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viernes, 27 de julio de 2018

Tirso de Molina - Leopoldo (Clarín) Alas

El siglo tan desmedrado,
¿Para qué nos resucita?
¿Momias no tiene infinitas?
¿Qué harán las nuestras en él?
-QUEVEDO (Álbum, al conde de San Luis.)

Nevaba sobre las blancas, heladas cumbres. Nieve en la nieve, silencio en el silencio. Moría el sol invisible, como padre que muere ausente. La belleza, el consuelo de aquellas soledades de los vericuetos pirenaicos, se desvanecía, y quedaba el horror sublime de la noche sin luz, callada, yerta, terrible imitación de la nada primitiva.
En la ceniza de los espesos nubarrones que se agrupaban en rededor de los picachos, cual si fueran a buscar nido, albergue, se hizo de repente más densa la sombra; y si ojos de ser racional hubieran asistido a la tristeza de aquel fin de crepúsculo en lo alto del puerto, hubieran vislumbrado en la cerrazón formas humanas, que parcelan caprichos de la niebla al desgarrarse en las aristas de las peñas, recortadas algunas como alas de murciélago, como el ferreruelo negro de Mefistófeles.
En vez de ir deformándose, desvaneciéndose aquellos contornos de figura humana, se fueron condensando, haciendo reales por el dibujo; y si primero parecían prerrafaélicos, llegaron a ser después dignos de Velásquez. Cuando la obscuridad, que aumentaba como ávida fermentación, volvió a borrar las líneas, ya fue inútil para el misterio, porque la realidad se impuso con una voz, vencedora de las tinieblas: misión eterna del Verbo.
-Hemos caído de pie, pero no con fortuna. Creo que hemos equivocado el planeta. Esto no es la Tierra.
-Yo os demostraré, Quevedo, con Aristóteles en la mano, que en la Tierra, y en tierra de España estamos.
-¿Ahí tenéis al Peripato y no lo decíais? Y en la mano; dádmelo a mí para calentarme los pies metiéndolos en su cabeza, olla de silogismos.
-No os burléis del filósofo maestro de maestros.
-¡Ah, señor Cano, como estos vericuetos; ah, señor Nieves, y qué atrasadilla me parece su teología, ahora que he viajado tanto por otros mundos altos!
-No habléis de eso, y, busquemos donde cenar.
-¡Ah, Tirso; ah, fraile! Como vuestro clerigón, ¿no llamaréis a Dios bueno hasta que cenéis? Cenad ex nihilo, porque otra cosa no hay por aquí, a lo que no veo.
-Señores, sin ser yo tan ilustre lógico cual esta gloria de Trento, ni menos teólogo, como no sea en verso, creo que antes de la cena, que no es idea simple, que no es categoría, debemos pensar en el sitio, en el lugar, que si es categoría. Porque yo, por ahora, dudo que estemos en parte alguna. Y donde no hay espacio, no hay cena.
-Pero hay frío, señor Calderón.
-Bien dice Lope. Procuremos orientarnos. Es decir, oriente ahora no se puede buscar, pero según lo que yo pude colegir cuando caímos, ya cerca de este globo, a la luz del Sol y antes de penetrar en las nubes de nieve, dentro de España estamos, y sobre altísimas montañas, y del mar no muy lejos; de modo que éstos deben de ser los Pirineos, y acaso los de mi tierra, porque yo, señores míos, siento un no sé qué de bienestar de que no me hablan vuestras mercedes.
-Natural me parece, insigne Jovellanos, que seáis vos, de tiempos de mejor brújula que los nuestros, quien nos deje barruntar en dónde estamos. Pero yo daría mi Buscón por una buscona que me hiciese topar ahora, no con la madre Venus, sino con su digno esposo Vulcano, para que me fabricase una cama donde dormir, menos fría que este suelo.
-Señores, yo vuelvo a mi Aristóteles, y digo…
-Teólogo, tenéis razón; seamos peripatéticos, discurramos con los pies, y a ver si a fuerza de discurrir probamos algo… algo caliente.
Una voz nueva resonó entonces en aquellas soledades como suave música, y era la de fray Luis de León, también expedicionario, que decía:
-Amigos queridos, esta noche más ha de ser de penitencia, de ayuno, que de hartazgo; porque, si he de hablar con franqueza, nuestra vuelta al mundo terrenal más me parece castigo que otra cosa. Pecamos, pecamos; pequé yo a lo menos, -y si en buena teología esto no se puede llamar pecado, llámelo D. Melchor como quiera o convenga; -pequé digo, deseando lo que en soledades de mi dicha, de allá arriba, nunca creí que se podría desear. ¡Ay, sí! El engaño, como siempre. El desengaño, igual. En esta tierra obscura, sepultada en noche y en olvido, ¿qué me había quedado a mí? Si vivía en la alma región luciente, ¿a qué querer, como quise, saber algo de la mísera Tierra? Fue vanidad, sin duda. Moviome el apetito de saber si aquella larva que yo por acá había dejado, y que el mundo llamó mi gloria, se había desvanecido, cual mis despojos, o algo había quedado de ella, aunque no fuera más que un soplo que fuese callado por la montaña…
-¡Ay, señor fray Luis de León! -interrumpió Lope- a todos creo yo que nos escuece el mismo remordimiento. Yo, que al morir dije, según cuentan, pues yo no me acuerdo, que daría todas mis comedias, que eran humo, por un poco de gracia al entregar el alma a Dios, ahora me veo aquí desterrado del cielo, si así puedo decirlo, por la pícara vanidad de oler si algo todavía se dice por el mundo del montón infinito de mis coplas.
Todos fueron confesando pecado semejante. A todos aquellos ilustres varones les había picado la mosca venenosa de la vanagloria cuando gozaban la gloria no vana, y habían deseado saber algo de su renombre en la Tierra. ¿Se acordarían de ellos aquí abajo? Y el castigo había sido dejarlos caer, juntos, en montón, de las divinas alturas, sobre aquella nieve, en aquellos picachos, rodeados de la noche, padeciendo hambre y frío.
* * *
Como pudieron, de mala manera, empezaron a caminar sobre la nieve, procurando descender, por si encontraban más abajo rastro de senda que los guiara a vivienda humana, o por lo menos a lugar menos desapacible donde aguardar el día y aguantar el hambre. Porque es de advertir que aquellos desterrados del cielo, en cuanto pisaron tierra volvieron a sentir todas las necesidades propias de los que andamos vivos por estos valles de lágrimas.
Jovellanos, por varios signos topográficos, y más por revelaciones del corazón, insistía en su idea de que estaban sobre alguna montaña de Asturias. Los otros llegaron a creerle, y como práctico le tomaron, y detrás de él marchaban dejándole guiar la milagrosa caravana por las palpables tinieblas adelante.
-Para mí, señores, estamos en alguno de los puertos que separan a León de mi tierra.
-Pues entonces, a fe de Quevedo, que ya sé quién nos va a dar posada. El oso de Favila.
-Ese no; pero otros no deben de andar lejos.
Notó Lope que el terreno que había llegado a pisar apenas tenía ligera capa de nieve y era llano.
-¡No tan llano, por Cristo! -gritó Quevedo, que dio un tropezón y tuvo que tocar la blanca alfombra con las manos. Sintió al tacto cosa dura y que ofrecía una superficie convexa y pulida.
-Señores, -exclamó- aquí hay trampa; con los pies tropecé en una barra, y entre los dedos tengo otra.
Agachose Jovellanos, y tras él los demás, y notaron que bajo la nieve se alargaban dos varas duras como el hierro, paralelas…
