, le suplicaba:
-No me cojas, abuelito; déjame nadar libremente en el mar y te podré ser útil dándote todo lo que pidas.
El anciano meditó un rato y le contestó:
-No necesito nada de ti; vive en paz en el mar. ¡Anda!
Y al decir esto echó el pez de oro al agua.
Al volver a la cabaña, su mujer, que era muy ambiciosa y soberbia, le preguntó:
-¿Qué tal ha sido la pesca?
-Mala, mujer -contestó, quitándole importancia a lo ocurrido-; sólo pude coger un pez de oro, tan pequeño que, al oír sus súplicas para que lo soltase, me dio lástima y lo dejé en libertad a cambio de la promesa de que me daría lo que le pidiese.
-¡Oh viejo tonto! Has tenido entre tus manos una gran fortuna y no supiste conservarla.
Y se enfadó la mujer de tal modo que durante todo el día estuvo riñendo a su marido, no dejándolo en paz ni un solo instante.
-Si al menos, ya que no pescaste nada, le hubieses pedido un poco de pan, tendrías algo que comer; pero ¿qué comerás ahora si no hay en casa ni una migaja?
Al fin el marido, no pudiendo soportar más a su mujer, fue en busca del pez de oro; se acercó a la orilla del mar y exclamó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:
-¿Qué quieres, buen viejo?
-Se ha enfadado conmigo mi mujer por haberte soltado y me ha mandado que te pida pan.
-Bien; vete a casa, que el pan no les faltará.
El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer:
-¿Cómo van las cosas, mujer? ¿Tenemos bastante pan?
-Pan hay de sobra, porque está el cajón lleno -dijo la mujer-; pero lo que nos hace falta es una artesa nueva, porque se ha hendido la madera de la que tenemos y no podemos lavar la ropa; ve y dile al pez de oro que nos dé una.
El viejo se dirigió a la playa otra vez y llamó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
El Pez se arrimó a la orilla y le dijo:
-¿Qué necesitas, buen viejo?
-Mi mujer me mandó a pedirte una artesa nueva.
-Bien; tendrás también una artesa nueva.
De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole imperiosamente:
-Vete en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva; en la nuestra ya no se puede vivir, porque apenas se tiene de pie.
Se fue el marido a la orilla del mar y gritó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
El Pez nadó hacia la orilla poniéndose con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia el anciano, y le preguntó:
-¿Qué necesitas ahora, viejo?
-Constrúyenos una nueva cabaña; mi mujer no me deja vivir en paz riñéndome continuamente y diciéndome que no quiere vivir más en la vieja, porque amenaza hundirse de un día a otro.
-No te entristezcas. Vuelve a tu casa y reza, que todo estará hecho.
Volvió el anciano a casa y vio con asombro que en el lugar de la cabaña vieja había otra nueva hecha de roble y con adornos de talla. Corrió a su encuentro su mujer no bien lo hubo visto, y riñéndolo e injuriándolo, más enfadada que nunca, le gritó:
-¡Qué viejo más estúpido eres! No sabes aprovecharte de la suerte. Has conseguido tener una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. ¡Imbécil! Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser por más tiempo una campesina; quiero ser mujer de gobernador para que me obedezca la gente y me salude con reverencia.
Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
Se arrimó el Pez a la orilla como otras veces y dijo:
-¿Qué quieres, buen viejo?
Éste le contestó:
-No me deja en paz mi mujer; por fuerza se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser más una campesina; que quiere ser una mujer de gobernador.
-Bien; no te apures; vete a casa y reza a Dios, que yo lo arreglaré todo.
Volvió a casa el anciano; pero al llegar vio que en el sitio de la cabaña se elevaba una magnífica casa de piedra con tres pisos; corría apresurada la servidumbre por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer se hallaba sentada en un rico sillón vestida con un precioso traje de brocado y dando órdenes a toda la servidumbre.
-¡Hola, mujer! ¿Estás ya contenta? -le dijo el marido.
-¿Cómo has osado llamarme tu mujer a mí, que soy la mujer de un gobernador? -y dirigiéndose a sus servidores les ordenó-: Cojan a ese miserable campesino que pretende ser mi marido y llévenlo a la cuadra para que lo azoten bien.
En seguida acudió la servidumbre, cogieron por el cuello al pobre viejo y lo arrastraron a la cuadra, donde los mozos lo azotaron y apalearon de tal modo que con gran dificultad pudo luego ponerse en pie. Después de esto, la cruel mujer lo nombró barrendero de la casa y le dieron una escoba para que barriese el patio, con el encargo de que estuviese siempre limpio.
Para el pobre anciano empezó una existencia llena de amarguras y humillaciones; tenía que comer en la cocina y todo el día estaba ocupado barriendo el patio, porque apenas cometía la menor falta lo castigaban, apaleándolo en la cuadra.
-¡Qué mala mujer! -pensaba el desgraciado-. He conseguido para ella todo lo que ha deseado y me trata del modo más cruel, llegando hasta a negar que yo sea su marido.
Sin embargo, no duró mucho tiempo aquello, porque al fin se aburrió la vieja de su papel de mujer de gobernador. Llamó al anciano y le ordenó:
-Ve, viejo tonto, y dile al pez de oro que no quiero ser más mujer de gobernador; que quiero ser zarina.
Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
El Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:
-¿Qué quieres, buen viejo?
-¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes; ya no quiere ser mujer de gobernador; quiere ser zarina.
-No te apures. Vuelve tranquilamente a casa y reza a Dios. Todo estará hecho.
Volvió el anciano a casa, pero en el sitio de ésta vio elevarse un magnífico palacio cubierto con un tejado de oro; los centinelas hacían la guardia en la puerta con el arma al brazo; detrás del palacio se extendía un hermosísimo jardín, y delante había una explanada en la que estaba formado un gran ejército. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, salió al balcón seguida de gran número de generales y nobles y empezó a pasar revista a sus tropas. Los tambores redoblaron, las músicas tocaron el himno real y los soldados lanzaron hurras ensordecedores.
A pesar de toda esta magnificencia, después de poco tiempo se aburrió la mujer de ser zarina y mandó que buscasen al anciano y lo trajesen a su presencia.
Al oír esta orden, todos los que la rodeaban se pusieron en movimiento; los generales y los nobles corrían apresurados de un lado a otro diciendo: «¿Qué viejo será ése?»
Al fin, con gran dificultad, lo encontraron en un corral y lo llevaron a presencia de la zarina, que le gritó:
-¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser más una zarina; quiero ser la diosa de los mares, para que todos los mares y todos los peces me obedezcan!
El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó:
-¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
Pero no apareció el pez de oro; el anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco vino. Lo llamó por tercera vez, y de repente se alborotó el mar, se levantaron grandes olas y el color azul del agua se obscureció hasta volverse negro. Entonces el Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo:
-¿Qué más quieres, buen viejo?
El pobre anciano le contestó:
-No sé qué hacer con mi mujer; está furiosa conmigo y me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no le basta con ser una zarina; que quiere ser diosa de los mares, para mandar en todos los mares y gobernar a todos los peces.
Esta vez el pez no respondió nada al anciano; se volvió y desapareció en las profundidades del mar.
El desgraciado viejo se volvió a casa y quedó lleno de asombro. El magnífico palacio había desaparecido y en su lugar se hallaba otra vez la primitiva cabaña vieja y pequeña, en la cual estaba sentada su mujer, vestida con unas ropas pobres y remendadas.
Tuvieron que volver a su vida de antes, dedicándose otra vez el viejo a la pesca, y aunque todos los días echaba su red al mar, nunca volvió a tener la suerte de pescar al maravilloso pez de oro.