-Esto ha de ser un camino, -dijo D. Gaspar-; tal vez los modernos atraviesan estas montañas de modo que a nosotros nos parecería milagroso si lo viéramos… Yo tengo escrito un viaje que llamo de Madrid a Gijón, y en él expreso el deseo de que algún día…
-¡Jesús nos valga!… -interrumpió Calderón; entramos en un antro, en una cárcel… aquí toco una pared fría que chorrea… y aquí otra pared…
-Entramos, por lo visto, en la cueva de un oso. Ya tenemos posada. Dios nos libre del huésped…
Interrumpió a Quevedo y pasmó a todos un quejido terrible, intenso, que sonó lejos; un silbido ensordecedor y poderoso, de monstruo desconocido… Y de repente vieron a gran distancia un punto rojo de luz, que se acercaba; y oyeron estrépito de cadenas y mil infernales choques de hierro contra hierro, bramidos horrísonos. Un monstruo inmenso, negro, que se les echaba encima para devorarlos, les hizo, con el terror, caer en tierra. Todos se pegaron, cuan largos eran, a la fría pared que sudaba una asquerosa humedad. Los más cerraron los ojos; pero algunos, como fray Luis de León y Jovellanos, tuvieron ánimo para contemplar el peligro, y vieron pasar, como un relámpago, inmenso dragón negro, vomitando ascuas, rodeado de humo…
-No hemos caído en la Tierra, sino en el infierno, -dijo Quevedo cuando todos estuvieron en pie, algo menos asustados, si no tranquilos.
-Salgamos de esta cueva maldita, si podemos, -propuso Tirso.
-Volvamos sobre nuestros pasos…
-Sí, una honrosa retirada.
Salieron como pudieron de la cueva, antro o lo que fuese; y no teniendo en las tinieblas modo de orientarse mejor, procuraron seguir la dirección que señalaban aquellas barras de hierro que de vez en cuando sentían bajo los pies.
-Esto es un camino, señores; no me cabe duda, -dijo el autor del Informe sobre la ley Agraria.
-Un camino infernal.
-No, D. Francisco, un camino… de hierro, pues hierro es esto que pisamos.
-Bien, pero es cosa del diablo. ¿Cómo creéis que estemos en la Tierra? ¿Cría la Tierra monstruos como ése de fuego que por poco nos aplasta?
-¿Quién sabe -dijo fray Luis- si los pecados de los hombres han convertido el mundo en mansión de terribles fieras traídas del Averno?
-¡Y aquí venimos a buscar gloria mundana! ¡Y pensábamos que en la Tierra quedaría memoria de nosotros, y la Tierra es vivienda de sierpes y vestiglos! ¡Oh! ¿quién nos sacará de aquí?
-Sigamos, sigamos, -dijo Tirso.
-Señores, atención -exclamó Lope, que iba delante con Jovellanos. -O el miedo me hace ver las estrellas, o una brilla enfrente de nosotros.
-¿Estrella terrestre? Llámese candil.
-Sí, dijo Tirso; -allí una luz verde… y más abajo, ¿no ven ustedes otra rojiza?…
-Sí, y ésta parece que se mueve…
-¡Ya lo creo! Hacia nosotros viene… ¿Qué hacemos?
-Señores, a fe de Quevedo, que me canso de ser cobarde; yo de aquí no me muevo; venga lo que viniere, más puede en mí el ansia de saber qué mundo es éste y qué monstruos nos asustan, que el amor al pellejo…
Nadie quiso ser menos valiente; y todos, a pie quieto, esperaron el terrible peligro desconocido que se acercaba.
La luz, cerca del suelo, avanzaba, avanzaba… De repente, un silbido estridente hizo temblar el aire; cien ecos de los montes repitieron como un coro de quejidos prolongados el melancólico estrépito… Aunque la obscuridad era tanta, pudieron nuestros héroes distinguir entre la nieve una masa negra que con marcha lenta y uniforme a ellos se acercaba.
Nadie se echó a tierra, nadie tembló, nadie cerró los ojos. Como inmenso gusano de luz, el monstruo tenía bajo la panza bastante claridad para que por ella se pudiera distinguir la extraña figura. Era un terrible unicornio, que por el cuerpo negro arrojaba chispas y una columna de humo. Montado sobre el lomo de hierro llevaba un diablo, cuya cara negra pudieron vislumbrar a la luz de un farolillo con que el tal demonio parecía estar mirándole las pulgas a su cabalgadura infernal…
Pasó la visión espantosa rozando casi con los asombrados inmortales, que, para no ser atropellados, tuvieron que retroceder un paso…
Quevedo, decidido a ser quien era, y Jovellanos con ansia infinita de saber algo nuevo e inaudito, miraron con atención firme, cara a cara, el endriago que se les echaba encima, y los dos a un tiempo, en alta voz, sin darse cuenta de lo que hacían, exclamaron:
-«¡Tirso de Molina!»
-Presente -dijo el fraile.
-No es eso -exclamó el autor del Buscón. -Es que en el lomo de ese monstruo de hierro que acaba de pasar, a la luz del farolillo de aquel diablo, he leído en letras de oro… eso: Tirso de Molina.
-¿Mi nombre?
-Sí -dijo D. Gaspar-. Tirso de Molina; en letras doradas, grandes. Yo lo leí también.
-¿Y qué debemos pensar? -preguntó Cano.
-Nada bueno -dijo Lope.
-Nada malo -dijo Quevedo.
En aquel momento, el monstruo, que se llamaba como el Maestro Téllez, retrocedía deteniéndose pacífico, humilde, sin ruido, cerca de los pasmados huéspedes celestiales. «Tirso de Molina», leyeron todos en el costado del supuesto vestiglo. Un hombre cubierto con un capote pardo, alumbrándose con una linterna, pasó cerca, y se detuvo a inspeccionar el raro artefacto, que por tal lo empezó a tener Jovellanos, adivinando algo de lo que era.
-Señores, -dijo el desconocido en buen castellano, al notar que varios caballeros, entre ellos clérigos, y frailes algunos por lo visto, rodeaban la máquina; -señores, al tren, que aquí se para muy poco.
-¿Al tren? ¿Y qué es eso? -preguntó Quevedo.
-Pero ¿dónde estamos? -dijo D. Gaspar.
-¿Pues no lo han oído? En Pajares.
Mediaron explicaciones. El mozo de estación creyó que se las había con locos, y los dejó en la obscuridad; pero Jovellanos fue atando cabos, y sobre poco más o menos, aquellos ilustres varones supieron de qué se trataba.
Estaban en la Tierra; los hombres atravesaban las montañas en máquinas rapidísimas, movidas por el fuego, ¡y esas máquinas se llamaban… como ellos! Aquella, Tirso de Molina; otras, de fijo, se llamarían Jovellanos, Quevedo, Cervantes… como los demás hijos ilustres de España.
-Señores -dijo D. Gaspar, -ya lo veis; el mundo no está perdido, ni vosotros olvidados. Ilustre poeta mercenario, ¿qué dice vuestra merced de esto? ¿Sábele tan mal que a este portento de la ciencia y de la industria le hayan puesto los hombres de este siglo el seudónimo glorioso de Tirso de Molina?
Sonrió Tirso, y con toda sinceridad se declaró satisfecho al encontrarse con tal tocayo.
-Verdad es que no lo siento. Pero a mal mundo hemos venido si queríamos para siempre curarnos de vanidades.
-¡Oh, quién sabe, quién sabe! Acaso no lo sean -advirtió don Gaspar. -La gloria que da el mundo no es gloria; pero agradecer el recuerdo, el cariño de los míseros mortales, acaso no sea indigno de los bienaventurados.
FIN

jueves, 26 de julio de 2018

El gato y la zorra - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Érase un campesino que tenía un gato tan travieso, que su dueño, perdiendo al fin la paciencia, lo cogió un día, lo metió en un saco y lo llevó al bosque, dejándolo allí abandonado.

El Gato, viéndose solo, salió del saco y se puso a errar por el bosque hasta que llegó a la cabaña de un guarda. Se subió a la guardilla y se estableció allí. Cuando tenía ganas de comer cazaba pájaros y ratones, y después de haber satisfecho el hambre volvía a su guardilla y se dormía tranquilamente. Estaba contentísimo de su suerte.

Un día se fue a pasear por el bosque y tropezó con una Zorra. Ésta, al ver al Gato, se asombró mucho, pensando: «Tantos años como llevo viviendo en este bosque y nunca he visto un animal como éste.»

Le hizo una reverencia, preguntándole:

-Dime, joven valeroso, ¿quién eres? ¿Cómo has venido aquí? ¿Cómo te llamas?

El Gato, erizando el pelo, contestó:

-Me han mandado de los bosques de Siberia para ejercer el cargo de burgomaestre de este bosque; me llamo Kotofei Ivanovich.

-¡Oh Kotofei Ivanovich! -dijo la Zorra-. No había oído ni siquiera hablar de tu persona, pero ven a hacerme una visita.

El Gato se fue con la Zorra, y llegados a la cueva de ésta, ella lo convidó con toda clase de caza, y entretanto le preguntaba detalles de su vida.

-Dime, Kotofei Ivanovich, ¿estás casado o eres soltero?

-Soy soltero -dijo el Gato.

-Yo también soy soltera. ¿Quieres casarte conmigo?

El Gato consintió y en seguida celebraron la boda con un gran festín.

Al día siguiente se marchó la zorra de caza para procurarse más provisiones, poderlas almacenar y poder pasar el invierno, sin preocupaciones, con su joven esposo. El Gato se quedó en casa.

La Zorra, mientras cazaba, se encontró con el Lobo, que empezó a hacerle la corte.

-¿Dónde has estado metida, amiguita? Te he buscado por todas partes y en todas las cuevas sin poder encontrarte.

-Déjame, Lobo. Antes era soltera, pero ahora soy casada; de modo que ten cuidado conmigo.

-¿Con quién te has casado, Lisaveta Ivanovna?

-¿Cómo? No has oído que nos han mandado de los bosques de Siberia un burgomaestre llamado Kotofei Ivanovich? Pues ése es mi marido.

-No he oído nada, Lisaveta Ivanovna, y tendría mucho gusto en conocerlo.

-¡Oh, mi esposo tiene un genio muy malo! Si alguien lo incomoda, en seguida se le echa encima y se lo come. Si vas a verle no te olvides de preparar un cordero y llevárselo en señal de respeto; pondrás el cordero en el suelo y tú te esconderás en un sitio cualquiera para que no te vea, porque si no, no respondo de nada.

El Lobo corrió en busca de un cordero.

Entretanto, la Zorra siguió cazando y se encontró con el Oso, el cual empezó, a su vez, a hacerle la corte.

-¿Qué piensas tú de mí, zambo? Antes era soltera, pero ahora soy casada y no puedo escuchar tus galanterías.

-¿Qué me dices, Lisaveta Ivanovna? ¿Con quién te has casado?

-Pues con el mismísimo burgomaestre de este bosque, enviado aquí desde los bosques de Siberia, y que se llama Kotofei Ivanovich.

-¿Y no sería posible verle, Lisaveta Ivanovna?

-¡Oh amigo! Mi esposo tiene un genio muy malo, y cuando se enfada con alguien se le echa encima y lo devora. Ve, prepara un buey y tráeselo como demostración de tu respeto; pero no olvides, al presentarle el regalo, esconderte bien para que no te vea; si no, amigo, no te garantizo nada.

El Oso se fue en busca del buey.

Entre tanto, el Lobo mató un cordero, le quitó la piel y se quedó reflexionando hasta que vio venir al Oso llevando un buey; contento de no estar solo, lo saludó, diciendo:

-Buenos días, hermano Mijail Ivanovich.

-Buenos días, hermano Levon -contestó el Oso-. ¿Aún no has visto a la Zorra con su esposo?

-No, aunque llevo esperando un buen rato.

-Pues ve a llamarlos.

-¡Oh, no, Mijail Ivanovich, yo no iré! Ve tú, que eres más valiente.

-No, amigo Levon, tampoco iré yo.

De pronto vieron una liebre que corría a toda prisa.

-Ven aquí tú, diablejo -rugió el Oso.

La Liebre, asustada, se acercó a los dos amigos, y el Oso le preguntó:

-Oye tú, pillete, ¿sabes dónde vive la Zorra?

-Sí, Mijail Ivanovich, lo sé muy bien -contestó la Liebre con voz temblorosa.

-Bueno, pues corre a su cueva y avísale que Mijail Ivanovich con su hermano Levon están listos esperando a los recién casados para felicitarlos y presentarles, como regalos de boda, un buey y un cordero.

La Liebre echó a correr a casa de la Zorra, y el Oso y el Lobo se pusieron a buscar el sitio para esconderse. El Oso dijo:

-Yo me subiré a un pino.

-¿Y qué haré yo? ¿Dónde podré esconderme? -preguntó el Lobo, desesperado-. No podría subirme a un árbol a pesar de todos mis esfuerzos. Oye, Mijail Ivanovich, sé buen amigo: ayúdame, por favor, a esconderme en algún sitio.

El Oso lo escondió entre los zarzales y amontonó encima de él hojas secas. Luego se subió a un pino y desde allí se puso a vigilar la llegada de la Zorra con su esposo, el terrible Kotofei Ivanovich.

Entre tanto la Liebre llegó a la cueva de la Zorra, dio unos golpecitos a la entrada, y le dijo:

-Mijail Ivanovich con su hermano Levon me han enviado para que te diga que están listos y te esperan a ti con tu esposo para felicitarlos y presentarles, como regalo de boda, un buey y un cordero.

-Bien, Liebre, diles que en seguida iremos.

Un rato después salieron el Gato y la Zorra. El Oso, viéndolos venir, dijo al Lobo:

-Oh amigo Levon, allí vienen la Zorra y su esposo. ¡Qué pequeñín es él!

El Gato se acercó al sitio donde estaban los regalos, y precipitándose sobre el buey empezó a arrancarle la carne con los dientes y las uñas. Se le erizó el pelo, y mientras devoraba la carne, como si estuviese enfadado, refunfuñaba «¡Malo! ¡Malo!»

El Oso pensó asustado: «¡Qué animal tan pequeño y tan voraz! ¡Y qué exigente! A nosotros nos parece tan sabrosa la carne de buey y a él no lo gusta; a lo mejor querrá probar la nuestra.»

El Lobo, escondido en los zarzales, quiso ver al famoso burgomaestre; pero como las hojas le estorbaban para ver, empezó a separarlas.

El Gato, oyendo el ruido de las hojas, creyó que sería algún ratón, se lanzó sobre el montón que formaban y clavó sus garras en el hocico del Lobo. Éste dio un salto y escapó corriendo. El Gato, asustado también, trepó al mismo árbol donde estaba escondido el Oso.

«¡Me ha visto a mí!», pensó el Oso, y como no podía bajar por el tronco, se dejó caer desde lo alto al suelo, y a pesar del daño que se hizo, se puso en pie y echó a correr.

La Zorra los persiguió con sus gritos.

-¡Esperen un poco y se los comerá mi valiente esposo!