martes, 31 de julio de 2018

El niño prodigioso - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Érase un acreditado comerciante que vivía con su mujer y poseía grandes riquezas. Sin embargo, el matrimonio no era feliz porque no tenía hijos, cosa que deseaban ambos ardientemente, y para ello pedían a Dios todos los días que les concediese la gracia de tener un niño que los hiciese muy dichosos, los sostuviera en la vejez y heredase sus bienes y rezase por sus almas después de muertos.
Para agradar a Dios ayudaban a los pobres y desvalidos dándoles limosnas, comida y albergue; además de esto, idearon construir un gran puente a través de una laguna pantanosa próxima al pueblo, para que todas las gentes pudiesen servirse de él y evitarles tener que dar un gran rodeo. El puente costaba mucho dinero; pero a pesar de ello el comerciante llevó a cabo su proyecto y lo concluyó, en su afán de hacer bien a sus semejantes.
Una vez el puente terminado, dijo a su mayordomo Fedor:
-Ve a sentarte debajo del puente, y escucha bien lo que la gente dice de mí.
Fedor se fue, se sentó debajo del puente y se puso a escuchar. Pasaban por el puente tres virtuosos ancianos hablando entre sí, y decían:
-¿Con qué recompensaríamos al hombre que ha mandado construir este puente? Le daremos un hijo que tenga la virtud de que todo lo que diga se cumpla y todo lo que le pida a Dios le sea concedido.
El mayordomo, después de haber oído estas palabras, volvió a casa.
-¿Qué dice la gente, Fedor? -le preguntó el comerciante.
-Dicen cosas muy diversas: según unos, haz hecho una obra de caridad construyendo el puente, y según otros, lo has hecho sólo por vanagloria.
Aquel mismo año la mujer del comerciante dio a luz un hijo, al que bautizaron y pusieron en la cuna. El mayordomo, envidioso de la felicidad ajena y deseoso del mal de su amo, a media noche, cuando todos los de la casa dormían profundamente, cogió un pichón, lo mató, manchó con la sangre la cama, los brazos y la cara de la madre, y robó al niño, dándolo a criar a una mujer de un pueblo lejano.
Por la mañana los padres se despertaron y notaron que su hijo había desaparecido; por más que lo buscaron por todas partes no pudieron encontrarlo. Entonces el astuto mayordomo señaló a la madre como culpable de la desaparición.
-¡Se lo ha comido su misma madre! -dijo-. Mira, todavía tiene los brazos y los labios manchados de sangre.
Encolerizado el comerciante, hizo encarcelar a su mujer sin hacer caso de sus protestas de inocencia.
Así transcurrieron algunos años, y entretanto el niño creció y empezó a correr y a hablar. Fedor se despidió del comerciante, se estableció en un pueblo a la orilla del mar y se llevó al niño a su casa.
Aprovechándose del don divino del niño, le mandaba realizar todos sus caprichos diciéndole:
-Di que quieres esto y lo otro y lo de más allá.
Y apenas el niño pronunciaba su deseo, éste se realizaba al instante.
Al fin un día le dijo:
-Mira, niño, pide a Dios que aparezca aquí un nuevo reino, que desde esta casa hasta el palacio del zar se forme sobre el mar un puente todo de cristal de roca y que la hija del zar se case conmigo.
El niño pidió a Dios lo que Fedor le decía, y en seguida, de una orilla a otra del mar, se extendió un maravilloso puente, todo él de cristal de roca, y apareció una espléndida población con suntuosos palacios de mármol, innumerables iglesias y altos castillos para el zar y su familia.
Al día siguiente, al despertarse el zar, miró por la ventana, y viendo el puente de cristal, preguntó:
-¿Quién ha construido tal maravilla?
Los cortesanos se enteraron y anunciaron al zar que había sido Fedor.
-Si Fedor es tan hábil -dijo el zar-, le daré por esposa a mi hija.
Con gran rapidez se hicieron todos los preparativos para la boda y casaron a Fedor con la hermosa hija del zar. Una vez instalado Fedor en el palacio del zar, empezó a maltratar al niño; lo hizo criado suyo, lo reñía y pegaba a cada paso, y muchas veces lo dejaba sin comer.
Una noche hablaba Fedor con su mujer, que estaba ya acostada, y el niño, escondido en un rincón oscuro, lloraba silenciosamente con desconsuelo; la hija del zar preguntó a Fedor cuál era la causa de su don maravilloso.
-Si antes sólo eras un pobre mayordomo, ¿cómo conseguiste tantas riquezas? ¿Cómo pudiste en una noche hacer el puente de cristal?
-Todas mis riquezas y mi poder mágico -contestó Fedor- las he obtenido de ese niño que habrás visto siempre conmigo, y que le robé a su padre, mi antiguo amo.
-Cuéntame cómo -dijo la hija del zar.
-Estaba yo de mayordomo en casa de un rico comerciante al que Dios había prometido que tendría un hijo dotado de tal virtud que todo lo que dijera se realizaría y todo lo que pidiese a Dios le sería dado. Por eso, apenas nació el niño yo lo robé, y para que no se sospechase de mí acusé a la madre diciendo a todos que se había comido a su propio hijo.
El niño, después de haber oído estas palabras, salió de su escondite y dijo a Fedor:
-¡Bribón! ¡Por mi súplica y por voluntad de Dios, transfórmate en perro!
Y apenas pronunció estas palabras, Fedor se transformó en perro. El niño, atándole al cuello una cadena de hierro, se fue con él a casa de su padre.
Una vez allí dijo al comerciante:
-¿Quieres hacerme el favor de darme unas ascuas?
-¿Para qué las necesitas?
-Porque tengo que dar de comer al perro.
-¿Qué dices, niño? -le contestó el comerciante-. ¿Dónde has visto tú que los perros se alimenten con brasas?
-¿Y dónde has visto tú que una madre se pueda comer a su hijo? Has de saber que soy tu hijo y que este perro es tu infame mayordomo Fedor, que me robó de tu casa y acusó falsamente a mi madre.
El comerciante quiso conocer todos los detalles, y ya seguro de la inocencia de su mujer, hizo que la pusieran en libertad. Luego se fueron todos a vivir al nuevo reino que había aparecido en la orilla del mar por el deseo del niño.
La hija del zar volvió a vivir en el palacio de su padre y Fedor se quedó en miserable perro hasta su muerte.