Desde entonces todos los animales tuvieron un gran miedo al Gato, y la Zorra, con su maridito, provistos de carne para todo el invierno, vivieron contentos y felices de su suerte.

miércoles, 25 de julio de 2018

La yernocracia - Leopoldo (Clarín) Alas

Hablaba yo de política días pasados con mi buen amigo Aurelio Marco, gran filósofo fin de siècle y padre de familia no tan filosófico, pues su blandura doméstica no se aviene con los preceptos de la modernísima pedagogía, que le pide a cualquiera, en cuanto tiene un hijo, más condiciones de capitán general y de hombre de Estado, que a Napoleón o a Julio César.
Y me decía Aurelio Marco:
-Es verdad; estamos hace algún tiempo en plena yernocracia: como a ti, eso me irritaba tiempo atrás, y ahora… me enternece. Qué quieres; me gusta la sinceridad en los afectos, en la conducta; me entusiasma el entusiasmo verdadero, sentido realmente; y en cambio, me repugnan el pathos falso, la piedad y la virtud fingidas. Creo que el hombre camina muy poco a poco del brutal egoísmo primitivo, sensual, instintivo, al espiritual, reflexivo altruismo. Fuera de las rarísimas excepciones de unas cuantas docenas de santos, se me antoja que hasta ahora en la humanidad nadie ha querido de veras… a la sociedad, a esa abstracción fría que se llama los demás, el prójimo, al cual se le dan mil nombres para dorarle la píldora del menosprecio que nos inspira.
El patriotismo, a mi juicio, tiene de sincero lo que tiene de egoísta; ya por lo que en él va envuelto de nuestra propia conveniencia, ya de nuestra vanidad. Cerca del patriotismo anda la gloria, quinta esencia del egoísmo, colmo de la autolatría; porque el egoísmo vulgar se contenta con adorarse a sí propio él solo, y el egoísmo que busca la gloria, el egoísmo heroico… busca la adoración de los demás: que el mundo entero le ayude a ser egoísta. Por eso la gloria es deleznable… claro, como que es contra naturaleza, una paradoja, el sacrificio del egoísmo ajeno en aras del propio egoísmo.
Pero no me juzgues, por esto, pesimista, sino cauto; creo en el progreso; lo que niego es que hayamos llegado, así, en masa, como obra social, al altruismo sincero. El día que cada cual quisiera a sus conciudadanos de verdad, como se quiere a sí mismo, ya no hacía falta la política, tal como la entendemos ahora. No, no hemos llegado a eso; y por elipsis o hipocresía, como quieras llamarlo, convenimos todos en que cuando hablamos de sacrificios por amor al país… mentimos, tal vez sin saberlo, es decir, no mentimos acaso, pero no decimos la verdad.
-Pero… entonces -interrumpí- ¿dónde está el progreso?
-A ello voy. La evolución del amor humano no ha llegado todavía más que a dar el primer paso sobre el abismo moral insondable del amor a otros. ¡Oh, y es tanto eso! ¡Supone tanta idealidad! ¡Pregúntale a un moribundo que ve cómo le dejan irse los que se quedan, si tiene gran valor espiritual el esfuerzo de amar de veras a lo que no es yo mismo!
-¡Qué lenguaje, Aurelio!
-No es pesimista, es la sinceridad pura. Pues bien; el primer paso en el amor de los demás lo ha dado parte de la humanidad, no de un salto, sino por el camino… del cordón umbilical… las madres han llegado a amar a sus hijos, lo que se llama amar. Los padres dignos de ser madres, los padres-madres, hemos llegado también, por la misteriosa unión de la sangre, a amar de veras a los hijos. El amor familiar es el único progreso serio, grande, real, que ha hecho hasta ahora la sociología positiva. Para los demás círculos sociales la coacción, la pena, el convencionalismo, los sistemas, los equilibrios, las fórmulas, las hipocresías necesarias, la razón de Estado, lo del salus populi y otros arbitrios sucedáneos del amor verdadero; en la familia, en sus primeros grados, ya existe el amor cierto, la argamasa que puede emir las piedras- para los cimientos del edificio social futuro. Repara cómo nadie es utopista ni revolucionario en su casa; es decir, nadie que haya llegado al amor real de la familia; porque fuera de este amor quedan los solterones empedernidos y los muchísimos mal casados y los no pocos padres descastados. No; en la familia buena nadie habla de corregir los defectos domésticos con ríos de sangre, ni de reformar sacrificando miembros podridos, ni se conoce en el hogar de hoy la pena de muerte, y puedes decir que no hay familia real donde, habiendo hijos, sea posible el divorcio.
¡Oh, lo que debe el mundo al cristianismo en este punto, no se ha comprendido bien todavía!
-Pero… ¿y la yernocracia?
-Ahora vamos. La yernocracia ha venido después del nepotismo, debiendo haber venido antes; lo cual prueba que el nepotismo era un falso progreso, por venir fuera de su sitio; un egoísmo disfrazado de altruismo familiar. Así y todo, en ciertos casos el nepotismo ha sido simpático, por lo que se parecía al verdadero amor familiar; simpático del todo cuando, en efecto, se trataba de hijos a quien por decoro había que llamar sobrinos. El nepotismo eclesiástico, el de los Papas, acaso principalmente, fue por esto una sinceridad disfrazada, se llevaba a la política el amor familiar, filial, por el rodeo fingido del lazo colateral. En el rigor etimológico, el nepotismo significaría la influencia política del amor a los hijos de los hijos, porque en buen latín nepos, es el nieto; pero en el latín de baja latinidad, nepos pasó a ser el sobrino; en la realidad, muchas veces el nepotismo fue la protección del hijo a quien la sociedad negaba esta gran categoría, y había que compensarle con otros honores.
Nuestra hipocresía social no consiente la filiocracia franca, y después del nepotismo, que era o un disfraz de la filiocracia o un disfraz del egoísmo, aparece la yernocracia… que es el gobierno de la hija, matriz sublime del amor paternal.
¡La hija, mi Rosina!
Calló Aurelio Marco, conmovido por sus recuerdos, por las imágenes que le traía la asociación de ideas.
Cuando volvió a hablar, noté que en cierto modo había perdido el hilo, o por lo menos, volvía a tomarlo de atrás, porque dijo:
-El nepotismo es generalmente, cuando se trata de verdaderos sobrinos, la familia refugio, la familia imposición; algo como el dinero para el avaro viejo; una mano a que nos agarramos en el trance de caducar y morir. El sobrino imita la familia real que no tuvimos o que perdimos; el sobrino finge amor en los días de decadencia; el sobrino puede imponerse a la debilidad senil. Esto no es el verdadero amor familiar; lo que se hace en política por el sobrino suele ser egoísmo, o miedo, o precaución, o pago de servicios: egoísmo.
Sin embargo, es claro que hay casos interesantes, que enternecen, en el nepotismo. El ejemplo de Bossuet lo prueba. El hombre integérrimo, independiente, que echaba al rey-sol en cara sus manchas morales, no pudo en los días tristes de su vejez extrema abstenerse de solicitar el favor cortesano. Sufría, dice un historiador, el horrible mal de piedra, y sus indignos sobrinos, sabiendo que no era rico y que, segun él decía, «sus parientes no se aprovecharían de los bienes de la Iglesia», no cesaban de torturarle, obligándole continuamente a trasladarse de Meaux a la corte para implorar favores de todas clases; y el grande hombre tenía que hacer antesalas y sufrir desaires y burlas de los cortesanos; hasta que en uno de estos tristes viajes de pretendiente murió en París en 1704. Ese es un caso de nepotismo que da pena y que hace amar al buen sacerdote. Bossuet fue paro, sus sobrinos eran sobrinos.
-Pero… ¿y la yernocracia?
-A eso voy. ¿Conoces a Rosina? Es una reina de Saba de tres años y medio, el sol a domicilio; parece un gran juguete de lujo… con alma. Sacude la cabellera de oro, con aire imperial, como Júpiter maneja el rayo; de su vocecita de mil tonos y registros hace una gama de edictos, decretos y rescriptos, y si me mira airada, siento sobre mí la excomunión de un ángel. Es carne de mi carne, ungida con el óleo sagrado y misterioso de la inocencia amorosa; no tiene, por ahora, rudimentos de buena crianza, y su madre y yo, grandes pecadores, pasamos la vida tomando vuelo para educar a Rosina; pero aún no nos hemos decidido ni a perforarle las orejitas para engancharle pendientes, ni a perforarle la voluntad para engancharle los grillos de la educación a los dos años se erguía en su silla de brazos, a la hora de comer, y no cejaba jamás en su empero de ponerse en pie sobre el mantel, pasearse entre los platos y aun, en solemnes ocasiones, metió un zapato en la sopa, como si fuera un charco. Deplorable educación… pero adorable criatura. ¡Oh, si no tuviera que crecer, no la educaba; y pasaría la vida metiendo los pies en el caldo! Más que a su madre, más que a mí, quiere a ratos la reina de Saba a Maolito, su novio, un vecino de siete años, macho más hermoso que yo y sin barbas que piquen al besarle.
Maolito es nuestro eterno convidado; Rosina le sienta junto a sí, y entre cucharada y cucharada le admira, le adora… y le palpa, untándole la cara de grasa y otras lindezas. No cabe duda; mi hija está enamorada a su manera, a lo ángel, de Maolito.
Una tarde, a los postres, Rosina gritó con su tono más imperativo y más apasionado y elocuente, con la voz a que yo no puedo resistir, a que siempre me rindo…
-Papá… yo quere que papá sea rey (rey lo dice muy claro) y que haga ministo y general a Maolito, que quere a mí…
-No, tonta -interrumpió Maolito, que tiene la precocidad de todos los españoles-; tu papá no puede ser rey; di tú que quieres que sea ministro y que me haga a mí subsecretario.
Calló otra vez Aurelio Marco y suspiró, y añadió después, como hablando consigo mismo:
-¡Oh, que remordimientos sentí oyendo aquel antojo de mi tirano, de mi Rosina! ¡Yo no podía ser rey ni ministro! Mis ensueños, mis escrúpulos, mis aficiones, mis estudios, mi filosofía, me habían apartado de la ambición y sus caminos; era inepto para político, no podía ya aspirar a nada… ¡Oh, lo que yo hubiera dado entonces por ser hábil, por ser ambicioso, por no tener escrúpulos, por tener influencia, distrito, cartera, y sacrificarme por el país, plantear economías, reorganizarlo todo, salvar a España y hacer a Maolito subsecretario!
FIN