lunes, 30 de julio de 2018

El hombre bueno y el hombre malo - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Una vez hablaban entre sí dos campesinos pobres; uno de ellos vivía a fuerza de mentiras, y cuando se le presentaba la ocasión de robar algo no la desperdiciaba nunca; en cambio, el otro, temeroso de Dios y de estrecha conciencia, se esforzaba por vivir con el modesto fruto de su honrado trabajo. En su conversación, empezaron a discutir; el primero quería convencer al otro de que se vive mucho mejor atendiendo sólo a la propia conveniencia, sin pararse en delito más o menos; pero el otro le refutaba, diciendo:

-De ese modo no se puede vivir siempre; tarde o temprano llega el castigo. Es mejor vivir honradamente aunque se padezca miseria.

Discutieron mucho, pues ninguno de los dos quería ceder en su opinión, y al fin decidieron ir por el camino real y preguntar su parecer a los que pasasen.

Iban andando cuando encontraron a un labrador que estaba labrando el campo; se acercaron a él y le dijeron:

-Dios te ayude, amigo. Dinos tu opinión acerca de una discusión que tenemos. ¿Cómo crees que hay que vivir, honradamente o inicuamente?

-Es imposible vivir honradamente -les contestó el campesino-; es más fácil vivir inicuamente. El hombre honrado no tiene camisa que ponerse, mientras que la iniquidad lleva botas de montar. Ya ven: nosotros los campesinos tenemos que trabajar todos los días para nuestro señor, y en cambio no tenemos tiempo para trabajar para nosotros mismos. Algunas veces tenemos que fingirnos enfermos para poder ir al bosque a coger la leña que nos hace falta, y aun esto hay que hacerlo de noche porque es cosa prohibida.

-Ya ves -dijo el Hombre Malo al Bueno-: mi opinión es la verdadera.

Continuaron el camino, anduvieron un rato y encontraron a un comerciante que iba en su trineo.

-Párate un momento y permítenos una pregunta: ¿Cómo es mejor vivir, honradamente o inicuamente?

-¡Oh amigos! Es difícil vivir honradamente; a nosotros los comerciantes nos engañan, y por ello tenemos que engañar también a los demás.

-¿Has oído? Por segunda vez me dan la razón -dijo el Hombre Malo al Bueno.

Al poco rato encontraron a un señor que iba sentado en su coche.

-Detente un minuto, señor. Danos tu opinión sobre nuestra disputa. ¿Cómo se debe vivir, honradamente o inicuamente?

-¡Vaya una pregunta! Claro está que inicuamente. ¿Dónde está la justicia? Al que pide justicia le dicen que es un picapleitos y lo destierran a Siberia.

-Ya ves -dijo el Hombre Malo al Bueno-: todos me dan la razón.

-No me convencen -contestó el Bueno-; hay que vivir como Dios manda; suceda lo que suceda no cambiaré de conducta.

Se fueron ambos en busca de trabajo, y durante mucho tiempo anduvieron juntos. El Malo sabía halagar a la gente y se las arreglaba muy bien; en todas partes le daban de comer y de beber sin cobrarle nada y hasta le proveían de pan en tal abundancia que siempre llevaba consigo una buena reserva. El Bueno, no poseyendo la habilidad de su compañero, era muy desgraciado, y sólo a fuerza de trabajar mucho conseguía un poco de agua y un pedazo de pan; pero estaba siempre contento a pesar de que su compañero no dejaba de burlarse de su inocencia.

Un día, mientras caminaban por la carretera, el Bueno sintió gran hambre y dijo a su compañero:

-Dame un pedacito de pan.

-¿Qué me darás por él? -le preguntó el Malo.

-Pídeme lo que quieras.

-Bueno, te quitaré un ojo.

Y como el Bueno tenía mucha hambre, consintió; el Malo le quitó un ojo y le dio un pedacito de pan. Siguieron andando, y al cabo de un buen rato el Bueno tuvo otra vez hambre y pidió al Malo que le diese otro poco de pan; pero éste le dijo:

-Déjame sacarte el otro ojo.

-¡Oh amigo, ten compasión de mí! ¿Qué haré si me quedo ciego?

-¿Qué te importa? A ti te basta con ser bueno, mientras que yo vivo inicuamente.

¿Qué hacer? Era imposible resistir un hambre tan grande, y al fin el Bueno dijo:

-Quítame el otro ojo si no tomes la ira de Dios.

El Malo le vació el otro ojo, le dio un pedacito de pan y luego lo dejó en medio del camino, diciéndole:

-¿Crees que te voy a llevar siempre conmigo? ¡No era mala carga la que me echaba encima! ¡Adiós!

El ciego comió el pan y empezó a andar a tientas pensando en llegar a un pueblo cualquiera donde lo socorriesen. Anduvo, anduvo hasta que perdió el camino, y no sabiendo qué hacer empezó a rezar:

-¡Señor, no me abandones! Ten piedad de mí, que soy alma pecadora!