martes, 24 de julio de 2018

El gato, el gallo y la zorra - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

En otros tiempos hubo un anciano que tenía un gato y un gallo muy amigos uno de otro. Un día el viejo se fue al bosque a trabajar; el gato le llevó el almuerzo y el gallo se quedó para guardar la casa. Pasado un rato se acercó a la casa una zorra, y situándose debajo de la ventana, se puso a cantar:

-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro! Si sales a la ventana te daré un guisante.

El Gallo abrió la ventana, y en un abrir y cerrar de ojos la Zorra lo cogió para llevárselo a su choza. El Gallo se puso a gritar:

-¡Socorro! Me ha cogido la Zorra y me lleva por bosques oscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

Cuando el Gato oyó los gritos echó a correr en busca del Gallo; encontró a la Zorra, le arrancó el Gallo y se lo trajo a casa.

-Ten cuidado, querido Gallito -le dijo el Gato-, de no asomarte más a la ventana; no hagas caso de la Zorra, que lo que quiere es comerte sin dejar de ti ni siquiera los huesos.

Al otro día se fue también el anciano al bosque; el Gato le llevó la comida y el Gallo se quedó a cuidar de la casa, no sin haberle recomendado el buen viejo que no abriese la puerta a nadie ni se asomase a la ventana. Pero la Zorra, que tenía muchas ganas de comerse al Gallo, se puso debajo de la ventana y empezó a cantar como el día anterior:

-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro! Mira por la ventana y te daré un guisante y otras semillas.

El Gallo se puso a pasearse por la cabaña sin responder a la Zorra; entonces ésta repitió la misma canción y le echó un guisante por la ventana. El Gallo se lo comió y dijo a la Zorra:

-No, Zorra, no me engañas; lo que tú quieres es comerme sin dejar ni siquiera los huesos.

-¿Pero por qué te figuras que yo te quiero comer? Lo que quiero es que vengas a mi casa para hacerme una visita, presentarte a mis hijas y regalarte como te mereces.

Y otra vez se puso a cantar con una voz muy suave:

-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro y cabecita de seda! Mira por la ventana; así como te di un guisante te daré también semillas.

El Gallo asomó la cabeza por la ventana y la Zorra lo cogió con sus patas y se lo llevó a su choza.

El Gallo, asustado, se puso a dar grandes gritos:

-¡Socorro! La Zorra me ha cogido y me lleva por bosques oscuros, valles profundos y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

El Gato oyó los gritos del Gallo, lo buscó por todas partes y al fin lo encontró; se lo quitó a la Zorra, lo trajo a casa y le dijo:

-¿No te había dicho, querido Gallito, que no mirases por la ventana? El mejor día te comerá la Zorra y no dejará de ti ni siquiera los huesos. Ten cuidado mañana porque iremos muy lejos de casa y no te podré oír ni ayudar.

Al día siguiente el viejo se marchó otra vez al campo, y el Gato, como de costumbre, le llevó la comida. Cuando la Zorra vio que se había marchado el anciano, vino debajo de la ventana de la cabaña y se puso a cantar la misma canción de siempre; la repitió tres veces, pero el Gallo no le respondía.

-¿Qué te pasa? -dijo la Zorra-. ¿Por qué hoy, Gallito, no me respondes?

-No, Zorra; esta vez no me engañas; no miraré por la ventana.

La Zorra le echó por la ventana un guisante y varias semillas y se puso a cantar muy dulcemente:

-¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro y la cabecita de seda, sal a la ventana! Yo tengo un palacio grande, grande; en cada rincón hay muchos sacos de grano y podrás comer tanto como quieras. ¡Si tú vieras cuántas golosinas tengo allí! No creas al Gato, que si yo hubiese querido comerte ya lo habría hecho; yo te quiero mucho, y mi deseo es que viajes y veas tierras nuevas para que aprendas a vivir bien en el mundo. ¿Me tienes miedo? Pues mira, asómate a la ventana, que yo me retiraré un poquito.

Y se escondió debajo de la ventana. El Gallo saltó sobre el marco y sacó su cabeza afuera; la Zorra, de un golpe, lo cogió y se lo llevó a su casa. El Gallo se puso a dar gritos desesperadamente llamando al Gato en su socorro; pero tanto el viejo como el Gato estaban muy lejos y no lo oyeron.

Apenas el Gato volvió a casa se puso a buscar a su amigo, y no encontrándolo, pensó que le habría ocurrido la misma desgracia de siempre. Cogió una lira y un palo y se fue en busca de la choza de la Zorra. Una vez llegado, se sentó y empezó a cantar acompañándose con la lira:

-Toquen, cuerdecitas de oro. ¿Está en casa la señora Zorra? ¡Qué hermosas son sus hijas, la mayor Maniquí, la otra Ayuda Maniquí, la tercera Dame el Huso, la cuarta Carda la Lana, la quinta Cierra la Chimenea, la sexta Enciende el Fuego y la séptima Hazme Pasteles!