Rezó con mucho fervor, y de pronto oyó una voz misteriosa que le decía:

-Camina hacia tu derecha y llegarás a un bosque en el que hay una fuente, a la que te guiará el oído porque es muy ruidosa. Lávate los ojos con el agua de esa fuente y Dios te devolverá la vista. Entonces verás allí un roble enorme; súbete a él y aguarda la llegada de la noche.

El ciego torció a su derecha, llegó con gran dificultad al bosque, sus pies encontraron una vereda y siguió por ella, guiado por el rumor del agua, hasta llegar a la fuente. Cogió un poco de agua, y apenas se mojó las cuencas vacías de sus ojos recobró la vista. Miró alrededor suyo y vio un roble enorme, al pie del cual no crecía la hierba y la tierra estaba pisoteada; se subió por el roble hasta llegar a la cima, y escondiéndose entre las ramas se puso a aguardar que fuese de noche.

Cuando ya la noche era obscura vinieron volando los espíritus del mal, y sentándose al pie del roble empezaron a vanagloriarse de sus hazañas, contando dónde habían estado y en qué habían empleado el tiempo. Uno de los diablos dijo:

-He estado en el palacio de la hermosa zarevna. Hace ya diez años que estoy atormentándola; todos han intentado echarme del palacio, pero no logran realizarlo. Sólo me podrá echar de allí el que consiga una imagen de la Virgen Santísima que posee un rico comerciante.

Al amanecer, cuando los diablos se fueron volando por todas partes, el Hombre Bueno bajó del árbol y se fue a buscar al rico comerciante que tenía la imagen. Después de buscarlo bastante tiempo, lo encontró y le pidió trabajo, diciéndole:

-Trabajaré en tu casa un año entero sin que me des ningún jornal; pero al cabo del año dame la imagen que posees de la Santísima Virgen.

El comerciante aceptó el trato y el Hombre Bueno empezó a trabajar como jornalero, esforzándose en hacerlo todo lo mejor posible, sin descansar ni de día ni de noche, y al acabar el año pidió al comerciante que le pagase su cuenta; pero éste le dijo:

-Estoy contentísimo con tu trabajo, pero me da lástima darte la imagen; prefiero pagarte en dinero.

-No -contestó el campesino-. No necesito tu dinero; págame según convinimos.

-De ningún modo -exclamó el comerciante-; trabaja en mi casa un año más y entonces te daré la imagen.

No había más remedio que aceptar tal decisión, y el Hombre Bueno se quedó en casa del comerciante trabajando otro año. Al fin llegó el día de pagarle la cuenta; pero por segunda vez se negó el comerciante a darle la imagen.

-Prefiero recompensarte con dinero -le dijo-, y si insistes en recibir la imagen, quédate como jornalero un año más.

Como es difícil tener razón cuando se discute con un hombre rico y poderoso, el campesino tuvo que aceptar las condiciones propuestas; se quedó en casa del comerciante un año más, trabajando como jornalero con más celo aún que los anteriores. Acabado el tercer año, el comerciante tomó la imagen y se la entregó al campesino, diciéndole así:

-Tómala, hombre honrado, tómala, que bien ganada la tienes con tu trabajo. Vete con Dios.

El campesino cogió la imagen de la Santísima Virgen, se despidió del comerciante y se dirigió a la capital del reino, donde el espíritu del mal atormentaba a la hermosa zarevna. Anduvo largo tiempo, y por fin llegó y empezó a decir a los vecinos:

-Yo puedo curar a vuestra zarevna.

Inmediatamente lo llevaron al palacio del zar y le presentaron a la joven y enferma zarevna.

Una vez allí, pidió una fuente llena de agua clara y sumergió en ella por tres veces la imagen de la Santísima Virgen, entregó el agua a la zarevna y le ordenó que se lavase con ella. Apenas la enferma se puso a lavarse con el agua bendita, expulsó por la boca el espíritu del mal en forma de una burbuja; la enfermedad desapareció y la hermosa joven se puso sana, alegre y contenta.

El zar y la zarina se pusieron contentísimos, y en su júbilo no sabían con qué recompensar al médico: le proponían joyas, rentas y títulos nobiliarios, pero el Hombre Bueno contestó:

-No, no necesito nada.

Entonces la zarevna, entusiasmada, exclamó:

-Me casaré con él.

Consintió el zar y dispuso que se celebrase la boda con gran pompa y en medio de grandes festejos. Desde entonces el campesino Bueno vivió en palacio, llevando magníficos vestidos y comiendo en compañía del zar y de toda la familia real.

Transcurrido algún tiempo, el Hombre Bueno dijo al zar y la zarina:

-Permítanme ir a mi aldea; tengo allí a mi madre, que es una pobre viejecita, y quisiera verla.

El zar y la zarina aprobaron la idea; la zarevna quiso ir con él y se fueron juntos en un coche del zar, tirado por magníficos caballos.

En el camino tropezaron con el Hombre Malo. Al reconocerlo, el yerno del zar le habló así:

-Buenos días, compañero. ¿No me conoces? ¿No te acuerdas de cuando discutías conmigo sosteniendo que se obtiene más provecho viviendo inicuamente que trabajando honradamente?

El Hombre Malo quedó asombrado al ver que el Bueno era yerno del zar y que había recuperado los ojos que él le había quitado. Tuvo miedo, y no sabiendo qué decir, permaneció silencioso.

-No tengas miedo -le dijo el Hombre Bueno-; yo no guardo rencor nunca a nadie.

Y le contó todo: lo de la fuente maravillosa que le había hecho recobrar la vista, lo del enorme roble, sus trabajos en casa del comerciante, y por fin, su boda con la hermosa zarevna. El Hombre Malo escuchó todo con gran interés y decidió ir al bosque a buscar la fuente. «Quizá -pensó- pueda también encontrar allí mi suerte.»

Se dirigió al bosque, encontró la fuente maravillosa, se subió al enorme roble y esperó la llegada de la noche. A media noche vinieron volando los espíritus del mal y se sentaron al pie del árbol; pero percibiendo al Hombre Malo escondido entre las ramas, se precipitaron sobre él, lo arrastraron al suelo y lo despedazaron.