La Zorra, oyendo cantar, dijo a su hija Maniquí:

-Sal a ver quién canta tan bonita canción.

Apenas Maniquí se presentó al Gato, éste le dio un golpe en la cabeza con el bastón y la guardó en un saco que llevaba. Repitió la misma canción, y la Zorra envió a su segunda hija, y después envió a la tercera, y así hasta la última. Conforme salían de la choza, el Gato las mataba y las guardaba en su saco. Por fin salió la misma Zorra, y apenas el Gato la vio le dio con el palo un golpe tan fuerte en la frente, que la Zorra cayó rodando por el suelo para no levantarse más.

El Gallo se puso muy contento, saltó por una ventana, dio las gracias al Gato por haberlo salvado y volvieron los dos a casa del viejo, donde los tres vivieron muy felices durante muchos años.

lunes, 23 de julio de 2018

La conversión de Chiripa - Leopoldo (Clarín) Alas

Llovía a cántaros y un viento furioso, que Chiripa no sabía que se llamaba el Austro, barría el mundo, implacable; despojaba de transeúntes las calles como una carga de caballería, y torciendo los chorros que caían de las nubes, los convertía en látigos que azotaban oblicuos. Ni en los porches ni en los portales valía guarecerse, porque el viento y el agua los invadían; cada mochuelo se iba a su olivo; se cerraban puertas con estrépito; poco a poco se apagaban los ruidos de la ciudad industriosa, y los elementos desencadenados campaban por sus respetos, como ejército que hubiera tomado la plaza por asalto. Chiripa, a quien había sorprendido la tormenta en el Gran Parque, tendido en un banco de madera, se había refugiado primero bajo la copa de un castaño de Indias, y en efecto, se había mojado ya las dos veces de que habla el refrán; después había subido a la plataforma del quiosco de la música, pero bien pronto le arrojó de allí a latigazo limpio el agua pérfida, que se agachaba para azotarle de lado, con las frías punzadas de sus culebras cristalinas. Parecía besarle con lascivia la carne pálida que asomaba aquí y allí entre los remiendos del traje, que se caía a pedazos. El sombrero, duro y viejo, de forma de queso, de un color que hacía dudar si los sombreros podrían tener bilis, porque de negro había venido a dar un amarillento, como si padeciese ictericia, semejaba la fuente de la Alcachofa, rodeado de surtidores; y en cuanto a los pies, calzados con alpargatas que parecían de terracota, al levantarse del suelo tenían apariencias de raíces de árbol, semovientes. Sí, parecía Chiripa un mísero arbolillo o arbusto, de cuyas cañas mustias y secas pendían míseros harapos puestos a… mojarse o para convertir la planta muerta en espantapájaros que andaba y corría, huyendo de la intemperie.
Tenía Chiripa cuarenta años, y tan poco había adelantado en su carrera de mozo de cordel, que la tenía casi abandonada, sin ningún género de derechos pasivos. Por eso andaba tan mal de fondos, y por eso aquella misma y trágica mañana le habían echado del infame zaquizamí en que dormía; porque se habían cansado de sus escándalos de transnochador intemperante que no paga la posada en años y más años.
-Bueno, peor para ellos -se había dicho Chiripa sin saber lo que decía, y tendiéndose en el banco del paseo público, donde creyó hacer los huesos duros, hasta que vino a desengañarle la furia del cielo.
Así como los economistas dicen que la ley del trabajo es la satisfacción de las necesidades con el mínimo esfuerzo, Chiripa, vagamente pensaba que lo del mínimo esfuerzo era lo principal, y que a él habían de amoldarse también las necesidades, siendo mínimas. Era muy distraído y bastante borracho; dormía mucho, y como tenía el estómago estropeado le dejaba vivir de ilusiones, de flatos y malos sabores, comida ruin y fría y mucho líquido tinto, y blanco si era aguardiente. Vestía de lo que dejaban otros miserables por inservible, y con el orgullo de esa parsimonia en los gastos, se creía con derecho a no echar mano a un baúl sino de Pascuas a Ramos y cuando una peseta era absolutamente necesaria.
Un día, viendo pasar una manifestación de obreros, a cuyo frente marchaba un estandarte que decía: «¡Ocho horas de trabajo», Chiripa estremeciéndose, pensó: «¡Rediós, ocho horas de trabajo; y para eso tiran bombas! Con ocho horas tengo yo para toda la temporada de verano, que es la de más apuro, por los bañistas.»
En llevando dos reales en el bolsillo, Chiripa no podía con una maleta, ni apenas tenerse derecho.
Pero tenía un valor pasivo, para el hambre y para el frío, que llegaba a heroico.
Generalmente andaba taciturno, tristón, y creía, con cierta vanidad, en su mala estrella, que él no llamaba así, tan poéticamente, sino la aporreada… en fin, una barbaridad.
Su apodo, «Chiripa» (el apellido no lo recordaba); el nombre debía ser Bernardo, aunque no lo juraría), lo tenía desde la remota infancia, sin que él supiera por qué, como no saben los perros por qué los llaman Nelson, Ney o Muley; si él supiera lo que era sarcasmo por tal tendría su mote porque sería el hombre menos chiripero  del mundo. Ello era que hacía unos treinta años (todos de hambre y de frío) eran tres notabilidades callejeras, especie de mosqueteros del hampa, Pipí, Chiripa y Pijueta. La historia trágica de Pipí ya sabía Chiripa que había salido en papeles, pero la suya no saldría, porque él había sobrevivido a su gloria. Sus gracias de pillete infantil ya nadie las recordaba; su fama, que era casi disculpa para sus picardías, había muerto, se había desvanecido, como si los vecinos del pueblo, envejeciendo, se hubieran vuelto malhumorados y no estuvieran para bromas. Ya él mismo se guardaba de disculpar sus malas obras y su holgazanería como gatadas de pillo célebre, como cosas de chiripa.
«¡Bah!, el mundo era malo; y, si te vi, no me acuerdo.» Veía pasar, ya llenos de canas, a los señoritos que antaño reían sus travesuras y le pagaban sus vicios precoces; pero no se acercaba a pedirles ni un perro chico, porque no querrían ni reconocerle.
Que estaba solo en la tierra, bien lo sabía él. A veces se le antojaba que un periódico, o un libro viejo y sobado que oía deletrear a un obrero, hubiera sido para él un buen amigo; pero no sabía leer. No sabía nada. Se arrimaba a la esquina de la plaza, donde otros perdían el tiempo fingiendo esperar trabajo, y oía, silencioso, conversaciones más o menos incoherentes acerca de política o de la cuestión social. Nunca daba su opinión, pero la tenía. La principal era considerar un gran desatino el pedir ocho horas de trabajo. Prefería oír disparates, que le leyeran los papeles. Entonces atendía más. Aquello solía estar mejor hilvanado. Pero ni siquiera los de las letras de molde daban en el quid. Todos se quejaban de que se ganaba poco; todos decían que el jornal no bastaba para las necesidades… Había exageración; ¡si fueran como él, que vivía casi de nada! Oh, si él trabajara aquellas ocho horas que los demás pedían como mínimum (él no pensaba mínimum, por supuesto), se tendría por millonario con lo que entonces ganaría. «Todo se volvía pedir instrumentos de trabajo, tierra, máquinas, capital… para trabajar. ¡Rediós con la manía!» Otra cosa les faltaba a los pobres que nadie echaba de menos: consideración, respeto, a lo que Chiripa, con una palabra que había inventado él para sus meditaciones de filósofo de cordel, llamaba alternancia. ¿Qué era la alternancia? Pues nada; lo que había predicado Cristo, según había oído algunas veces; aquel Cristo a quien él solo conocía, no para servirle, sino para llenarle de injurias, sin mala intención, por supuesto, sin pensar en ÉL; por hablar como hablaban los demás, y blasfemar como todos. La alternancia  era el trato fino, la entrada libre en todas partes, el vivir mano a mano con los señores y entender la letra, y entrar en el teatro, aunque no se tuviera dinero, lo cual no tenía nada que ver con la gana de ilustrarse y divertirse. La alternancia  era no excluir de todos los sitios amenos y calientes y agradables al hombre cubierto de andrajos, solo por los andrajos. Ya que por lo visto iba para largo lo de que todos fuéramos iguales tocante al cunquibus, o sean los cuartos, la moneda, y pudiera cada quisque vestir con decencia y con ropa estrenada en su cuerpo; ya que no había bastante dinero para que a todos les tocase algo… ¿por qué no se establecía la igualdad y la fraternidad en todo lo demás, en lo que podía hacerse sin gastos, como era el llamarse ricos y pobres de tú, y convidarse a una copa, y enseñar cada cual lo que supiera a los pobres, y saludarlos con el sombrero, y dejarles sentarse junto al fuego, y pisar alfombras, y ser diputados y obispos, y en fin, darse la gran vida sin ofender, y hasta lavándose la cara a veces, si los otros tenían ciertos escrúpulos? Eso era la alternancia; eso había creído él que era el cristianismo y la democracia, y eso debía ser el socialismo… como ello mismo lo decía: socialismo… cosa de sociedad, de trato, de juntarse… alternancia.