FIN

domingo, 29 de julio de 2018

Un voto - Leopoldo (Clarín) Alas

El drama se hundía. Ya era indudable. Los amigos que rodeaban a Pablo Leal, el autor, entre bastidores, ya no trataban de animarle, de hacerle tomar los ruidos que venían de la sala por lo que no eran. Ya no se le decía: «Es que algunos quieren aplaudir, y otros imponen silencio». El engaño era inútil. Callaban los fieles compañeros que le estaban ayudando a subir aquel que a ellos les parecía calvario. El noble Suárez, el ilustre poeta, vencedor en cien lides de aquel género… y derrotado en otras ciento, estaba pálido, tembloroso. Quería a Leal de todo corazón; era su protector en las tablas; él le había aconsejado llevar a la escena uno de aquellos cuadros históricos que Pablo escribía con pluma de maestro, de artista, y con sólida erudición. Creía, por ceguera del cariño, en el talento universal de su amigo, de su Benjamín, como él le llamaba, porque veía en Pablo un hermano menor.
«¡Cuánto padecerá! -pensaba Suárez-. Es más nervioso que yo, mucho más; es primerizo, y ¡yo, que ya estoy hecho a las armas padezco tanto cada vez que pierdo una de estas batallas!». Era verdad que él padecía mucho. Conocía al público mejor que nadie; sabía que era un ídolo de barrio… y le temía con un fetichismo artístico inexplicable. No era Suárez de los que creen que cuarenta o cuatro mil necios sumados pueden dar de sí una suma de buen criterio; despreciaba en sus adentros, como nadie, la opinión vulgar; pero creía que al teatro se va a gustar al público, sea como sea. Y transigía con él, y procuraba engañarle con oropel que añadía al oro fino de su ingenio; y como unas veces le aplaudían el oro y le silbaban el oropel, y otras veces al revés, y otras se lo silbaban todo por igual, o todo se lo aplaudían, insistía, desorientado, en su afán de vencer; pero daba mil tropiezos en aquella guerra indigna de su mérito, y a los estrenos iba a ciegas siempre, esperando el tallo como si fuese la bola de una ruleta que no se sabe dónde va a parar.
Y padecía infinito las noches de estreno. No comió aquel día; se le iba el santo al cielo; sentía náuseas, inquietud de calentura, y deseaba con ardor, aun más que el triunfo, que volara el tiempo, que pasara la crisis.
«¡Cuánto padecería aquel pobre Leal, que, más pensador que literato, sincero, artista de austera religiosidad estética, ignoraba las miserias y pequeñeces de los escenarios, las luchas de empresa, las cábalas de camarillas y cenáculos!».
Suárez miraba a su amigo con disimulo, y le veía sonreír, mientras se paseaba, entre aquellos lienzos arrumbados, en corto espacio, como en una jaula.
«Es claro que disimula, pensaba Suárez; pero lo hace muy bien. Si yo no supiera que es imposible no padecer en este trance, creería que él estaba muy tranquilo. En sus ojos yo no veo inquietud, amargura; no hay ningún esfuerzo en ese gesto plácido. Lo que es excitado, no lo está».
Y luego preguntó a su amigo:
-¿No sientes nada… aquí, por encima del estómago?
Leal se rió y dijo:
-No; no siento nada. ¿Es eso lo que se siente?
-Yo sí; eso. Toda la noche.
-Pues yo sólo siento… que esto se lo lleva la trampa. ¿No oyen ustedes? La dama grita, pero más gritan fuera…
En efecto, crecía el tumulto. Los amigos de Leal, los leales, los que le rodeaban, protestaban entre bastidores; contestaban, sin que desde fuera los oyesen, es claro, a los gritos del público.
-Conozco esa voz: es la de López, a quien Leal no votó en la Academia de la Historia.
-Y ese otro que dice que bajen el telón es Minuta, el director de El Gubernamental, el imitador de Campoamor…
Suárez callaba y observaba a Pablo, que volvía a pasear, al parecer tranquilo.
En fin, se hundió el drama. Cayó el telón entre murmullos. La dama, que se había destrozado la garganta, corrió a abrazar a Pablo, llorosa, gritando:
-¡Imbéciles! ¡No han querido oír! ¡No han querido enterarse!
Hubo que subir al saloncillo.
Ecce homo.
Allí había de todo. Amigos verdaderos, indignados de verdad; amigos falsos, más indignados al parecer. Pero a estos Pablo les leía en los ojos el placer inmenso que sentían.
Se discutió el drama, la competencia del público, hasta las condiciones acústicas del teatro. El talento del autor nadie lo ponía en tela de juicio. ¡Estaba él allí! Algunos, haciendo alarde de franqueza y mirando con delicia el efecto de sus palabras, decían que la cosa era una joya literaria pero acaso no era teatral. Otros gritaban: «Es teatral y es muy humana… y muy nueva… ¡El público es un imbécil!».
-Eso no -decía un autor que ni en ausencia se atrevía a ser irreverente con el público.
Un crítico, gran catador de salsas dramáticas y filarmónicas, crítico del Real, vamos, de óperas, y constante lector de Shakespeare, hizo la anatomía del drama y del estreno. El drama era demasiado científico y pecaba de idealista. Suárez reparó que Leal, que todo lo había oído sin dejar el gesto de placidez, miró un momento con ira al químico que quería pincharle con disparates romos. El químico aborrecía a Leal, que le había tenido que dar varias lecciones en las disputas de café.
La sesión del saloncillo venía a ser una capilla… a posteriori, después del suplicio.
Pero pasó también. Pasó todo. Leal, Suárez y los demás íntimos salieron del teatro ya muy tarde; y como hacía buena noche de luna, de templado ambiente, recorrieron calles y calles sin acordarse de que había camas en el mundo. Suárez era quien más hacía por mantener la conversación; quería retrasar todo lo posible el momento de dejar a Leal a solas con sus impresiones. Ya cerca del amanecer entraron en un café y cada cual tomó lo que quiso. Leal prefirió una copa de Jerez. ¡Cosa más rara! El vinillo le puso alegre, pero de veras; era imposible que se pudiera fingir aquel contento. Suárez acabó por sentir más curiosidad que lástima. ¿Por qué demonio, siendo tan nervioso su amigo, y no siendo un santo, no padecía más con la derrota de aquella noche y con los alfilerazos del saloncillo? Lo que hacía Leal era procurar que no se hablase de su drama, ni del público, ni de la crítica. Con mucha naturalidad llevó la conversación a cosas más elevadas; se habló de la psicología de las multitudes, del altruismo, de la vida de familia, y de si era compatible con las grandes empresas de abnegación, de reforma social. Pablo opinaba que sí; que por el amor del hogar debían irse organizando todos los amores superiores, para ser efectivos, para perder el carácter de abstracción que generalmente revisten y les quita fuerza… Leal se exaltaba hablando de aquello; de la necesidad de fundarlo todo en el cariño real de la familia… Mucho hablaron, mucho. Pero al fin vino el sueño, y Suárez se despidió del autor derrotado, seguro de que lo primero que haría Pablo al verse en la cama… sería dormirse.
* * *
Pasó mucho tiempo, y Suárez no se atrevía a preguntar a Leal de dónde había sacado fuerzas para pasar con tal serenidad por las amarguras de aquella terrible noche.
Pero un día, hablando de teología y de religión, Pablo se lo explicó todo espontáneamente, dándole la clave del misterio, por vía de ejemplo de ciertas demostraciones.
Se trataba de varios artículos recientes de filósofos extranjeros, -acerca de legitimidad racional de la plegaria. Salieron a relucir las novísimas teorías referentes a la creencia; se comentó la filosofía de Renouvier; se habló de otros defensores de la tesis de la contingencia, del autor de Las tres dialécticas, Gourd; y llegando Leal a decir algo suyo, de experiencia personal, se explicó de esta manera:
-Yo perdono a los espíritus geométricos su intransigencia esquinada, su inflexibilidad, su cristalización fatal, congénita, y no me irrito cuando me dicen que me contradigo, y me llaman místico, soñador,dilettante, etc., etc. No pueden ellos comprender esta plasticidad del misterio; la seguridad con que se apoya, si no los pies, las alas del espíritu, en la bruma de lo presentido, de la intuición inspirada. No comprenderán, imposible, por ejemplo, a Carlyle cuando nos habla de la adoración legítima del mito mientras es sincera; no comprenderán, imposible, a Marillior cuando distingue el mito racional de la última razón metafísica de la religión. Y, sin embargo, es una pretensión ridícula querer elevarnos por encima de los límites de nuestra pobre individualidad, y hacernos superiores a las influencias de raza, clima, civilización, nacionalidad, tiempo, etc., etc., sin más fundamento que la idea de que el conocimiento realmente científico necesita, para ser, prescindir de todas las influencias históricas. ¿Quién se atreve a personificar en sí el sujeto puro de la ciencia pura? Pero otra cosa es la legitimidad de la creencia racional, no incompatible con lo que la conciencia nos da como lo más conforme a verdad, según el adelanto especulativo que alcanzamos. Así como en derecho positivo nadie tiene por absurdas las formas residuales del primitivo o antiquísimo derecho simbólico, así estos nobles residuos, racionales, de creencias antiguas pueden entrar en nuestra vida moral, no en calidad de ciencia, pero sí de creencia y culto y devoción personal, que nadie ha de imponer a nadie. Yo, v. gr., soy de los que rezan, de los que adoran; y no por seguir al pie de la letra la teología ortodoxa, ni por inclinarme a las teorías de que hablábamos, relativas a la contingencia, a las voliciones divinas nuevas, al indeterminismo primordial. Yo no pido a Dios que por mí cambie el orden del mundo; rezo deseando que haya armonía entre mi bien, el que persigo, y ese orden divino; rezo, en fin, deseando que mi bien sea positivo, real, no una apariencia, un engaño de mi corazón. Y con tal sentido, me animo a mejorar moralmente, a hacerme menos malo, no sólo por la absoluta ley del deber, sino pensando en la flaqueza de mi interesada pequeñez de alma; también por esa especie de pacto místico, inofensivo por lo menos, en que ofrecemos a Dios el sacrificio de una pasión, de un falso bien mundano, a cambio de que exista esa anhelada armonía entre el orden divino de las cosas y un deseo nuestro que tenemos por lícito. Cualquier jurista podrá ver que no es esto imponer una condición para el sacrificio, pues en buen derecho, la condición es acontecimiento futuro e incierto, que puede ser o no ser… y esta armonía que deseo entre mi anhelo y el orden de las cosas no es contingente.
-Vamos -dijo Suárez-, eso es la filosofía, más o menos ecléctica, del voto.
-Sí; yo hago votos. Y no me avergüenzo. Algunas veces me han servido para salir menos mal de situaciones difíciles. Oye un ejemplo… del que no he hablado nunca a nadie… ¿Te acuerdas del naufragio de aquel drama histórico mío, que tú me hiciste llevar al teatro?
-¡Pues no he de acordarme!…
-¿Y no te acuerdas de que yo estuve aquella noche bastante sereno, con gran asombro tuyo?
-Sí, hombre; y por cierto que no pude explicarme nunca…
-Pues vas a explicártelo ahora. Por aquellos días, yo tenía a mi único hijo, de seis años, enfermo de algún cuidado, fuera de Madrid, en una aldea del Norte, adonde le había llevado su madre por consejo del médico. Yo me fui con ellos. Mi drama se ensayó, como recordarás, durante mi ausencia. Me llamaban desde Madrid, pero yo no quería separarme de mi hijo. El médico del pueblo, hombre discretísimo, me aseguró que la enfermedad de mi hijo no ofrecía peligro, y que de fijo sería larga; que en aquellos ocho días que yo necesitaba para ir y volver, nada de particular podría pasar. Mi mujer apoyaba al médico; lo mismo los demás parientes y los amigos; vosotros desde Madrid me apurabais encareciendo la necesidad de mi presencia… Dejé a mi hijo; pero es claro que de él tenía noticia telegráfica dos veces al día. En cuanto estuve lejos de los míos, el dolor de la ausencia fue mi principal sentimiento; lo del drama quedaba relegado a segundo término… Hasta me remordía la conciencia, a ratos. Mil veces estuve tentado de volver al lado del enfermo, echando a rodar todas las vanidades de artista… Las noticias del pueblo eran satisfactorias, el niño mejoraba.. Pero el telegrama que recibí la noche anterior a la del estreno me alarmó; la madre, veladamente, me indicaba un retroceso, el ansia de que yo volviera pronto. Todos los que leían el telegrama me aseguraban que no había en él motivo para tristes presentimientos… Pero yo los tenía tales, que eran una angustia indecible. Mientras vosotros, en casa, en el teatro, me hablabais, entre bromas cariñosas, de las emociones del autor, de la capilla… yo pensaba en lo otro, en la otra crisis; y cuando no me veía nadie apoyaba la cabeza en una pared para descansar; porque me abrumaba el peso de mi agonía, el plomo de tantas ideas siniestras que me llenaban el cerebro… Dolor y remordimiento… ¿Por qué no huí? ¿Por qué no os dejé con vuestro estreno dichoso y no eché a correr al lado de los míos…? No lo sé. Porque me daba vergüenza; por falta de fuerzas para toda resolución; porque, en buena lógica, yo también juzgaba irracionales mis temores… Acaso, y esto aún me avergüenza, porque, sin darme yo cuenta de ello, me retenía la vanidad del autor, aquella miseria… Lo que hice para calmar mis remordimientos, por acto también de amor puro a mi hijo, y, valga la verdad, con fe y esperanza realmente religiosas, fue ofrecer a Dios un voto, un voto en el sentido que te he explicado antes. «Señor, venía a ser mi pensamiento, yo ofrezco en cambio de un telegrama que me anuncie una gran mejoría de mi hijo enfermo, de una noticia que me quite esta horrible incertidumbre, este tormento de presentir vagamente una desgracia superior a mi resistencia, yo ofrezco los viles despojos de un naufragio de mi pobre vanidad; juro con todas las veras de mi alma, que a cambio de la salud de mi hijo, deseo vivamente la derrota de mi amor propio, la muerte de este otro hijo del ingenio, hijo metafórico, que no tiene mi sangre, que no es alma de mi alma. Muera el drama… y que baje por lo menos a 37 y unas décimas la temperatura de mi Enriquín… Que Dios quiera que esto deba ser así, que esté en el orden que sea… y prometo recibir la silba con toda la serenidad que pueda, pensando en cosas más altas, de piedad, de caridad, de filosofía…».
“A las ocho y cuarto de la noche terrible… recibí un telegrama en que se me daba la enhorabuena en nombre del médico, porque el niño experimentaba una mejoría que tenía trazas de ser definitiva, anuncio de franca y pronta curación… Mi alegría fue inmensa; mi enternecimiento inefable; mi fe, de granito. Noté que a los demás el telegrama les hacía poco efecto, porque no habían creído en el peligro… y porque no eran los demás padres de Enriquín. En aquel éxtasis de reposo moral, de emoción religiosa, me cogió como un torbellino la realidad brutal del estreno… No sé cómo llegué al teatro; me vi rodeado de gente… La dama me preguntó si estaba bien caracterizado el personaje con aquella ropa, aquellas arrugas… ¡qué sé yo! Aquel infierno de las vanidades me arrancó por algunos momentos el recuerdo de mi felicidad, de la gran noticia que me habían mandado desde mi hogar querido… No volví a pensar en la dicha de tener a mi hijo fuera de cuidado… hasta que me dieron el primer susto las señales de desagrado que empezaron a venir de la sala, que yo no veía… Yo no esperaba un descalabro; esperaba un buen éxito; sobre todo creía en mi drama. Llegaba, por lo visto, el momento de cumplir el voto; había que alegrarse, desear la derrota… Era el precio de la salud de mi hijo. Saqué fuerzas de flaqueza…, elevé cuanto pude el corazón y las ideas…, y aunque tropezando y cayendo en el camino de aquel Calvario… de menor cuantía, al fin creo que conseguí no hacerme indigno del premio de mi promesa. Si no con perfección, al cabo cumplí mi voto.
“Te aseguro, mi querido poeta, que representándome las sonrisas de mi hijo redivivo; la dicha que me aguardaba en sus primeras caricias; la felicidad de llorar de placer juntos y de dar gracias a Dios la madre, el padre y el hijo…; las injurias de aquella noche horrible no me llegaban a lo más hondo de las entrañas… No era yo del todo el que recibía aquellos agravios. Yo, más que el autor de mi pobre drama, era el padre de mi pobre hijo. Este no podían matármelo los morenos. Dios quería librarlo de las garras de la fiebre; un enemigo mucho más serio que el público de los lunes clásicos.
FIN

sábado, 28 de julio de 2018

El gigante Verlioka - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

En tiempos remotos vivía en una cabaña un anciano con su mujer y sus dos nietas huérfanas. Eran tan preciosas y dóciles que sus abuelos estaban constantemente alabándolas.

Un día el anciano sembró en su huerto guisantes. Los guisantes crecieron y se cubrieron de flores; el anciano contemplaba su huerto con gran satisfacción, pensando para sus adentros:

«Durante todo el invierno próximo podré comer pasteles con guisantes.»

Pero, para desgracia del anciano, los gorriones invadieron el huerto y empezaron a picotear los guisantes. Viendo en peligro su cosecha, mandó a su nieta menor que espantase los gorriones, y ésta, provista de una rama seca, se sentó en el huerto al lado de los guisantes y empezó a amenazar a los pájaros malhechores, gritándoles:

-¡Fuera, fuera, gorriones! ¡No se coman los guisantes de mi abuelito!

De pronto se oyó un espantoso ruido por el lado del bosque y apareció el gigante Verlioka. Era de un aspecto terrible: tenía un solo ojo, la nariz como un garfio, la barba como un haz de paja, el bigote de una vara de largo y la cabeza cubierta con púas de puerco espín; andaba apoyándose en un enorme cayado y sonreía con una sonrisa espantosa.

Cuando se encontraba con algún ser humano lo estrechaba entre sus robustos brazos hasta que le hacía crujir los huesos y lo mataba. No tenía piedad ni de viejos ni de jóvenes, y lo mismo acometía a los cobardes que a los valientes. Apenas Verlioka divisó a la nieta del anciano, la mató con su cayado.

El abuelo esperó un rato a la niña. Al ver que no volvía envió a su nieta mayor a buscarla, pero Verlioka la mató también.

El anciano, cansado de esperarlas, perdió la paciencia y dijo a su mujer:

-¿Por qué tardan tanto en volver las niñas? Se habrán entretenido charlando con los mozos; mientras tanto los gorriones devorarán mis guisantes. Ve y llámalas a casa.

La anciana bajó de su lecho, sobre la estufa, cogió un bastón, salió al patio y se encaminó al huerto, donde se encontró a sus nietas sin vida; al percibir a Verlioka comprendió que aquella desgracia era obra del gigante. Llena de dolor y de ira, se abalanzó a él y se agarró a sus barbas, con lo que Verlioka la mató con mucha más facilidad.