* * *
Salió del quiosco de la música al escape, hecho una sopa, echando chispas contra el fundador de la alternancia y contra su padre, y se metió en la población en busca de mejor albergue. Pero todo estaba cerrado. A lo menos, cerrado para él. Pasó junto a un café: no osó entrar. Aquello era público, pero a Chiripa le echarían los mozos en cuanto advirtiesen que iba tan sucio, tan harapiento, que daba lástima, y que no iba a hacer el menor gasto. A un mozo de cordel en activo le dejarían entrar, pero a él, que estaba reducido a la categoría de pordiosero… honorario, porque no pedía limosna, aunque el uniforme era de eso, a él le echarían poco menos que a palos. Lo sabía por experiencia… Pasó junto al Gobierno de provincia, donde estaba la prevención. Aquí me admitirían si estuviera borracho, pero en mi sano juicio y sin alguna fechoría, de ningún modo. No sabía Chiripa qué era todo lo demás que había en aquel caserón tan grande; para él, todo era prevención; cosas para prender, o echar multas, o tallar a los chicos y llevarlos a la guerra. Pasó junto a la Universidad, en cuyo claustro se paseaban, mientras duraba la tormenta, algunos magistrados que no tenían qué hacer en la Audiencia. No se le ocurrió entrar allí. Él no sabía leer siquiera, y allí dentro todos eran sabios. También le echarían los porteros. Pasó junto a la Audiencia… pero no era hora de oír a los testigos falsos, única misión decorosa que Chiripa podría llevar allí, pues la de acusado, no lo era. Como testigo falso, sin darse cuenta de su delito, había jurado allí varias veces decir la verdad… de lo que le habían mandado decir. Vagamente se daba cuenta de que aquello estaba mal hecho, pero ¡era por unos motivos tan complicados! Además, cuando señoritos como el abogado, y el escribano, y el procurador, y el ricacho le venían a pedir su testimonio, no sería la cosa tan mala; pues en todo el pueblo pasaban por caballeros los que le mandaban declarar lo que, después de todo, sería cierto cuando ellos lo decían.
Pasó junto a la Biblioteca. También era pública, pero no para los pobres de solemnidad, como él lo parecía. El instinto le decía que de aquel salón tan caliente, gracias a dos chimeneas que se veían desde la calle, le echarían también. Temerían que fuese a robar libros.
Pasó por el Banco, por el cuartel, por el teatro, por el hospital… todo era lo mismo, para él cerrado. En todas partes había hombres con gorra de galones para eso, para no dejar entrar a los Chiripas.
En las tiendas podía entrar… a condición de salir inmediatamente; en cuanto se averiguaba que no tenía que comprar cosa alguna, y eso que de todas le faltaban. En las tabernas, algo por el estilo. ¡Ni en las tabernas había para él alternancia!
Y, a todo esto, el cielo desplomándose en chubascos, y él temblando de frío… calado hasta los huesos… Solo Chiripa corría por las calles, como perseguido por el agua y el viento.
Llegó junto a una iglesia. Estaba abierta. Entró, anduvo hasta el altar mayor sin que nadie le dijera nada. Un sacristán o cosa así cruzó a su lado la nave y le miró sin extrañar su presencia, sin recelo, como a uno de tantos fieles. Allí cerca, junto al púlpito de la Epístola, vio Chiripa otro pordiosero, de rodillas, abismado en la oración; era un viejo de barba blanca que suspiraba y tosía mucho. El templo resonaba con los chasquidos de la tos; cosa triste, molesta, que debía de importunar a los demás devotos esparcidos por naves y capillas; pero nadie protestaba, nadie paraba mientes en aquello.
Comparada con la calle, la iglesia estaba templada. Chiripa empezó a sentirse menos mal. Entró en una capilla y se sentó en un banco. Olía bien «Era incienso, o cera, o todo junto y más: olía a recuerdos de chico.» El chisporroteo de las velas tenía algo de hogar; los santos, quietos, tranquilos, que le miraban con dulzura, le eran simpáticos. Un obispo, con un sombrero de pastor en la mano, parecía saludarle, diciendo: «¡Bien venido, Chiripa!» Él, en justo pago, intentó santiguarse, pero no supo.
No sabía nada. Cuando la oscuridad de la capilla se fue aclarando a sus ojos, ya acostumbrados a la penumbra, distinguió al grupo de mujeres que en un rincón arrodilladas formaban corro junto a un confesionario. De vez en cuando un bulto negro se separaba del grupo y se acercaba al armatoste, del cual se apartaba otro bulto semejante.
«Ahí dentro habría un carca», pensó Chiripa, sin ánimo de ofender al clero, creyendo sinceramente que carca valía tanto como «sacerdote».
Le iba gustando aquello. «Pero ¡qué paciencia necesitaba aquel señor para aguantar tanto tiempo dentro del armario! ¿Cuánto cobraría por aquello? Por de pronto, nada. Las beatas se iban sin pagar.»
«Y nada. A él no lo echaban de allí.» Cuando la capilla fue quedando más despejada, pues las beatas que despachaban, a poco salían, Chiripa notó que las que aún quedaban se fijaban en su presencia. «¿Si estaré faltando?» pensó y por si acaso, se puso de rodillas. El ruido que hizo sobre la tarima llamó la atención del confesor, que asomó la cabeza por la portezuela que tenía delante y miró con atención a Chiripa.
«¿Iría a echarle?» Nada de eso. En cuanto el cura despachó a la penitente que tenía al otro lado del ventanillo con celosías, se asomó otra vez a la portezuela y con la mano hizo seña a Chiripa.
«¿Es a mi?», pensó el exmozo de cordel.
A él era. Se puso colorado, cosa extraordinaria.
«¡Tiene gracia!, se dijo, pero con gran satisfacción, esponjándose. Le llamaban a él creyendo que iba a confesarse, y le hacían pasar delante de las señoritas aquellas que estaban formando cola. ¡Cuánto honor para un Chiripa! En la vida le habían tratado así.
El cura insistió en su gesto, creyendo que Chiripa no lo notaba.
«¿Por qué no? —se dijo el perdis—. Por probar de todo. Aquí no es como en el Ayuntamiento, donde yo quería que me diesen voto, pa ver lo que era eso del sufragio, y resultó que, aunque era para todos, para mí no era, no sé por qué tiquismiquis del padrón o su madre.
Y se levantó, y se fue a arrodillar en el sitio que dejaba libre la penitente.
-Por ahí, no; por aquí -dijo el sacerdote haciendo arrodillarse a Chiripa delante de sus rodillas.
El miserable sintió una cosa extraña en el pecho y calor en las mejillas, entre vergüenza y desconocida ternura.
-Hijo mío, rece usted el acto de contrición.
-No lo sé -contestó Chiripa humilde, comprendiendo que allí había que decir la verdad… verdadera, no como en la Audiencia. Además, aquello del hijo mío le había llegado al alma, y había que tomar la cosa en serio.
El cura le fue ayudando a recitar el Señor mío Jesucristo.
-¿Cuanto tiempo hace que se ha confesado?
-Pues… toa la vida.
-¡Cómo!
-Que nunca.
Era un monte virgen de impiedad inconsciente. No tenía más que el bautismo; a la confirmación no había llegado. Nadie se había cuidado de su salvación, y él solo había atendido, y mal, a no morirse de hambre.
El cura, varón prudente y piadoso, le fue guiando y enseñando lo que podía en tan breve término. Chiripa no resultaba un gran pecador más que desde el punto de vista de los pecados de omisión; fuera de eso, lo peor que tenía eran unas cuantas borracheras empalmadas, y la pícara blasfemia, tan brutal como falta de intención impía. Pero si jamás había confesado sus culpas, penitencia no le había faltado. Había ayunado bastante, y el frío y el agua y la dureza del santo suelo habían mortificado sus carnes no poco. En esa parte era recluta disponible para la vida del yermo; tenía cuerpo de anacoreta.
Poco a poco el corazón de Chiripa fue tomando parte en aquella conversación que el clérigo tan en serio y con toda buena fe procuraba. El corazón se convertía mucho mejor que la cabeza, que era muy dura y no entendía.
El clérigo le hacía repetir protestas de fe, de adhesión a la Iglesia, y Chiripa lo hacía todo de buen grado. Pero quiso el cura algo más: que él espontáneamente expresara a su modo lo que sentía, su amor y fidelidad a la religión en cuyo seno se le albergaba. Entonces Chiripa, después de pensarlo, exclamó como inspirado:
-¡Viva Carlos Sétimo!
-¡No, hombre; no es eso!… No tanto -dijo el confesor sonriendo.
-Como a los carcas los llaman clerófobos….
-¡Tampoco, hombre!…
-Bueno, a los curas…
En fin, aplazando las cuestiones de pura forma y lenguaje, se convino en que Chiripa seguiría las lecciones del nuevo amigo en aquel templo que había estado abierto para él cuando se le cerraban todas las puertas; allí donde se había librado de los latigazos del aire y del agua.
-¿Conque te has hecho monago, Chiripa? -le decían otros hambrientos, burlándose de la seriedad con que, días y días, seguía tomando su conversión el pobre diablo.
Y Chiripa contestaba:
-Sí, no me avergüenzo; me he pasao a la Iglesia, porque allí, a lo menos, hay… alternancia.
FIN

domingo, 22 de julio de 2018

El gallito de cresta de oro - Aleksandr Nikoalevich Afanasiev

Un viejo matrimonio era tan pobre que con gran frecuencia no tenía ni un mendrugo de pan que llevarse a la boca.

Un día se fueron al bosque a recoger bellotas y traerlas a casa para tener con qué satisfacer su hambre.

Mientras comían, a la anciana se le cayó una bellota a la cueva de la cabaña; la bellota germinó y poco tiempo después asomaba una ramita por entre las tablas del suelo. La mujer lo notó y dijo a su marido:

-Oye, es menester que quites una tabla del piso para que la encina pueda seguir creciendo y, cuando sea grande, tengamos bellotas en casa sin necesidad de ir a buscarlas al bosque.

El anciano hizo un agujero en las tablas del suelo y el árbol siguió creciendo rápidamente hasta que llegó al techo. Entonces el viejo quitó el tejado y la encina siguió creciendo, creciendo, hasta que llegó al mismísimo cielo.

Habiéndose acabado las bellotas que habían traído del bosque, el anciano cogió un saco y empezó a subir por la encina; tanto subió, que al fin se encontró en el cielo. Llevaba ya un rato paseándose por allí cuando percibió un gallito de cresta de oro, al lado del cual se hallaban unas pequeñas muelas de molino.

Sin pararse a pensar más, el anciano cogió el gallo y las muelas y bajó por la encina a su cabaña. Una vez allí, dijo a su mujer:

-¡Oye, mi vieja! ¿Qué podríamos comer?

-Espera -le contestó ésta-; voy a ver cómo trabajan estas muelas.

Las cogió y se puso a hacer como que molía, y en el acto empezaron a salir flanes y pasteles en tal abundancia que no tenía tiempo de recogerlos. Los ancianos se pusieron muy contentos, y cenaron suculentamente.

Un día pasaba por allí un noble y entró en la cabaña.

-Buenos viejos, ¿no podrían darme algo de comer?

-¿Qué quieres que te demos? ¿Quieres flanes y pasteles? -le dijo la anciana.

Y tomando las muelas se puso a moler, y en seguida salieron en montón flanes y pastelillos.

El noble los comió y propuso a la mujer:

-Véndeme, abuelita, las muelas.

-No -le contestó ésta-; eso no puede ser.

Entonces el noble, envidioso del bien ajeno, le robó las muelas y se marchó.

Apenas los ancianos notaron el robo se entristecieron mucho y empezaron a lamentarse.

-Esperen -les dijo el Gallito de Cresta de Oro-; volaré tras él y lo alcanzaré.

Echó a volar, llegó al palacio del noble, se sentó encima de la puerta y cantó desde allí:

-¡Quiquiriquí! ¡Señor! ¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos robaste!

En cuanto oyó el noble el canto del gallo ordenó a sus servidores:

-¡Muchachos! ¡Cojan ese gallo y tírenlo al pozo!

Los criados cogieron al gallito y lo echaron al pozo; dentro de éste se le oyó decir:

-¡Pico, pico, bebe agua!

Y poco a poco se bebió toda el agua del pozo. En seguida voló otra vez al palacio del noble, se posó en el balcón y empezó a cantar:

-¡Quiquiriquí! ¡Señor! ¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos robaste!

El noble, enfadado, ordenó al cocinero que metiese el gallo en el horno. Cogieron al gallito y lo echaron al horno encendido; pero una vez allí, empezó a decir:

-¡Pico, pico, vierte agua!

Y con el agua que vertió apagó toda la lumbre del horno.

Otra vez echó a volar, entró en el palacio del noble y cantó por tercera vez:

-¡Quiquiriquí! ¡Señor! ¡Señor! ¡Devuélvenos las muelas de oro que nos robaste!

En aquel momento se encontraba el noble celebrando una fiesta con sus amigos, y éstos, al oír lo que cantaba el gallo, se precipitaron asustados fuera de la casa. El noble corrió tras ellos para tranquilizarlos y hacerlos volver, y el Gallito de Cresta de Oro, aprovechando este momento en que quedó solo, cogió las muelas y se fue volando con ellas a la cabaña del anciano matrimonio, que se puso contentísimo y vivió en adelante muy feliz, sin que, gracias a las muelas, le faltase nunca qué comer.

FIN