En tanto, el anciano, lleno de impaciencia, se levantó de la mesa, rezó sus oraciones y se fue despacito al huerto para ver lo que les había sucedido a su mujer y a sus nietas. Una vez allí vio a sus queridas niñas tendidas en el suelo como si durmiesen tranquilamente; pero una de ellas tenía toda la frente ensangrentada y en el cuello de la otra se veía la señal de cinco dedos; en cuanto a la anciana, estaba tan destrozada que era imposible reconocerla.

El desgraciado viejo lloró con desconsuelo, gimiendo y lamentándose durante un largo rato; pero poco a poco se tranquilizó, volvió a su cabaña, cogió un cayado de hierro y, lleno de ira y de ideas de venganza, se dirigió en busca de Verlioka para matarlo.

Después de andar bastante tiempo llegó a un estanque donde estaba nadando una Oca sin cola, la cual al ver al anciano empezó a gritarle:

-¡Así! ¡Así! Estaba segura de que vendrías; por eso te esperaba. ¿Cómo te va, abuelo?

-Buenos días, Oca. ¿Por qué me esperabas?

-Porque sabía que no perdonarías ni aun al mismo Verlioka la muerte de tu mujer y de tus nietas.

-¿Y tú conoces a ese monstruo?

-¡Ya lo creo! ¿Cómo no he de conocerle? Me acuerdo muy bien del día en que se puso a pegar en este mismo sitio a un desgraciado. Yo entonces tenía la costumbre de decir ¡ay!, ¡ay!, y mientras Verlioka se divertía en la orilla, yo le gritaba sentada en el agua: «¡Ay!, ¡ay!» Entonces él, después de matar a aquel pobre hombre, corrió a mí, gritándome: «¡Yo te enseñaré a defender a los demás!» Y me cogió por la cola. Pero yo nunca he sido cobarde y, haciendo un esfuerzo, me escapé, dejando mi cola entre sus manos espantosas. Claro está que la cola no es una cosa imprescindible; pero, de todos modos, siento haberla perdido y nunca se lo perdonaré a Verlioka. Desde entonces no soy tan tonta, y ya no grito «¡Ay!, ¡ay!», sino que siempre apruebo: «¡Así!, ¡así!, ¡así!»; de lo que resulta que vivo más tranquila y la gente me respeta más. Todos dicen: «Esta Oca no tendrá cola, pero es muy lista.»

-Está bien -dijo el anciano-; entonces, ¿podrás enseñarme dónde vive Verlioka?

-¡Así! ¡Así! -contestó la Oca, saliendo del agua. Balanceándose sobre sus torpes patas se encaminó por la orilla, delante del anciano.

Así anduvieron hasta que se encontraron en el camino una Cuerdecita, que les dijo:

-Buenos días, abuelito.

-Buenos días, Cuerdecita.

-¿Cómo estás? ¿Adónde vas?

-Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, quien ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Tan hermosas y buenas como eran!

-Conocía a tus nietas y a tu mujer y quiero ayudarte. ¡Llévame contigo!

El anciano pensó: «¡Quién sabe! Quizá me sirva para atar a Verlioka.» Y contestó:

-Pues bien, ven con nosotros si conoces el camino.

La Cuerdecita se arrastró tras ellos como si fuese una culebra. Anduvieron los tres un buen rato y vieron un Pisón tendido en la carretera, el cual les dijo:

-Buenos días, abuelito.

-Buenos días, Pisón.

-¿Cómo estás? ¿Adónde vas?

-Estoy ni bien ni mal y voy a castigar a Verlioka, que ha ahogado a mi vieja mujer y matado a mis dos nietas. ¡Si supieses qué hermosas y buenas eran!

-Llévame contigo y te ayudaré.

-Bueno, anda si conoces el camino -le dijo el anciano, pensando: «Realmente, el Pisón podrá ayudarnos mucho.»

El Pisón se levantó, se apoyó con el asa en el suelo y se puso a caminar a saltos. Así anduvieron hasta que encontraron una Bellota, que les dijo:

-Buenos días, abuelito.

-Buenos días, Bellota.

-¿Adónde vas?

-Voy a matar a Verlioka; no sé si lo conocerás.

-Ya lo creo que lo conozco. Es necesario castigarlo; llévame contigo y te ayudaré.

-Pero tú, ¿de qué me vas a servir?

-No me desprecies, abuelito. Acuérdate del proverbio que dice: No escupas en el pozo, porque tendrás que beber su agua.

El anciano pensó: «No hay inconveniente en que venga con nosotros; cuanta más gente haya, mejor será.»

Y luego, en alta voz, dijo:

-Vente detrás.

Pero la Bellota se puso a saltar delante de todos.

Al fin llegaron a un espeso bosque y vieron una cabaña en cuyo interior no había nadie. La lumbre del horno estaba apagada y sobre el hogar había un puchero lleno de gachas de mijo.

La Bellota se metió de un salto en el puchero, la Cuerdecita se tendió en el umbral de la puerta, el Pisón se subió encima de ésta, la Oca se sentó detrás de la estufa y el anciano se escondió en un rincón al lado de la puerta.

Pronto llegó Verlioka, echó un haz de leña al suelo y se puso a encender la lumbre del horno. Entonces la Bellota, desde dentro del puchero, empezó a cantar:

-¡Pi, pi, pi, han venido a matar a Verlioka!

-¡Calla, papilla de mijo, o te echaré en el cubo! -exclamó Verlioka.

Pero la Bellota no lo obedeció y siguió cantando su canción. Verlioka se enfadó, cogió el puchero y de un golpe vertió las gachas en el cubo. Al choque, la Bellota saltó y fue a dar en el único ojo de Verlioka, dejándolo ciego. El gigante quiso escapar y echó a correr; pero apenas llegó al umbral, la Cuerdecita se le enredó a los pies y lo tiró al suelo.

El Pisón saltó de la puerta, y el anciano se precipitó sobre Verlioka desde el rincón donde estaba escondido y ambos se pusieron a pegarle. Mientras tanto, la Oca, sentada detrás de la estufa, aprobaba diciendo: «¡Así!, ¡así!, ¡así!»

Esta vez no le sirvió a Verlioka su fuerza, pues el anciano, con la ayuda de sus buenos amigos, logró matarlo y librar a la gente de un monstruo espantoso.


FIN